Esta exhortación hecha por el señor Presidente de la República en la presentación del Informe Global Sobre Desarrollo Humano 2009, el pasado fin de semana, me motivo a intentar explicar a grandes rasgos lo que pide el primer mandatario; ¡claro!, tomando en cuenta la sugerencia de que la “hagamos completa”, me tome el atrevimiento de no limitarme a eso, sino hablar de “otra ecuación” a la que los principales beneficiarios del estado de cosas actual temen y de la cual nunca, por nada del mundo, mencionan. No hablo de ningún misterio u otra cosa parecida, simplemente me refiero a conceptos y leyes bien establecidas en el terreno de la ciencia económica por las mentes más lúcidas de la humanidad a mediados y finales del siglo XIX.
En su participación en el evento arriba mencionado, el presidente, argumenta que “hay quienes piden más presupuesto para sus Estados y programas” y no quieren recaudación fiscal. Y parece, en un primer momento, lógico dicho reclamo del mandatario: los ingresos (vía impuestos, venta de petróleo, empréstitos o de otra índole) que tenga un gobierno, deben ser mayores o iguales a los egresos que dicho gobierno realice para atender todos y cada uno de los rubros como salud, educación, infraestructura urbana, promoción del empleo, etc. Si los egresos (en obras públicas, educación, salud, el presupuesto de las distintas dependencias de gobierno, sostenimiento del aparato burocrático-administrativo, etc.), aumentan, los ingresos deben, también, aumentar en la misma proporción, a no ser que se dé un uso más eficiente de los ingresos mermados o que se desatiendan las diferentes necesidades del país. Y para aumentar el ingreso no hay, dicen el gobierno federal y sus economistas, otro camino que la de aplicar más impuestos. El reclamo del señor Presidente lo podemos expresar en otras palabras: “sí tú, legislador, tú gobernador, y sobre todo, tú, ‘Juan pueblo’, quieres más recursos y beneficios, está bien, te los doy; pero si es así, consiente que primero los obtenga por la única vía que conozco: más impuestos, e incremento de los ya existentes.
Ésta, supongo, es la ecuación que a decir del mandatario no están realizando quienes están en contra del paquete fiscal propuesto por él y todo el grupo gobernante, dentro del cual se propone implementar un impuesto del 2 por ciento al consumo y que le permitiría al gobierno obtener los recursos para cubrir parte del famoso “Boquete Fiscal”.
Tan clara y sencilla como “viable” es esta “ecuación” siempre y cuando no salgamos del marco en el que “gurús” de la economía de libre mercado se mueven, marco que consiste en no tocar en la medida de lo posible los intereses de los dueños del dinero y partir de que las crisis económicas deben ser superadas por la vía de sacárselo a los millones que conforman las masas depauperadas de nuestro país.
Pero veamos la otra “ecuación”, la teoría demostrada científicamente por el gran pensador alemán Carlos Marx, la que nos refleja más fiel y profundamente la realidad económica. Es una ecuación muy distinta y que, por convenir así a los intereses de los poderosos, se oculta a los ojos de millones de trabajadores; a ésa me quiero referir sucintamente, esperando no errar, pues tengo que reconocer mis limitaciones en el terreno de la ciencia económica.
En México, como en los países de idéntico modelo económico, la inmensa mayoría de los trabajadores viven sólo a costa de vender su fuerza de trabajo, su capacidad creadora y de transformación, a los dueños del dinero y, por lo tanto, de los medios de producción (maquinaría, transporte, locales, grandes extensiones de tierra, materia prima, etc.). Lo que recibe el trabajador por su fuerza de trabajo no es más que la suma de medios de subsistencia (alimento, ropa, calzado, etc.) que le son indispensables para mantenerlo con vida y con la capacidad de seguir produciendo, y mantener también a su familia con lo mínimo indispensable (no se trata, lo saben los poderosos, de matar a la gallina de los huevos de oro). Estos medios de subsistencia le permiten, apenas, sobrevivir día a día en este lúgubre “paraíso” terrenal. Pero esa fuerza de trabajo tiene una cualidad portentosa, la de ser creadora de valor; un valor que es mayor al que ella misma encierra. El dueño del dinero (dueños de fábricas, grandes tiendas, hoteles, aerolíneas, etc.), consigue que el trabajador no sólo reponga el salario que se le pagó (el valor expresado en dinero de la fuerza de trabajo, en el salario), sino que lo hace trabajar mucho más tiempo, de acuerdo con el contrato; después de desquitar el salario, el obrero trabaja horas adicionales. El valor creado durante este lapso no es pagado al trabajador; es la parte de la que se apropia el dueño del dinero, amasando en esta forma grandes fortunas.
Y si esto es así, ¿no es cierto, por tanto, que aplicar un impuesto progresivo efectivo, esto es, hacer que los empresarios, los explotadores de la fuerza de trabajo, paguen fuertes impuestos? ¿Acaso el pago de sus impuestos no los efectuaría con recursos generados por el propio trabajador? Y, por todo ello, ¿no sería más que justo, incluso, exentar de todos los impuestos a los trabajadores explotados?
No es justo que si el trabajador gana lo mínimo indispensable para que vivan él y su familia, todavía sus condiciones de vida se vean empeoradas con impuestos aplicados al mísero salario que recibe. Es mentira que este impuesto sea, como se le ha llamado, “el impuesto para los pobres”, tratando de hacernos creer que lo obtenido se utilizará en su beneficio;¡de ninguna manera!, puesto que se aplicará a su propio ingreso miserable, tal impuesto es algo muy distinto: representa mayor miseria para el trabajador.