Armatoste consumidor de músculo, de nervio, de energía, de inteligencia, en fin, de fuerza humana de trabajo, de la muchas generaciones de millones y millones de trabajadores; ya con siglos a cuestas, nacida en las ciudades de Italia en las postrimerías de la Edad Media por la creciente demanda comercial que imponía un mundo en expansión por los nuevos descubrimientos geográficos, y por las nacientes fuerzas productivas con que se inauguraba la nueva época y se despedía a la moribunda sociedad feudal, parece en la actualidad querer saltar en sus mil partes (y nadie puede augurar que no lo hará): sus engranes, se engranan con dificultad; sus ejes no se hayan en la horizontal, o vertical; sus bandas, desgastadas; tornillos sueltos aquí y allá. Se ha hecho lo imposible por hacer creer que esta máquina es perfecta, y aún más, perfectible. Perfecta porque permite a sus dueños y beneficiarios (al igual que lo hicieron todos los “modelos” del pasado, hoy tirados “a los trastos viejos de la historia”, que siguieron a aquella época a llamada “Edad de oro” en el que no existían, como bien lo dijo Cervantes, las palabras de lo tuyo y lo mío), hacerse de la riqueza que producen lo millones de trabajadores que hoy se encuentran en la peor de las miserias.
Hoy, los beneficiarios de esta oxidada y vieja construcción histórica, junto con sus expertos en altas finanzas y remenderos sociales, que son las más de las veces esto y aquello, de casi todos los confines del mundo, se reunieron, los más, contrariados, para conjurar el mal que le aqueja a esta máquina que más bien parece a la hidra de Lerna, aunque Lerna sea ahora esta desolada Tierra. Males que -así lo creen- son provocados por falta de mecanismos más eficaces de regulación en el sistema. Lo real es que es un mal propio, nacido de la misma constitución de este organismo, vigoroso en su muy lejana mocedad, pero condenado inexorablemente perecer como todo lo que nace. Mal no deseado pero inherente a él, el cual se repite recurrentemente, cuyo síntoma son convulsiones cada vez más fuertes y devastadoras que anticipan su muerte y el inicio de la verdadera aurora de la sociedad humana, añoranza de los humanistas pasados y presentes, meta segura de la humanidad. Los siempre finos atavíos y la fingida seguridad de los opulentos invitados, y sus expertos en dar recetas para producir la máxima ganancia, no faltaron al convite anual titulado ahora: “Rediseñando el mundo después de la crisis”. Parecen decirnos que el mal será felizmente conjurado, aunque, eso sí, no se ponen de acuerdo en el tiempo de cura, ya que algunos dicen que será meses y otros años. Lo real es que no es mismo ambiente de otros tiempos en Davos, Suiza: parece más gélida que de ordinario esta lujosa ciudad alpina. La desconfianza rondó entre los centenares de presidentes da las más grandes compañías (entre ellos Bill Gates) y los jefes de Estado que se dieron cita.
Sólo el histrionismo del que siempre han hecho gala los tiburones del capital, lograron hacernos creer que la enfermedad tendrá cura, augurándole, por tanto, vida eterna a este sistema económico “perfecto”, por cierto mal llamado economía de libre mercado.
Máquina enloquecida por producir y producir, en ciego desorden, bienes útiles, y no pocos superfluos e innecesarios para la sociedad; producción no acorde con lo que este mundo necesita, sino para dar una opulencia mayor a los opulentos y acrecentarse como lo que es: capital mundial. Pero este exceso paranoico de producción y las especulaciones de la Bolsa, son la causa de las conmociones que hoy la hacen cimbrarse hasta sus cimientos, y que si no en ésta, seguramente en otra sacudida, más violenta, la harán saltar por los aires.
Pero por lo pronto, la receta, la de siempre, la prescrita por los remenderos del sistema capitalista, para aliviar su periódico padecimiento: tensar y castigar, hasta su límite, y más allá, a la fuerza humana (y, claro está, a su dueño, el trabajador), que mueve, con la técnica y tecnología creada a través de lo siglos, a las fuerzas de la naturaleza, a las que ella misma pertenece. La cura: “rescate” y “mayor regulación de la economía por el Estado” (esto último espanta a más de un magnate, porque huele, dicen, a socialismo; pero en realidad no hay de qué espantarse pues será su Estado el que “regule”, como casi siempre lo ha hecho, sus negocios comunes). Pero, ¿a quién se rescata?, y ¿por medio de qué mecanismos se hace el rescate? Contestemos: a los dueños del gran capital, que son los que asistieron al convite mencionado, mediante inyección de recursos públicos a sus negocios privados, recursos que tarde o temprano pagará el pueblo al través de toda clase de impuestos y demás cargas impositivas; desempleo y desempleo disimulado (paros técnicos); intensificación de la explotación al interior de la fábricas, ahora que la masa de parados crece vertiginosamente y el que tiene un empleo no quiere perderlo; míseros salarios, prueban de una mayor explotación; profundización, en fin, de la ya abismal desigualdad social entre un puñado de magnates y las inmensas masas de trabajadoras. Los acaudalados no están dispuestos a retroceder en lo más mínimo en su insaciable y absurdo afán de enriquecimiento, que ellos no creen tenga límite.
Pero los parias de hoy, únicos productores de riqueza, y condenados a la miseria en este régimen económico, serán los encargados (como lo predijo irrefutablemente el gran humanista universal, alemán de nacimiento, Carlos Marx, gigante entre los gigantes del pensamiento económico), de destruir lo viejo y construir lo nuevo. El tiempo lo confirmará.