Ni el cielo estaba sereno ni la medida tomada por el gobierno federal de desaparecer la compañía de Luz y Fuerza del Centro (LyFC) se asemeja en nada a un rayo inesperado; por el contrario: la atmósfera estaba enrarecida y todo apuntaba desde hace tiempo a la medida que finalmente se tomó. Primero, para abonar el terreno, el ataque frontal contra el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), con la negativa a la toma de nota de la dirigencia encabezada por Martín Esparza por parte de la Secretaría del Trabajo, con el argumento de que en la asamblea en la que se eligió la nueva mesa directiva había una serie de “anomalías”; luego, en todos los serviciales medios de comunicación, al unísono, de forma orquestada, se empezó la campaña de desprestigio contra el SME y sus dirigentes; al mismo tiempo, en esos mismos medios de comunicación, la exigencia de los empresarios del Consejo Coordinador Empresarial para que se diera la liquidación de LyFC y, finalmente, el decreto presidencial de liquidación y extinción de la paraestatal con su complemento obligado: el uso de la fuerza, con la ocupación por la policía federal de todas instalaciones de LyFC, todo ello para evitar “alteración del orden”.
Los “argumentos” abundan, pero podemos resumirlos de la siguiente manera: la paraestatal, nos dicen, es ineficiente ya que sus costos de operación casi duplican sus ingresos, por lo que el gobierno tiene que subsidiarla con más de 40 mil millones de pesos anuales; que no ayuda a la productividad, pues no podía proporcionar energía a los nuevos desarrollos industriales y comerciales, y tiene un pasivo laboral en constante crecimiento.
No dudo en lo absoluto que algunos de los argumentos manejados por las autoridades federales sean ciertos. Pero igualmente creo que el gobierno y sus poderosos voceros bien orquestados sólo nos dicen una parte de la verdad, y ya dice un dicho que “verdades a medias, mentiras…” Algo que no dice el gobierno es que precisamente él (el gobierno) mantuvo una política de fuertes subsidios en el consumo de energía eléctrica a los industriales del centro del país (El SME habla de 46 mil industriales con tarifas de 46 centavos en promedio, muy por debajo de las tarifas residenciales que son de un peso con 50 centavos. Además, estos industriales consumen hasta un 70 por ciento de la energía eléctrica que distribuye la LyFC), que es donde suministraba energía LyFC, para, según la justificación oficial, impulsar la “competitividad” y hacer atractiva la inversión, privando con esto a la paraestatal de importantes recursos que permitan abatir el tan señalado déficit entre gastos de operación y sus ingresos.
Tampoco dice que el sector energético, que incluye la generación de energía eléctrica, no han tenido por parte del gobierno federal una inversión que permita dotarlo de tecnología moderna para hacerlo verdaderamente productivo y competitivo a nivel mundial. No tardará el día en que el argumento principal para privatizar PEMEX, sea precisamente el de ser improductivo, y el plan que se sigue con este será el mismo que con la compañía de LyFC, o sea, cero inversión y capitalización, para luego declarar que es obsoleta e ineficiente.
Por último, no se dice nada del maridaje gobierno-sindicatos, que cada vez que hay desavenencias aflora y, aclaro, no porque el sindicalismo sea malo en sí (el sindicato surge históricamente como una necesidad de organización de los trabajadores para defensa de sus propios intereses ante la explotación de los patronos), sino porque el sistema se ha encargado de corromper a los dirigentes sindicales para hacerlos servidores dóciles del capital.
Según mi modesto juicio, la decisión tomada por el gobierno no tiene otro objetivo que ir despejando el camino para una no muy lejana (al menos así lo visualiza el actual gobierno) privatización del sector energético. Para lo cual el SME representaría un obstáculo. Recordemos que el neoliberalismo, del cual el PAN es puntal en nuestro país, busca que el Estado participe lo menos posible en la economía y que ésta quede totalmente en manos de la iniciativa privada. El sector energético es de los más apetecidos por el sector privado, por los enormes recursos que genera; busca, además, tener en el mercado laboral mano de obra barata y dócil para hacer más atractiva la inversión tanto nativa como extranjera, para lo cual la organización sindical es también impedimento, un lastre, según ellos.
Los dirigentes del SME tienen la oportunidad única de mostrar que representan verdaderamente los intereses de los miles de trabajadores que hoy ha lanzado a la calle la política neoliberal del gobierno. Se verá si defienden consecuentemente el derecho al trabajo y su organización sindical, hoy brutalmente transgredida. Se ve difícil el panorama, pues son años y años en que el sindicalismo oficial y el llamado “independiente” están domesticados, y el verdadero espíritu de lucha duerme en el regazo de la mediatización con prebendas de todo tipo, muy en particular a los dirigentes sindicales. Sólo el paso de los días aclarará esta cuestión.