MOVIMIENTO ANTORCHISTA


 Lo que se requiere es un cambio a fondo

Ernesto Enciso Carrillo
Secretario de Prensa y Propaganda en Nuevo León
22 de noviembre de 2009
A tambor batiente llegaron algunos de los nuevos ediles del área metropolitana de Monterrey. Me refiero al alcalde de Monterrey, Fernando Larrazabal Bretón, y el de San Pedro Garza García, Mauricio Fernández, ambos emanados de las filas del PAN.
Larrazabal Bretón se estrenó encuartelando por varios días a todos elementos de tránsito para hacerles exámenes “de confianza” para acabar de una vez para siempre con la podredumbre de esta corporación, hoy convertida en chivo expiatorio de una corrupción que es generalizada.

El segundo, Mauricio Fernández, en su discurso de toma de posesión habló de la creación de “cuerpos de limpieza” al margen de la ley para combatir la delincuencia organizada, mostrando de manera apenas perceptible, con su discurso, el rostro de las fuerzas más retrógradas del estado del país. Cual galgos en canódromo que persiguen al objeto inerte, que asemeja a la liebre, inalcanzable, montado sobre frío riel, los nuevos alcaldes no piensan en otra cosa alcanzar la “presa”, y convencer a la ciudadanía que ellos son los Mesías. La sociedad, hasta ahora, hasta antes de su llegada, ha vivido en oscuridad. La corrupción, la delincuencia y la maldad humana han privado en el estado por que no había llegado -hasta ahora, ¡por supuesto!, que ellos hacen su aparición con bombo y platillo- quien les hiciera frente. Parece que deberán volver las calamidades al ánfora de Pandora. En fin, parecen anunciarnos que un nuevo mundo nace ya.

Antes de creer tal milagro debemos responder a unas preguntas. ¿Cuál es la causa última que determina la corrupción, la delincuencia y, de manera más general, la descomposición social que priva en nuestro régimen social? ¿Será posible que un individuo por bien intencionado que sea, logre bajo el régimen económico social que vivimos, acabar con estos males? No son preguntas fáciles de responder pero al menos haremos un intento.  

Diremos que en sus inicios la sociedad humana desconocía la corrupción económica, la violencia (por lo menos entre sus miembros un mismo colectivo), y muchos males que hoy campean en nuestra sociedad. La comunidad primitiva que duró cientos de miles de años se caracterizaba porque en ella no existía la propiedad privada de los medios de producción (tierra, instrumentos de trabajo, etc.), sino que eran propiedad de todos los miembros del grupo. Al ser esto así, los frutos del trabajo eran repartidos, de acuerdo a sus necesidades, entre los miembros de colectivo primitivo: la gens y la tribu. Por lo rudimentario de los instrumentos de producción no era posible, por lo general, producir excedentes, y no era posible que alguien se apropiara cuando estos excedentes se llegaban a dar; en nadie cabía hacer tal cosa, era algo que se salía de la costumbre ancestral. Sin embargo esto tuvo su fin. Las fuerzas productivas se desarrollaron y hubo de manera más regular excedentes en la producción. Es aquí cuando empieza a aparecer y desarrollarse la propiedad privada de los medios de producción, y con ello la desigualdad social. Con el tiempo surgen por un lado una masa inmensa de hombres productores carentes de propiedad y de otro un grupo reducido de dueños de medios de producción que no trabajan. Aparece, aparejada a esta desigualdad patrimonial, la ambición, el afán desmedido de enriquecimiento fácil a costa robar el fruto del trabajo de los demás, usando, aparte del despojo brutal y abierto, un “fino” medio: la corrupción económica. Todas las sociedades que le han seguido a la comunidad primitiva (el esclavismo, el feudalismo y, por su puesto, en la que nos toca vivir, el capitalismo, llevan como uno de sus sellos distintivos la corrupción de una parte de sus miembros). Aclaro no de todos sus miembros sino de algunos. Esto porque es común que se diga, para diluir este problema, como slogan, que “la corrupción somos todos”. En sí podemos decir sin faltar a la verdad que la parte sana del organismo social es el pueblo trabajador, que es la inmensa mayoría de la población, y si algunos elementos de éste se corrompen es por que la sociedad los invita y empuja a ello. La corrupción en las clases adineradas es algo ya descrito y demostrado de manera por demás suficiente por los grandes escritores de la humanidad.

Acaso la violencia no es un actor principal en nuestra sociedad. ¿No se desaloja por la fuerza policíaca a la familia humilde que no paga el alquiler? ¿No se reprime, con las corporaciones policíacas, y llegado el caso el propio Ejército, por “afectar a terceros” a las protestas de ciudadanos que piden solución a sus demandas de obras y servicios? ¿No se quita de un plumazo, por la fuerza también del Estado, las fuentes de empleo de miles de trabajo como acaba de ocurrir con los trabajadores de LyFC? ¿No se encarcela al hambriento que roba un mendrugo? Desde la desaparición de la sociedad en  que no había grupos económicamente antagónicos, la violencia ha sido el instrumento para mantener a unos cuantos concentrando en sus manos la riqueza social, y a otros, la mayoría, creándola sin mejorar una pizca sus míseras condiciones de vida.

Podemos decir en relación a la primera pregunta que la corrupción y la violencia son hijas en última instancia de la desigualdad social, y ésta de la propiedad privada. Que mientras ésta siga privando en la sociedad va ser imposible acabarla. Que la corrupción es parte de la “savia” que da vida a la injusta sociedad moderna. Sí, es cierto, hay corrupción en las corporaciones policíacas y de tránsito, ¿pero no es acaso una infección muy localizada de un organismo que se cae, todo, en pedazos?
En cuanto a la segunda pregunta sólo diremos que la historia milenaria de la humanidad ha demostrado que los cambios verdaderamente profundos para barrer con los grandes males que aquejan a la sociedad no son sino  obra de la acción de las grandes masas humildes que modifica las estancadas relaciones sociales, que se osifican, trabando el desarrollo en la producción. ¿Acaso la revolución francesa no acabó con el vetusto árbol feudal, con toda su brutal opresión, con todas sus trabas a la producción, en fin con todos sus vicios? ¿La Revolución Mexicana acaso no dio un golpe a muerte al sistema semifeudal de grandes haciendas con sus campesinos acasillados y sus tiendas de raya, para desbrozar el camino de la libre compraventa de mano de obra y de tierra que demandaba el capitalismo naciente? Para los males de nuestra sociedad actual se requiere lo mismo: un cambio a fondo. Ningún hombre, por decidido e inteligente que sea, podrá solo cambiar el estado de cosas. Y menos hombres que se han  beneficiado en el régimen actual.

Por lo tanto, tenemos el derecho a decir que lo que hoy vemos en la forma de gobernar de los ediles metropolitanos de Nuevo León, no es más que lo mismo que se nos receta a nivel federal: publicidad barata para promover la imagen personal y de partido, y distracción de los verdaderos problemas que afectan a los pobres del estado y del país. Cruda realidad, pero cierta. Hay que empezar por reconocerla para cambiarla.

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