La desigualdad social por la que está pasando nuestra sociedad mexicana ya es insoportable en un país que de 106 millones de habitantes, 80 viven en la pobreza. Ya resulta como una cuerda que, con tanta carga acumulada, se está poniendo cada vez más tensa y va a llegar el momento en que, al fin, tenga que reventar. Tal desigualdad social consiste en que unos cuantos son los privilegiados, porque todo lo tienen; mientras que los opuestos, que son los que pertenecen a las grandes mayorías, son unos pobres desgraciados, porque carecen hasta de lo más indispensable para vivir. El fenómeno no es nuevo, sólo se ha agudizado; muchos de los que les está tocando vivir esta cruda realidad y, además, al ser acosados por las necesidades, hasta llegan a pensar que sería mejor no haber nacido. Una desesperanza terrible para millones de mexicanos. Y esto no significa que sean unos pesimistas por naturaleza, sino más bien realistas, porque prefieren tener los pies puestos en la tierra, en vez de soñar, aunque esto último también sea válido. Como consecuencia de lo anterior, y ante la carencia de todo, que nadie de los desposeídos puede dejar de sentir porque lo viven en carne propia, mucha gente se pregunta ¿por qué unos cuantos son tan ricos y los demás, o sea, las grandes masas somos tan pobres? La respuesta a esta pregunta no es homogénea, es decir, no es contestada por todos de la misma manera, sino que, mientras unos se responden acertada y correctamente, hay otros que lo hacen de manera equívoca. Se equivocan los que se contestan diciendo que estamos como estamos porque Dios o el destino así lo quieren, y que debemos conformarnos porque ésa es su voluntad, postura que responde también a la educación de una clase, la dominante. En cambio, hay otros que están en lo cierto y, obviamente, su respuesta será diferente por lo tanto, correcta. Éstos se responderán así: “Para que cambie mi situación debo luchar con una buena organización. Por tanto, manos a la obra, ya basta, ahora voy a organizarme y a unirme con otros para multiplicar mi fuerza. L’ union fait la force, (La unión hace la fuerza) dicen los franceses.
Pero no quiero desviarme. Si todo tiene su causa, el hecho de que estemos aún padeciendo estas injustas calamidades, se debe, no sólo a que estemos desorganizados, sino también al mal gobierno que siempre hemos tenido a partir del gobierno de Manuel Ávila Camacho (presidente de la “papada” como solían llamarlo), y que se caracterizó por desviar, en vez de continuar, con el modelo de gobierno que ya había trazado su antecesor, Don Lázaro Cárdenas del Río; y si el régimen de Ávila Camacho fue malo, el de Miguel alemán, y todos los demás, fue peor, al haberse aprovechado del poder sólo para enriquecerse. México, para sacudirse esta lacra, que se ha vuelto perenne, necesita un gobierno bueno, no uno tan malo como este gobierno panista (por no decir fascista) que tenemos, y que, de facto, tiene en estado de sitio al país, al sacar a los elementos castrenses en todas partes, ya sólo falta que todo sea ejecutado manu militari; practicas que los mexicanos bien nacidos debemos condenar al recordar con tristeza acontecimientos tales como: la Segunda Guerra Mundial; la masacre de Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968, siendo presidente de la República Díaz Ordaz; y el 10 de junio de 1971, en el sexenio de Luis Echeverría.
México necesita un gobierno que quiera al pueblo, que lo eduque en el sendero de la libertad, y no que lo aprese en la cueva de la pobreza y la ignorancia, como de hecho lo está haciendo Felipe Calderón al destinar tan sólo un presupuesto raquítico a la educación en general, presupuesto sigue reduciendo cada vez más. Necesita, no un gobierno entreguista, sino uno que defienda los recursos naturales que aún tiene nuestra nación, que es inmensamente grande. Necesita, no un gobierno que todo le importa un bledo, sino uno como el de Juárez que, a despecho de todo, dijo: “Primero mi pueblo y luego los demás, si es que un día pudiera pagarles”. Un gobierno que de verdad sea emprendedor de caminos de desarrollo y progreso para todos, y no uno que no sólo no emprende, sino que frena, como lo está haciendo el gobierno de Calderón quien, si hace algo, es sólo para los de su partido.