Se llamaba José Humberto Gutiérrez Corona. En Colima, allá por los sesentas, cursó dos o tres grados de primaria en la escuela “Miguel Hidalgo”, cuando tenía su portón de entrada por la calle 5 de mayo; luego hizo uno o dos grados en el “Colegio Colima”, del profesor Ventura; para concluir la primaria en el Colegio “Manuel C. Silva”. Mas tarde entró a la Secundaria No. 1. Después estuvo en el Bachillerato No. 1 de la Universidad de Colima y estudió la carrera de Biología en la Universidad Michoacana. Beto era un hombre que tuvo muchas y buenas características. Pero Beto era todavía algo más: era un luchador social, una persona que trataba de ayudar a los pobres de todos los lugares donde vivió: a los pobres de Michoacán, a los pobres de San Luis Potosí, a los del Distrito Federal, de Jalisco y del Estado de México. Beto era un hombre antorchista, de esos que conocieron a la organización casi desde su nacimiento, y murió a escasos días de que ésta cumpliera los 35 de existencia. Beto acababa de cumplir 52.
Murió en un accidente vehicular, a la salida de Toluca, el sábado 25 de abril, como a las tres y media de la tarde, cuando se disponía a tomar un avión que lo llevaría al estado de Chihuahua. Beto hizo de todo. Era amante de la naturaleza, de la vida en todas sus manifestaciones: se emocionaba hasta lo indecible cuando venía a Morelia con sus compañeros, pasando por Colima, con rumbo a Maruata, al entonces naciente tortugario. Un día me dijo que los biólogos deben hacer un juramento de respeto a la vida, a los animales, evitándoles cualquier sufrimiento, por mínimo que fuera. Desde jovencito se ganó la admiración de propios y extraños, por ser tan abnegado y trabajador en el seno de la familia. Se partía el alma en la tortillería, acarreando maíz, encendiendo y manteniendo el fuego, a base de leña, para hacer el nixtamal, llenos de lágrimas los ojos por efecto del humo insoportable que despedía la lumbre de los leños; también lloraba, pero sin dejar el trabajo, cuando éste le tocaba a otro hermano, que marrullero escurría el bulto ante las fatigosas obligaciones. Beto era un orgullo para doña Cata, su adorada madre, admirado y elogiado por las señoras que eran sus amigas y vecinas entrañables: doña Josefina Lepe de Zepeda y doña Josefina Galindo de Núñez.
Un día, en Morelia, abrazó con profunda convicción, con apasionada rebeldía, la defensa del “Proyecto Chinampas”. Quizá fue aquí cuando Beto se hizo antorchista, junto con varios compañeros que hasta la fecha compartieron sus ideales. Se trataba de demostrar, junto con estudiantes de Agrobiología de Uruapan, la viabilidad y ventajas naturales y productivas, con gran previsión ecológica, de la chinampa como forma de cultivo, dadas sus características intrínsecas: la humedad constante, la riqueza de nutrientes y abonos naturales, la rotación y variedad de cultivos, etc. Pero los jóvenes estudiantes y sus honrados y entusiastas profesores, se toparon, como muchas veces sucede, con la oposición de intereses mezquinos, que movieron sus influencias para que la institución abortara tan noble como benéfico programa agrícola-chinampero, en beneficio de cientos de familias indígenas y campesinas.
Por todas partes, cada vez más humano y más maduro, con gran sentido práctico de las cosas, gracias a las enseñanzas amorosas de una madre trabajadora, (a la que acompañó, enferma, hasta su lecho de muerte en Guadalajara, en 1984), y gracias a los conocimientos y experiencias de gran riqueza y profundidad que le dio el antorchismo, Beto sembró y cosechó, junto con sus compañeros y dirigentes, una gran cantidad de frutos, como lo describen varios y muy destacados líderes de la organización, en sus respectivos artículos periodísticos, que están publicando en la prensa de sus estados y en el sitio de Internet de Antorcha.
Este hombre fue Beto, el querido “Sope”, el “Güero”, el “Paroto” y quizá los últimos pero no menos cariñosos de sus apodos, según nos explican sus compañeros de toda una vida de lucha: el “que chulada de maíz gûero!”, que le dirigía su queridísima y admirable esposa, Lucha; y el “Betito”, tan lleno de ternura, de entrañable cariño, con que siempre se dirigían a él sus numerosos y luchadores compañeros de la Dirección Nacional Antorchista, de los Comités Estatales y de cualquier grupo de activistas o simpatizantes del movimiento. Por todo lo dicho y por mucho más que omito o ignoro, ¡cuánta razón tenía uno de los más importantes líderes antorchistas, el querídísimo profesor, amigo, dirigente y compañero de lucha de Betito, Omar Carreón Abud, cuando con graciosísimas e inteligentes palabras de doble sentido le decía a veces, cuando lo encontraba: “¡Humberto Gutiérrez: el hombre que abrazó a la Lucha!”. No pudo ser más atinado, porque Beto amó con tierno cariño a su mujer, a Lucha; pero igualmente amó y practicó, bien consciente de sus riesgos, pero sin poses y con gran sensatez, el arte, la ciencia de servirles, de educar y organizar a los oprimidos. Esto se ilustra con la respuesta que me dio cuando al invitarlo durante la ultima Semana Santa a que viniera a Colima al ceviche y el tejuino, me contestó: “Acá estoy, en las playas del D. F., a las afueras de la SEDESOL… en un plantón”.
Ojalá nos sirvieran a todos, para mitigar nuestro dolor y para justipreciar el significado de su vida, el siguiente fragmento de la poesía “Ante un cadáver” de Manuel Acuña:
kkkk kkkk kk kk kkkkk“(…)
La tumba sólo guarda un esqueleto
mas la vida en su bóveda mortuoria
prosigue alimentándose en secreto.
Que al fin de esta existencia transitoria
a la que tanto nuestro afán se adhiere,
la materia, inmortal como la gloria,
cambia de formas; pero nunca muere.”
Gracias. Muchas gracias Beto. Muchas gracias mamá y papá, muchas gracias Antorcha, maestro Aquiles Córdova Morán, muchas gracias vida, por haber forjado tan magnífico ser humano, mexicano, para beneficio del pueblo pobre, para el ejemplo y orgullo de su familia e hijos. ¡Qué viva Betito! ¡Qué viva Antorcha!