La promesa de una grave crisis económica mundial venida de los grandes mercados financieros internacionales, es ya toda una realidad en los hogares de millones de mexicanos. Desde el año pasado percibimos el dramático aumento de varios alimentos de la canasta básica, como el aceite, el huevo, el azúcar, que registraron incrementos de hasta un 200 por ciento en menos de 10 meses. Ya ni hablar del precio del maíz y la tortilla, que promete aumentar de nuevo en los días venideros. Hoy, seguimos acumulando noticias mucho más pesimistas. Por ejemplo, el desempleo abierto en todo el país alcanzó un máximo histórico de 5 por ciento de la Población Económicamente Activa, es decir, 2 millones 250 mil mexicanos no tienen trabajo. Esto, sin contar aquellos compatriotas que nunca figuran en las estadísticas gubernamentales, las mismas que corren el riesgo de ser maquilladas. Lo que de plano no se puede hermosear es la cotización del dólar estadounidense, moneda a la que están sometidas casi todas las transacciones comerciales, y que esta semana rebasó los 15 pesos por cada billete verde, lo que pone en evidencia la precaria economía nacional.
Aquí en San Luis Potosí, el reflejo de esta contracción de la producción económica mundial, se expresa en los 4 mil empleos perdidos en la entidad en los meses recientes, según publicaron varios medios impresos de la capital. Hay que sumar los anuncios de paros técnicos emitidos por las empresas más importantes de la entidad, como la armadora de autos General Motors, lo que pone en riesgo el ingreso de miles de potosinos que laboran en el sector industrial. Y así podemos encontrar el mismo panorama en el campo, en los servicios, en el comercio, donde las ventas han disminuido frente al temor fundado de muchas personas de que lo peor está por venir.
Sin duda, esta nueva crisis tendrá el mismo saldo que las anteriores vividas por los mexicanos: un alarmante aumento de los niveles de pobreza. La migración hacia Estados Unidos había resultado una válvula de escape a la falta de crecimiento económico registrada en nuestro país en los últimos tres sexenios. Sin embargo, en el país del norte ya aprendieron a cantar las rancheras y el desempleo también está pegando duro, por lo que ya no resulta una alternativa a la pobreza en México. Surge la pregunta: ¿cuál será la alternativa para emplear a millones de mexicanos? Y es que no encontramos ninguna medida real por parte de los tres niveles de gobierno, encaminada a enfrentar, o por lo menos a soportar, el impacto negativo de la desaceleración económica mundial. Por el contrario, algunas autoridades han preferido reprimir las demandas populares, antes de resolver necesidades justificadas, que cumplidas podrían repercutir enormemente en el bienestar de la mayoría.
Un ejemplo claro es el problema de los comerciantes ambulantes de la calle El Pípila, en el centro de la ciudad de San Luis Potosí. Ahí, el Ayuntamiento que encabeza Jorge Lozano Armengol pretende que cientos de comerciantes regresen al abandonado mercado Tomás Vargas, inaugurado hace 15 años para reubicar a esos mismos ambulantes, pero que debieron regresar a las calles para subsistir, pues el flamante centro comercial no contaba con accesos suficientes, por lo que los clientes nunca llegaron. Desde 1994, el grupo de comerciantes ambulantes ha intentado dialogar con las diferentes administraciones municipales para construir dichos accesos y regresar al mercado, que tiene las mismas proporciones del centro comercial Tangamanga, donde sí hay gente comprando. Pero, en lugar de construir dos pasajes que conecten al mercado con las calles Moctezuma y San Luis, el actual Ayuntamiento ha preferido conceder permisos temporales a los comerciantes para que ocupen la calle, para después, esos mismos funcionarios que autorizaron la instalación de puestos en la vía pública, se quejen del aumento en el número de vendedores informales.
Es así como nuestras autoridades, en este caso la administración municipal de Jorge Lozano, ayudan a empobrecer más a los mexicanos al negar la inversión de los recursos públicos en obras de beneficio colectivo, en vez de ofrecer alternativas para quienes menos tienen, que podrían resultar en mejoras sustanciales de su nivel de vida. Lamentablemente, la realidad nos demuestra lo contrario. Por ello, la protesta pública se convierte en la verdadera alternativa de los marginados del progreso social y económico. Y si quisieran evitarse más plantones, marchas y mítines en el futuro, cuando la crisis económica arrecie, nuestras autoridades deben cumplir las demandas de la gente.