A juzgar por su conducta en público, y luego por la que asume en legítima privacidad pero con resultados que se antojan como atrocidades de una práctica arbitraria y amnésica del poder, Mario Marín Torres parece ser uno de esos individuos acostumbrados a someterse cotidianamente a un tortuoso ejercicio de personalidad con doble filo.
Quienes creen conocerlo, admiten que el gobernador poblano, antes de arribar al cargo, gustaba hasta el cansancio de mostrarse como el genuino y orgulloso hijo del pueblo, con merecimientos de confianza neta para cualquier misión que sus paisanos pudieran encomendarle.
Y fue con este rasgo distintivo como arribó a la gubernatura de un estado de la República acostumbrado a su vez a superar a brazo partido sus complejidades y hasta habituado a que, como se dice en los ranchos, se le cocine aparte.
Pero he aquí que la orgullosa estampa rural que se ha colgado por toda la geografía poblana, en la intimidad de su mundillo privado Marín Torres de pronto la cambia por otra, por la del aprendiz de tiranito, de esos que el continente produce por comaladas, y que ha sido puesto en evidencia merced a espionajes telefónicos y delaciones por igual de amigos y adversarios que, por esa metamorfosis, se contabilizan por montones.
Es natural que, con esas características, Mario Marín Torres haya fallado, a los poblanos y a sí mismo. Lo censurable es que, sabidas sus debilidades, continúe fallando; que salte de un yerro a otro mayor, en franco contraste con la imagen de hombre humilde y socialmente solidario que se acuñó a fuerza de congraciarse por necesidad política con sus paisanos.
Pero ahora, decepcionados, son miles de esos mismos paisanos los que, por ejemplo, desde hace más de cinco meses se mantienen en plantón frente a la sede del Gobierno del Estado, en demanda de que el gobernador, “su” gobernador Mario Marín Torres, les cumpla la serie de compromisos que adquirió durante aquellas fiebres de humildad que le atacan y que ahora, a la luz de su escasa respuesta gubernamental, se traducen en actitudes de dientes pa’ fuera.
Se antojaría más que justificada la recalcitrante negativa del gobernador si las peticiones de esos manifestantes fueran equivalentes a solicitudes de obras de oropel.
Se comprendería su negativa también si la asignación del presupuesto público hubiera sido de manera insistente (como inicialmente se hizo) para financiar el rodaje en tierras poblanas de una película que recrea la “Memoria de mis putas tristes” de Gabriel García Márquez, y cuyo proyecto fallido le acarreó al gobierno poblano, y a Puebla completo, un célebre ridículo porque el sólo título y la trama (que casualmente se asocia a casos de pederastia, como aquellos con los que amigos del gobernador se encuentran involucrados) atrajo demandas penales que la Coalición contra el Tráfico de Mujeres y Niñas en América Latina y el Caribe le enderezó al gobernador, al autor colombiano y hasta al utilero de la producción por promover el abuso sexual contra infantes.
Pero no. Mario Marín debe estar enterado que las solicitudes de los plantonistas son algo más que frivolidades que no construyen ni equilibran condición social; se trata de obras para abrir hospitales, caminos, erigir escuelas y viviendas, dotar a comunidades poblanas completas de sistemas de agua potable, drenaje y para equipar centros educativos.
El gobernador poblano debe saber también que no son estos beneficios para nadie que no sean aquellos poblanos con los que Marín Torres se dice identificado y que por igual habitan colonias marginadas de los sectores urbanos de Puebla, que las partes más agrestes de la serranía poblana.
En este como en otros casos, el Mario Marín de orgulloso empaque campesino como dice que es, está aún a tiempo de retomar el camino de la congruencia.
Sólo falta que se anime. Y ahí sí, muchos poblanos se lo agradecerán.