Alguna vez, por la obstinación reporteril de un corresponsal en Quintana Roo, tuve un inesperado y efímero encuentro telefónico con Félix González Canto, cuando recién había entregado la presidencia municipal de Cozumel (González Canto, no yo) y se medio perfilaba para “un puestazo mayor”, como me lo había presumido el periodista. No de balde había saltado de líder de taxistas a alcalde.
En la breve charla telefónica a que nos forzó el corresponsal, detecté a un individuo, si no temeroso, sí limitado al hablar. En la imaginaria perfilé, de plano, a un González Canto sin muchas ganas de llegar a “puestazo” alguno.
Primera equivocación: un “puestazo” fue inmediatamente después la diputación federal.
Sin embargo, en descargo a la forma irresponsable con que inicialmente lo había calificado en secreto, asumí que el priísta dueño de ese sonsonete aburridor, precisamente por eso, bien podía ser para los quintanarroenses un gobernador sensato y de escasa ambición para el enriquecimiento personal desenfrenado, tal como también me lo había proyectado el corresponsal.
No nos equivocamos, al menos, en que obtendría otro “puestazo”, la gubernatura, en 2005. En el resto sí. A la luz de la realidad política que impera en aquel estado, que no por ello deja de ser extraordinario por su clima, el turismo que atrae y su gente hospitalaria, trabajadora, “comunicadora” y hasta alburera, he de reconocer que el segundo equívoco fue rotundo, porque el Licenciado Félix Arturo González Canto, tal como lo registra el Gobierno de la República en su portal oficial, es más ladino que Ánimas Trujano, tan convenenciero como convenencieros pueden ser los egresados del Tecnológico de Monterrey (la más importante “fábrica” de patrones que tiene México), proclive al dulce encanto del enjuague y diligente olvidadizo de sus compromisos con el pueblo.
Cuatro años después, en 2006, cuando ya fungía como gobernador, a raíz de haber coincidido casualmente y sin acercamiento ni protocolo ninguno durante sendos actos de campaña en aquella entidad de un candidato a la Presidencia de la República, la impresión que tuve de él (y que ante los demás diariamente se encarga de engordar con frenesí) ya era, en verdad, como para echarse a correr.
Entre el vulgo había mucho qué reclamarle: su debilidad por los fiestones, por las relaciones de etiqueta y su divorcio con algunos grupos del PRI, influyentes en su momento y que le sirvieron para zarandear al lopezobradorismo de moda. Bueno, al fin gobernador, recriminaban enojados los cancunenses con quienes hablé.
Para entonces, ya el gobernador de Quinta Roo se había “estrenado” en la función y pronto había dado muestras de un particular pero oculto (como su personalidad) estilo de gobernar.
Los pormenores de esa personalidad mutante del funcionario descubren “otra” de sus debilidades, su vocación por el toletazo, por reprimir al más puro estilo de un porfirismo prosaico y pachucho, tal como lo hizo en junio de 2005 contra manifestantes, a 557 de los cuales detuvo y -se dice- torturó nada más porque se le opusieron a sus ánimos pederasta-proteccionistas y a su política de desorientada inclinación social. Otro rasgo oculto lo reveló, por ejemplo, con el festejo de su cumpleaños, dos días antes, en la casa de gobierno, cosa que no tendría nada de espectacular sino hubiera sido porque los invitados fueron 10 mil y el costo con cargo al erario.
Pero ahora todas aquellas impresiones nocivas que en estas latitudes del país se tienen sobre don Félix Arturo González Canto, se multiplican de porrazo y llegan sin fronteras ni topes de por medio; golpean de lleno por la contagiante irritación que agobia a decenas de miles de campesinos temporaleros de los municipios Othón P. Blanco, Felipe Carrillo Puerto, José María Morelos y Lázaro Cárdenas, que literalmente están en condiciones de inanición, y en lo que el señor gobernador González Canto, su gobernador, tiene responsabilidad hasta el cuello.
En el escamoteo del pago que la empresa aseguradora Proagro le hace a los campesinos temporaleros de esos municipios por la pérdida de sus cosechas en 75 mil hectáreas que provocó la sequía, están involucrados, al menos por omisión y por evidencias de complicidad por complacencia, por la parte oficial los gobiernos de la República (¡qué novedad!) y de Quintana Roo, González Canto a la cabeza.
Al funcionario estatal se le responsabiliza de estar distraído en el avalúo y comercialización interesada de cientos de hectáreas de la zona costera con vocación turística y que consorcios internacionales se relamen por comprar a precio castigado (incluido el literal robo de terrenos propiedad de la nación). Es en este ambiente en que González Canto echa tierra a la petición de los campesinos porque se les apoye en su pleito con la aseguradora y en la aplicación de planes realmente viables para hacer rentables las tierras de cultivo. “No todo Quintana Roo es playa”, le recuerdan.
Los críticos que González Canto ha cultivado en su trompicado ejercicio gubernamental, le auguran días negros si no advierte (y ataca) la crisis que él “y sus afines en el gobierno federal y la iniciativa privada” están agudizando en el campo, y que se puede traducir en un estallido de inconformidad con consecuencias lastimosas.
Hasta el momento han sido peticiones, exigencias y manifestaciones. Pero el hambre es mala consejera y acicate para lo impredecible. Bien debe saberlo don Félix. Y si no, que se lo avisen.