Llegamos al 99 aniversario de la Revolución Mexicana, a un año del Centenario de la primera revolución social del siglo XX. Objeto de estudio de historiadores, que, a sus casi cien años de vida, todavía se debate respecto de los derroteros de esta revolución, de la cuál algunos, señalan, que su destino pudo irse por un rumbo mejor a favor de los pobres, que “faltó audacia de sus caudillos”, que Francisco Villa, si había llegado a Palacio Nacional y se sentó en la silla presidencial no debió dejarla, “que hubo traiciones”, como lo fue el asesinato de Emiliano Zapata, “porque si Zapata viviera, que chin… les pusiera”, etcétera. Otros consideran que con la revolución, nuestro país llegó a la modernidad y al progreso del capitalismo, porque se terminó con el trabajo de los peones acasillados en las haciendas, que no permitía el desarrollo de la industria fabril y el desarrollo del capital y de la “democracia”.
Considero que a la luz de la historia y de la realidad social que hoy vivimos, los dos puntos de vista expuestos sobre el destino de la Revolución Mexicana, son erróneos y tergiversados. Sobre el primero, hoy sabemos que ni la valentía, ni el actuar consecuente de los dos principales caudillos de la revolución, Villa y Zapata, que estaban firmemente del lado de los campesinos empobrecidos, eran suficientes para llegar al poder, y dirigirlo hacia derroteros verdaderamente revolucionarios a favor de las clases laborantes, pues, no estaban dadas las condiciones en el terreno socioeconómico, para impulsar una revolución de otro tipo, por ejemplo, hacia el socialismo, porque en esos momentos no existía un capitalismo desarrollado, sólo existían unas cuantas industrias que no podían desarrollarse, ni diversificarse, por su asfixiante economía rural vigente, donde predominaba el régimen de las haciendas, que no permitía la libre circulación y producción de mercancías; y lo primordial, no existía mano de obra barata en las ciudades, porque los trabajadores estaban pegados a las haciendas y esclavizados a través de las “tiendas de raya”, y, por tanto, no había una clase obrera amplia y vigorosa, ni existía la conciencia de clase, la inteligencia, la educación y cultura de los sectores empobrecidos para tomar y conducir un nuevo poder estatal. El otro punto de vista es el que predomina entre muchos historiadores e ideólogos del actual sistema burgués, para hacer creer a la mayoría de la población, que nuestra Revolución Mexicana nos ha llevado al “México moderno”, “fuerte y progresista”, a la mejor democracia y justicia social que jamás haya existido en nuestro país, que “ya no estamos tan jodidos como antes”.
¿Cuál es nuestra realidad?
Es cierto que se acabó con la explotación animal hacia los millones de mexicanos que vivían en el campo, que se desarrolló y diversificó la industria; que hay mucha producción de riqueza, tanta como jamás haya existido en nuestro país, que si antes las riqueza se concentraba en 500 familias terratenientes propietarias de millones de hectáreas de tierras, hoy, se concentra en unas cuantas decenas de familias, con tanta riqueza, que prácticamente no sólo son dueñas de tierras, sino también, de grandes ramas industriales como la energética, telecomunicaciones, siderúrgica, minas, comercio, etcétera y de capital financiero. Tanta riqueza inmoralmente acumulada, en medio de la miseria y hambre que sufren más de 80 millones de mexicanos.
Es cierto, los pobres ya no viven pegados a la tierra o la hacienda de los grandes latifundistas, hoy los esclavos modernos tienen otras cadenas, invisibles, pero más fuertes: el trabajo asalariado, el contrato de los obreros por un salario miserable en su centro fabril que no le sirve para nada, más que para medio alimentarse un día y volver al siguiente a trabajar, porque si no se mueren de hambre. Nos pueden ser útil e ilustrarnos, esta descripción que nos relata Ricardo Flores Magón, uno de los precursores de la Revolución Mexicana, de la realidad social que se vivía hace 99 años en nuestro país.
“El esclavo era más feliz que lo es hoy el trabajador libre. Como había costado dinero al amo, éste cuidaba al esclavo; lo hacía trabajar con moderación, lo alimentaba bien, lo abrigaba cuando hacia frío, y si se enfermaba, lo confiaba a los cuidados de algún médico. Hoy los patrones no se cuidan de la suerte de sus trabajadores. No costándoles dinero la adquisición de éstos, los hacen desempeñar tareas agotantes que en pocos años acaban con su salud, no importándole que las familias de los trabajadores carezcan de comodidades y de alimentación, porque éstas no les pertenecen.
El trabajador de hoy es esclavo como lo fue el de ayer, con la única diferencia de que tiene la libertad de cambiar de amo; pero esa libertad la paga bien caro desde que no goza de las comodidades, de las atenciones, de los cuidados de que era objeto el esclavo de antaño y su familia. Pero si hay que dolerse de la situación del trabajador moderno, no hay, por eso, que suspirar por los tiempos en que la esclavitud era legal. Debemos buscar los medios más apropiados para destruir el régimen actual, ya que la experiencia nos demuestra que el trabajador de hoy, que lleva pomposamente el nombre de ciudadano, es un verdadero esclavo sobre el cual no sólo pesa la autoridad del amo, sino que, además, tiene que soportar sobre las débiles espaldas todas las cargas sociales y políticas, de cuyo peso la ley ha librado mañosamente a las clases ricas e ilustradas, para hacerlas caer, con toda su abrumadora pesadumbre, sobre el proletariado exclusivamente” (Fragmento del periódico liberal Regeneración, 22 de octubre de 1910).
Sin palabras…