La primera vez que hice tal afirmación fue ante un grupo de estudiantes de nivel medio superior. Y varios me preguntaron: ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?
Es verdad, parecen cosas tan diferentes…
Pero recordemos los años anteriores a 1833 en Inglaterra; la pobreza era grande, al obrero se le hacía trabajar 16, 18, 20, horas o más al dia, comían mendrugos y prácticamente de pie junto a las máquinas para que éstas no paracen de funcionar; y como consecuencia lógica cada nueva generación de obreros crecían física y biológicamente más debiles y morían a corta edad, enfermos principalmente por neumonías, congestiones, bronquitis, etc., es decir, ataque severo a las vías respiratorias. Fue necesaria la intervación del Parlamento, promulgando leyes y destinando recursos para contratar personal y crear toda una estructura de vigilancia y ejecución de dichas leyes dirigidas a proteger al trabajador para que éste no desapareciera, porque, muerto el obrero, ¿quién manejaría la fábrica? ¿Quien portaría el fusil para defender la patria? El trabajador era necesario, pues, para frenar la voraz hambre de ganancias de los industriales de esa época.
Me llamó la atención una pregunta que formulaba un periodista de renombre en un noticiero televisivo; no entendía ¿por qué si Estados Unidos sufre de un problema similar al nuestro, en aquel país no ha tenido que tomar las mismas medidas? Es decir, no ha tenido que suspender clases en todo el territorio nacional y en todos los niveles, no ha tenido que dar vacaciones a sus burocratas, evitar concentraciones, regalar tapabocas, etc., etc. En EE. UU. sólo se reporta un muerto y (¡oh sorpresa!) era un mexicano que fue a buscar curarse en ese país.
Creo que la respuesta debería ser más franca y honesta. Los estadounidenses no presentan víctimas porque están mejor alimentados, tienen mejores condiciones de vida y mejores instalaciones médicas; en cambio, en nuestro país, el 80 por ciento de la población tiene hambre, anda mal calzada y mal vestida, 13 millones de vivienda no tienen drenaje, 24 millones de viviendas no tienen red de agua, presumimos que millones de mexicanos (¡7 por ciento!) cuentan con el seguro popular, pero este servicio sólo cubre los gastos médicos más elementales, 28 millones de viviendas cuentan con un sólo dormitorio y el 4.7 de la población económicamente activa no tiene empleo.
En pocas palabras, el virus de la influenza porcina ha hecho más estragos en nuestro país porque ha encontrado a una raza debilitada por el hambre, viviendo en lugares insalubres, hombres y mujeres fatigados, abrumados por las necesidades y preocupaciones y, todavía, algunos políticos y burócratas se atreven a sugerirle a la ciudadanía que “no salga de sus casas, que aproveche para estar con su familia”, “que coma frutas y verduras”, que “cuide su higiene”. Y yo le pregunto a esos “ilustres personajes”: y si la gente no trabaja, ¿con qué va a comer esos días? ¿De dónde va a salir el dinero para llevar la dieta que ellos les recomiendan?
Creo que va llegando la hora de que los gobiernos tomen medidas como las que emprendieron los legisladores ingleses en 1833 para cuidar más a la clase trabajadora, de lo contrario el moderno capitalismo acabará con la gallina de los huevos de oro, y los mismos o peores estragos provocará otro virus, bacteria, etc. Que conste.