Constanzo es un hombre sencillo que perdió la dimensión de las cosas terrenales después de que el voto popular lo hizo presidente municipal. Constanzo fue hombre de bien, educaba a jóvenes generaciones en las aulas de alguna escuela en Texcoco antes de que la avaricia y la soberbia hicieran presa de él. Alguien tenebroso le hizo creer que podía seguir ese camino en ascenso hacia algún puesto público de mayor perversión y le hizo caso.
No terminó su función como presidente municipal constitucional de los texcocanos y tuvo que ceder a las presiones de su otrora padrino (Higinio Martínez Miranda) para poner en interinato al hermano Alberto Martínez Miranda. Con el sueño de ser legislador en el Congreso mexiquense, entregó la batuta y se puso a cerrar tratos con sus financiadores de la campaña, -que los perredistas empezaron con mucha anticipación- ofertando de nueva cuenta las mismas promesas, esas que no cumplieron, las mismas que el pueblo texcocano le reclamó siempre a Constanzo.
Los pendientes son muchos: no logró reducir la inseguridad en Texcoco y tampoco desarrolló el municipio mediante obras de infraestructura urbana para todas las comunidades como fue su “plan de desarrollo municipal”. Las comunidades aledañas el cerro del Tezcutzingo aguardan las obras de pavimentación de calles, drenaje sanitario, agua potable, ampliación de electrificaciones, bacheo de sus carreteras y equipamiento de sus escuelas; los mismos vestigios de “los baños del Rey poeta Nezahualcóyotl” están literalmente en ruinas ante la poca preocupación por el rescate de la cultura acolhúa. Y como éstas comunidades, así están la mayoría de las 56 que conforman al municipio.
Lo que sí hizo fue cumplirle a sus incondicionales, aquéllos que lo siguieron en una marcha xenofóbica construyendo una gran plaza para los pequeños comerciantes, que de por sí se justificaba pero no a cambio servir a los aviesos intereses de un edil que mostró su verdadera personalidad de represor, de nefasto gobernante que hasta el día de hoy se opone a que 2 mil humildes familias tengan autorización para la construcción de sus viviendas, acceso a los servicios públicos indispensables para la vida humana y libre albedrío de militar en la organización política de su preferencia. Pero eso sí, permitió la construcción de un majestuoso Centro Comercial, justo en el área contigua de donde los humildes demandaban sólo la autorización del Cabildo para el cambio de uso de suelo.
Remodeló iglesias y pequeños jardines; por sí y ante sí, declaró Texcoco como el Corazón cultural del Estado de México; hizo festivales del “Rey Poeta Netzahualcóyotl” so pretexto de llevar la cultura al pueblo, ¿pero es que realizar conciertos es verdaderamente llevar cultura a la gente? Cultura es sensibilidad, es educación, es la emancipación del pueblo, despojándolo de sus cadenas y ataduras invisibles, impuestas en su enajenación por el consumismo y en su mediatización política por los artífices del sistema político y económico para aceptar su condición. ¿Cumplió esta meta, ese derroche de dinero en los conciertos mediáticos para propalar la fama de un presidente municipal? No. Lo que hizo Constanzo fue cerrar las puertas del Ayuntamiento cuando la gente organizada fue a pedirle solución a múltiples carencias de servicios; en el colmo de su soberbia, un día sitió la ciudad de Texcoco con más de 3 mil policías de otros municipios perredistas, levantó vallas metálicas de más de 3 metros de altura, dispuso estratégicamente a perros adiestrados y tanques de agua antimotines, contrató ex profeso un grupo de porros… todo para reprimir y agredir a 30 mil pacíficos colonos, estudiantes, profesionistas y amas de casa que denunciaban su fascismo.
Pues con estas cartas de presentación, Constanzo recorre ya el camino del proselitismo, primero entre sus correligionarios perredistas y próximamente entre toda la población, con miras a convencerlos de su demagogia para volver a uncirse como “representante popular”, y seguir acrecentando democráticamente sus riquezas, igual que los Martínez Miranda. ¿A dónde va Constanzo? A engañar a la gente y a condenarse en la picota de la Historia, de no enmendar su conducta política de cacique y fascista.
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