Los hemos de ver cada trienio o cada sexenio, en vísperas de elecciones municipales, estatales o federales, pagando carísimas campañas para promover su imagen, vendiendo sus propuestas al mejor patrocinador y llenando de promesas las casas de los electores. Son los sedicentes “políticos”, aunque muchos de ellos nada sepan del concepto, ni de la función pública, ni de la responsabilidad que implica ser representante popular. A muchos de ellos ya los hemos visto gobernar y la verdad es que muy poco de sus promesas electorales cumplieron y, en cambio, se mostraron arrogantes e indiferentes a las penurias sociales. Salvo dos o tres honrosas excepciones.
Ese afán concupiscente del político común de llegar al poder –de realizar su sueño de ser presidente municipal, gobernador, diputado local, federal, incluso ser presidente de la República, o, cuando más, conformarse con un puesto de confianza en los distintos ámbitos de gobierno-, no conlleva el espíritu de reivindicar las causas populares sino las propias, no sintetiza un “verdadero cambio” en el estado de cosas ni es engendrado por un proyecto justiciero y humanista, sino que es “más de lo mismo”: las promesas de siempre, de mejorar las condiciones de vida de la población, de aplicar todo el peso de la ley contra los delincuentes, de hacer valer nuestra soberanía, de crear empleo para todos, de construir escuelas y hospitales donde se requieran, etc.
A su paso se encontrarán con reclamos justificados del pueblo, de haber pasado una vez por su calle cual gitano prometiendo maravillas y no haber regresado para cumplir. Saldrán cual toreros al ruedo con su capote de demagogias, justificando sus incumplimientos, echándole la culpa a otros para granjearse la voluntad del sufrido y olvidado ciudadano, del que verdaderamente trabaja y contribuye en la generación de la riqueza nacional que sólo disfrutan los poderosos.
¿Qué hacer para contrarrestar los efectos de la mala distribución de la riqueza social? Ninguno de esos políticos comunes lo plantea, y si alguno de ellos lo planteara sería una demagogia más en su boca, pues saben que para lograr una distribución más justa y equitativa de tal riqueza, concentrada en su mayor parte en tan sólo el 10 por ciento de la población mexicana, se requiere cambiar el modelo económico que rige nuestras vidas y, por tanto, el esquema político que nos gobierna. Hacer esto es de hombres honestos y consecuentes con un ideal noble y revolucionario, a favor del pueblo que tiene “hambre y sed de justicia”.
Al pueblo trabajador, vapuleado por las adversas circunstancias económicas, derivado del injusto orden social, le toca tomar conciencia de su realidad, hacer suyo el ideal de una vida mejor y estar dispuesto a luchar por ella de manera organizada. A no desesperarse ante las constantes negativas de solución y de hacer valer el derecho constitucional de tener empleo bien remunerado, de educarse, de tener vivienda digna, de tener asistencia a la salud. Los trabajadores en general, deben discernir entre los candidatos que se disputarán los cargos de elección popular, no lo que digan de sí mismos sino lo que han hecho a favor de su pueblo.
La actual crisis económica que vive el mundo y los mexicanos en particular, debe sacudir a la gente en su estado de indiferencia, apatía y postración. Debe despertar el león dormido y revelarse contra su domador. La crítica situación que viven los pueblos de México no cambiará con discursos huecos y entusiastas, ni votando por candidatos bien parecidos. Aquellos políticos que no han trabajado a favor de los que menos tienen, que son la mayoría, aquellos que cuando fueron “representantes populares” en un período anterior y que no cumplieron sus promesas deberían borrarse de la lista de sus partidos si quieren evitar la ignominia de recibir el voto de castigo.