La existencia del Movimiento Antorchista tiene como sustento material la enorme desigualdad social, la extrema pobreza creciente y la falta de empleo bien remunerado. En una palabra: la lacerante marginación social de los grandes estratos sociales, pero, a la par de estos componentes, se encuentran el desencanto y la rebeldía de esos mismos estratos, debido a la escasa seriedad de los gobernantes en el cumplimiento de las promesas que los llevaron al poder, debido al trato que reciben (no sólo de los gobernantes sino también de operadores partidistas y de gobierno), debido a que deben conformarse y agradecer lo que les dan, más por condescendencia que por obligación.
Esta es, también, la base real del crecimiento y consolidación de Antorcha, una organización que ha sido la caja de resonancia de inconformidades y descontentos populares, receptáculo de la rebeldía contra esta intolerable situación; y, además, porque es de las pocas organizaciones que enarbola la solución de las demandas y la persigue por todas las vías: la gestión, la negociación y la presión multitudinaria, obligando con ello a los gobiernos a darle curso a las necesidades urgentes que los pobres, durante mucho tiempo, buscaron afanosamente resolver y en las que sólo encontraron puertas cerradas, oídos sordos y negativas diversas.
Esto, indudablemente, le disgusta a los encargados de mantener sometidos, en los hechos, a los inconformes con su denigrante marginación. Para los gobernantes, la organización del “mugroso pueblo” es un pecado y, por ello, cada vez que protesta ese pueblo, cada vez que emprende acciones que desafían su poder, se ponen furiosos, y la mejor forma que encuentran para desahogarse es movilizando los medios de comunicación a su alcance, para minimizar, denigrar y denostar la rebeldía organizada y consciente.
Pero su furia desbocada no les permite asimilar las consecuencias de sus acciones en favor de la organización de los pobres. No se dan cuenta que la campaña furibunda, a través de la prensa, siembra el efecto contrario al que persiguen y coloca a la organización, ante los ojos y conciencias rebeldes, como la única opción para enfrentar al tú por tú al gobierno, les crea conciencia de su poderío como gente organizada, de que si las multitudes se unen bajo una sola dirección, son capaces de lograr lo que se propongan.
No alcanzan a ver que sus acciones para acabar y desprestigiar a la organización provocan que el pueblo le pierda el miedo al poder y que emprenda actos conscientes y osados, para atenuar por sí mismos su precaria situación. Tampoco se dan cuenta de que las campañas “antiantorchistas” atraen, cada día, a más y más grupos inconformes, que buscan el apoyo y el amparo de Antorcha, para librarse de liderazgos espurios y corruptos que les impiden mejorar su calidad de vida.
Esto se pone de manifiesto cuando hacemos un balance de los grupos que, durante los ocho meses que duró el plantón frente a las oficinas de Mario Marín -y en la guerra permanente, que desde hace dos años nos tiene declarada el marinismo-, se han acercado a nosotros. Colonos, campesinos, estudiantes, transportistas y trabajadores en general, han buscando el amparo y la ayuda de la organización “monstruo”; así llegaron con nosotros tianguistas de Tepeaca, de Texmelucan, de la Rivera Anaya, del Centro Histórico, de San Diego Manzanilla, que durante años fueron extorsionados, controlados y dirigidos por “liderazgos” que les vendían el estacionamiento, la plaza, la seguridad, la protección, el permiso, para sentarse en el tianguis.
O colonos a los que les venden calles, pasillos, pedazos de suelo irregulares o que se reputan como propiedad de algún funcionario o de su protegido (Valencia, Talavera), o de algún empresario (Salim en Tepeaca, Garcés en San Martín), y que además eran obligados a obedecer y agradecer la protección y la oportunidad de trabajar. Pobre del que se rebelara, porque sólo encontraría golpes, desalojos violentos del área comprada, destrucción de sus mercancías, etc., etc. Finalmente, al tratar de levantar la voz y ser oídos por los encargados de gobernación, se dieron cuenta de los intereses poderosos que hay detrás de esos “liderazgos”, de quiénes son realmente los diseñadores de esa política de control y de sometimiento de los pobres, de a dónde llega gran parte de los dineros que se recaudan en los tianguis y a quiénes obedecen esos “líderes”.
Y, entonces, entendieron el porqué de la rabia de los políticos y sus amanuenses cuando Antorcha encabeza a los comerciantes ambulantes y a los tianguistas, pues la intromisión de Antorcha en esas áreas entorpece y lentifica el flujo monetario a las arcas de funcionarios de primer nivel, y es por eso que no sólo nos bombardean con “bazucasos excrementicios”, a través de sus empleados y de sus esbirros de la pluma; sino que, ahora, también se han dado a la tarea de amenazar, presionar y atemorizar, con persecuciones nocturnas (hasta en sus domicilios), a nuestros líderes regionales, con la convicción de que de esa manera dejaremos el campo libre.
Pero, como en el caso del plantón, una vez más se equivocan. No es de esa manera como nos van a hacer desistir de nuestros objetivos y de nuestras demandas; no es con amenazas, ni con la muerte, como van a poner freno a la intromisión de Antorcha en la conciencia de los grupos rebeldes. La única forma de terminar con Antorcha es acabar con la marginación, poniendo freno definitivo a la incesante pobreza, a la falta de empleo, de vivienda, salud, educación, etc. Prueben atender la demanda social, gobiernen con y para los pobres, y verán así languidecer al Movimiento Antorchista, indefectiblemente.
*Responsable del trabajo antorchista en el norte del municipio de Puebla.