“No se nace mujer, se llega a serlo”.
Simone de Beauvoir
Hace ya mucho tiempo que la mujer padece discriminación de género, tal vez desde que hay propiedad privada y clases sociales. Cada sociedad clasista ha poseído formas de sexismo muy particulares. Por ejemplo, durante la Edad Media la mujer era concebida como un objeto que sólo debía servir como medio para la procreación; no podía ascender a posiciones de poder dentro de la jerarquía católica. A ésta época también son asociados los cinturones de castidad.
En el capitalismo, por supuesto, existen diversas manifestaciones de esta condición de inferioridad que culturalmente se le ha atribuido al sexo femenino. Antes de continuar, conviene subrayar que dicha inferioridad no existe objetivamente: es, como ya dije, una construcción cultural.
¿Qué es ser mujer? El sistema capitalista ha respondido a esta pregunta en beneficio de él mismo, ha construido un concepto de mujer que favorece la inhumana explotación y la máxima ganancia para unos cuantos. Desde los albores del modo de producción que impera actualmente en el planeta, muchos autores señalaron la “ventaja competitiva” que representaba para los capitalistas el empleo de mujeres y niños para la producción: el gasto en salarios se reducía notablemente. Entre ellos, por ejemplo, se encuentra Federico Engels con La situación de la clase obrera en Inglaterra. Ya desde entonces, el machismo capitalista echaba sus raíces más profundas: las de tipo económico.
Con el paso del tiempo, el fenómeno ha ido derivando en formas más complejas, que se manifiestan necesariamente en otras esferas de la sociedad. La mujer ha caído en la trampa del capital al creer que para lograr la “igualdad de género” bastaba con imitar los roles típicamente masculinos. En concreto: buscando, a toda costa, convertirse en obrera. Lo que nació como una necesidad de nuestra clase se ha convertido, en muchos casos, en un deseo, en la meta de una vida.
En esta inconsciente y angustiante búsqueda de la igualdad, la mujer ha caído en el libertinaje y ha conservado su condición de objeto sexual, con el beneficio sincrónico para la clase en el poder. Expongo un sencillo ejercicio de comprobación de lo antes dicho: de cualquier puesto de revistas, comparar las portadas de modelos semidesnudas contra las de destacadas doctoras, profesoras, luchadoras sociales, incluso madres. La conclusión es evidente.
Un punto más antes de terminar. Frente a la creciente incorporación de la mujer a la industria, la educación de más niños es dejada en manos de la televisión y de las ayas sin motivación ni aptitud pedagógica que se dedican a ello por obtener un salario. Lo cual deteriora el ya de por sí deficiente desarrollo de los hijos de la clase trabajadora, al privarlos de las experiencias afectivas maternales que son indispensables para un adecuado desarrollo intelectual, emocional y conductual, constituyendo ésta una condición previa para el desarrollo de adicciones y psicopatologías en algún momento de su vida. Además, los lanza a absorber, sin más, la ideología individualista propia del sistema.
Es necesario, para los seres humanos progresistas, luchar por abatir las verdaderas causas del sexismo: la injusta distribución de la riqueza y la existencia de un Estado capitalista. De otra forma, la especie se condena a la reproducción de su miseria moral y material.