Como la gran mayoría de la opinión pública se dio cuenta, gracias a la amplia difusión que le dieron los medios de comunicación, el pasado mes de febrero debido a las fuertes lluvias que se desataron a lo largo y ancho del país, buena parte del oriente michoacano de los municipios de Angangueo, Ocampo, Tuxpan y Tuzantla, fue devastada y mucha gente se quedó literalmente en la calle.
Autoridades de todo tipo (federales, estatales y municipales) acudieron a supervisar las áreas afectadas, “escucharon” directamente a los damnificados e hicieron compromisos de enviar el auxilio necesario de manera inmediata para contribuir a resarcir los daños provocados por el fenómeno natural.
Sin embargo, han pasado prácticamente dos meses y los compromisos siguen sin cumplirse: no llega la maquinaria requerida para limpiar los caminos y los cauces de los ríos, y los vecinos se encuentran en estado de alerta ya que corren el riesgo de sufrir una nueva inundación; también hay varios terrenos que permanecen con una gruesa capa de lodo por lo cual es imposible acondicionarlos para sembrar: ¿Cómo se van a sostener quienes de la siembra obtienen su único ingreso?
En relación a la reubicación de las viviendas que quedaron sepultadas o destruidas, tampoco se ha dado una propuesta concreta por parte de la autoridad, supuestamente porque “aún no terminan” de levantar el censo para saber cuál es la verdadera magnitud del daño que se debe atender; en fin, así podemos seguir con una larga lista de incumplimientos.
Y aquí, uno se pregunta: ¿dónde están las autoridades, aquellas que, una vez acontecida la desgracia, hicieron acto de presencia para demostrar su interés por los más humildes? ¿Realmente era un interés verdadero o es que, como suele suceder, solamente acudieron a tomarse la foto para quedar “bien parados”?
Hay quienes opinan (y yo entre ellos) que los hechos nos están dando la respuesta.
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