MOVIMIENTO ANTORCHISTA


 Nostalgia de la vida

Mario García Castillo
12 de enero de 2010

Después de tres días apagados con frío y borrasca, el ondulado paisaje de La Huasteca amaneció iluminado por una claridad húmeda y lánguida. Las montañas con las criaturas que las habitan se hallaban somnolientas, arrebujadas entre blandos algodones vaporosos.  La mañana lucía serena, matizada con suaves tonalidades grisáceas, azules, verdes y en algunas partes el cielo brillaba salpicado de pinceladas anaranjadas.

      El campesino José Paz, que también se ha dedicado a la atención de una pequeña tienda de abarrotes en el poblado de Temango, en la contemplación de esa mañana estaba cuando vio subir hasta lo que es su casa y al mismo tiempo pequeño establecimiento comercial, a uno de sus vecinos, quien llegó, además de visita, a comprar un poco de maíz, azúcar y café. Cuando se retiraba ya el visitante, se volvió  nuevamente con la actitud de quien recuerda algo importante y le preguntó  por el precio de unas tablas que estaban recargadas sobre la pared de la tienda, mas las tablas lamentablemente no eran mercancías, pues desde el momento en que fueron extraídas del árbol habían sido destinadas a ser usadas en la propia casa de José Paz.  El visitante y comprador, una vez informado de ello, se retiró caminando cuesta abajo, cargando penosamente sus escasos alimentos.  José  Paz lo contempló por un momento y después se quedó mirando cómo subían lentamente los algodones de vapor desde las faldas de las montañas hacia el cielo plomizo y aborregado.

     Enredada en ese tenue desplazamiento de las nubes, la pacifica mirada de José  Paz se fue muy lejos, hasta perderse en los distantes confines de la nostalgia y ahí se encontró con un recuerdo.  Sí, se encontró con un recuerdo de su vida, que es tanto como encontrarse con un recuerdo de la muerte.  Quién sabe si lo dijo, o solamente lo pensó, o quizá lo pensó en voz alta, pero el caso es que volvió a ver subir por el camino a su vecino que ya antes le había comprado maíz, azúcar y café; pero inexplicablemente su vecino ya no era el mismo, ya era otro y lo mismo que aquél, éste volvió a comprar un poco de maíz, otro poco de azúcar y café.  Al dar la vuelta para retirarse, el nuevo y antiguo visitante comprador, se quedó pensativo, como cavilando algo de gran importancia.  Finalmente se decidió a preguntar en cuanto le podía vender las tablas que estaban recargadas sobre la pared de la pequeña tienda.  Las tablas valían poco, pues no eran de madera buena, pero al visitante no le alcanzó el dinero y el comprador se retiró un tanto pensativo, llevando únicamente sus escasos alimentos.

     El día fue agonizando pausada, imperceptible, constantemente, llevado por las solícitas manos del frío y una llovizna pertinaz; los vivos colores del hermoso paisaje se fueron apagando entre el soplo glacial de un viento gris. Tres días o más duró nuevamente el mal tiempo.  La gente, con resignación, con enfado o con tristeza, se encerró  en sus húmedas viviendas. Solamente quedó fuera la ventisca bramando y rugiendo entre los árboles como una bestia salvaje, desgajando ramas, tumbando frutos y  segando vidas.   Por fin, amaneció  nuevamente el día con jirones de sol y vuelos de aves.  Otra vez José Paz vio llegar a su antiguo conocido y comprador. Pero en ésta ocasión el trato fue directamente por las tablas; el poco dinero para adquirirlas estaba completo y listo para ser intercambiado por la madera.   José Paz, intrigado y sorprendido se atrevió  a preguntar por qué motivo era la insistencia en adquirir esos tablones: - ¿vas a hacer un mueble?  Le dijo, y el comprador respondió, - no; voy a hacer mi caja y también la de mi esposa.  Fue así  que sobre el tapanco de la humilde casa de ese hombre tan prevenido como empobrecido, permanecieron silenciosos, empolvados, ociosos, un par de ataúdes, más no por mucho tiempo; pronto sirvieron para trasladar al campo santo, uno primero y otro después, a sus modestos dueños.

Quién sabe si José  Paz lo dijo, o solamente lo pensó, pero lo cierto es que en esta historia verdadera hay una moraleja y ella es que para los pobres, la vida es una pena sin fin y la muerte es una preocupación constante. Pero cuando pase este mal tiempo, llegará el día en que la vida sea un fértil tránsito pacífico hacia la muerte y la muerte, al revés de cómo lo dijo el poeta, sea una nostalgia de la vida. Que así sea. ¡Salud hermanos, compañeros antorchistas, por el advenimiento de un mundo nuevo! 

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