El 2 de marzo es una fecha de trascendencia para los mexiquenses, ya que es el día en que, hace 186 años, surgió el Estado de México como Estado Libre y Soberano, al cobijo de la naciente República Mexicana. Me ocupo del tema porque me parece preocupante que una fecha de tal trascendencia haya pasado prácticamente olvidada por los gobernantes y políticos de todos los colores, quienes la tomaron solamente como pretexto para llevar agua a su molino electoral. Y es que este año, con bombo y platillos, se habla de los 200 años de la Independencia.
El Estado de México ocupa el territorio que fue el corazón de las antiguas culturas mexicanas: aquí se establecieron por primera vez los chichimecas, quienes al mando de Xólotl y su hijo Nopaltzin, hicieron posible la organización territorial y luego el desarrollo de impresionantes culturas, cuyas ciudades fueron destruidas casi por completo, y cuyas poblaciones sobrevivientes fueron hechas esclavas o convertidas en peonaje y servidumbre de los bárbaros españoles.
Durante trescientos años, mediante el látigo, el hambre, el alcoholismo y la terrible amenaza del castigo divino, los descendientes de aquellos orgullosos mexicanos, perdieron por completo el sentido de su historia, de su capacidad creadora y hasta de su propia valía ante el extranjero: se volvieron sumisos, obedientes y fanáticos; pero el odio que acumularon durante toda esa terrible etapa conocida como La Colonia, les proporcionó fuerzas para sumarse a la lucha independentista de Hidalgo y Morelos. Ese fue el pueblo que peleó por la libertad; a ese pueblo se refieren las crónicas cuando dicen: “Cada individuo se preparaba con un garrote, honda, lanza o machete, también había indios que al cruzar el río, surtían sus costales de piedras”.
A partir de 1821, México se hizo políticamente libre. ¿Qué seguía? Pues atender las reivindicaciones que ese pueblo, con su sangre derramada, exigía: trato digno, cultura verdadera, salud, trabajo bien remunerado y un trozo de tierra para vivir; pero la casta gobernante española solamente fue echada del poder para que sus descendientes y clases acomodadas, se repartieran, bajo nuevas reglas, el nuevo país. El pueblo siguió esperando, defendiendo con más de su propia sangre a este país que creía suyo; ahí tenemos la invasión norteamericana y la invasión francesa.
Luego, en los inicios del siglo XX, nuevo llamado a luchar; nueva sangre derramada. ¿El pueblo vive mejor? ¡Claro que no! Ahora, en los inicios del siglo XXI, los obreros y campesinos, los empleados y grupos indígenas que se niegan a desaparecer, siguen levantando las mismas banderas de lucha: ¡Trato digno, cultura verdadera, salud, trabajo bien remunerado y un trozo de tierra para vivir!
Tal vez por eso, porque en el fondo de su corazón los gobernantes y políticos actuales se sienten avergonzados de tantas mentiras de ellos mismos y de los gobernantes y políticos pasados, prefieren sumergirse en discusiones vanas y trilladas.
Por eso me parece muy bien que ese pueblo al que varias veces me referí más arriba, comprenda que la clase gobernante no tiene ningún interés verdadero en defenderlo, y que, por tanto, su única alternativa es sumarse a la organización de los desamparados, que para mí no es otra que Antorcha Revolucionaria, por la demostrada honradez de sus dirigentes y activistas, por su orientación nacionalista y reivindicadora del derecho de todos los mexicanos pobres a vivir dignamente.
Bueno, entonces, desde algún lugar del Estado de México, en el cumpleaños 186 de este trozo de México, saludo a todos los mexiquenses, y me solidarizo con los olvidados de la justicia y la Independencia.