MOVIMIENTO ANTORCHISTA


El trabajo infantil en México, esclavismo “moderno”


Roberto Hernández Dimas
15 de agosto de 2010

En México, el trabajo infantil y las condiciones en que se desarrolla son un flagelo de la sociedad que, a pesar de los “esfuerzos” de los gobiernos por combatirlo y erradicarlo, no solamente persiste, sino que en los últimos años se ha incrementado, aunque algunos medios informativos y las instancias gubernamentales no hagan mucho hincapié en ello. En Inglaterra y otros países de Europa durante la Revolución Industrial se fomentó la contratación de mujeres y niños que desplazaban a los obreros varones, debido a que por el tamaño de sus manos, podían manipular mejor las máquinas, además de que se les pagaba menos por las largas jornadas de trabajo y no exigían sus derechos.

En México, en la época posrevolucionaria de la lucha armada, este fenómeno se dio en mayor medida en el campo, en donde se sometió a los jóvenes a un enorme esfuerzo físico por un mísero salario, “sueldo” generalmente administrado por el padre. Estas mismas condiciones se repitieron en los nacientes centros industriales como el Distrito Federal y Monterrey, y aunque ciertamente se logró disminuir en gran medida esta situación con la aparición de los sindicatos y la instauración de contratos colectivos de trabajo que condicionaban la contratación laboral de personas adultas, no desapareció en su totalidad.

De acuerdo con el especialista en Antropología Social, Gonzalo Saraví, de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM), actualmente en México se tiene un repunte  en la participación económica de la población infantil de entre 12 y 17 años,  lo que coloca al país entre los de más alto índice en Latinoamérica en ese rubro. En 32 por ciento de los hogares hay al menos un joven de 12 a 24 años que trabaja y recibe ingresos y, en uno de cada ocho hogares, es un joven el que aporta el mayor ingreso.

Esta situación, invariablemente, trae como consecuencia que haya una competencia frontal entre la formación académica y la laboral, pues al tener necesidad de generar ingresos económicos para la manutención personal y familiar, los jóvenes se ven obligados a abandonar la escuela y en la mayor parte de los casos, nunca volverán a retomar el estudio. Detalla el investigador que del total de la población infantil que inicia su vida laboral en condiciones similares, sólo un muy pequeño porcentaje aspira a tener mejores condiciones; el resto continuará su vida laboral en la precariedad, la inestabilidad y pocas oportunidades de ascendencia social. ¡Un panorama nada alentador!

El gobierno federal ha jugado un papel fundamental en la proliferación del trabajo infantil, ya que no genera los empleos suficientes para la población adulta y el grueso de la población económicamente activa tiene que aceptar sueldos de un salario mínimo al día o menos, lo cual es insuficiente para sostener a una familia, por lo que necesariamente tienen que participar los niños y jóvenes en el ingreso familiar. La otra opción es que el jefe de familia emigre a los centros urbanos, Estados Unidos u otros países en busca de mejores ingresos, con los peligros que esa aventura conlleva. Y es que también en el ámbito laboral profesional hay un retroceso en el nivel de ingresos.

Cada vez es más notoria una mayor participación de niños en la rama de la construcción (en todas sus áreas), en tiendas de autoservicio con los llamados “cerillos”, en el comercio formal e informal y en los centros de atención telefónica (call centers), en donde generalmente son contratados de manera “verbal”, sin ningún tipo de prestación social y de igual manera que hace cien años, sometidos a un salario bajo y largas jornadas de explotación laboral. Esta situación es ventajosa solamente para los dueños de los negocios y empresas, que de ésta manera incrementan sus ganancias con muy pocas obligaciones laborales en beneficio del trabajador y por consiguiente con muy pocos riesgos de que los jóvenes trabajadores tomen conciencia, se organicen y exijan lo que por derecho les corresponde.

El gobierno federal pone su granito de arena para incrementar esta situación, con la desaparición de sindicatos, desconocimiento de contratos colectivos y favoreciendo a los grandes capitalistas, a quienes se les deja libremente aplicar figuras de contratación como el “outsourcing” (empresas que ofrecen mano de obra sin relación laboral directa con la empresa contratante del servicio) y contratos temporales, que de igual manera buscan la mayor productividad a costo muy bajo.

Si verdaderamente se quiere combatir el trabajo infantil, así como los problemas que lo originan y los que se derivan de él, el gobierno federal debe crear más empleos bien remunerados que permitan al jefe de familia cubrir las necesidades básicas y educación de los hijos preferiblemente a nivel profesional y, en ese sentido, promover educación de calidad hasta comunidades apartadas de los centros urbano, así como impulsar el desarrollo científico y tecnológico en los planteles escolares que a la larga permitan desarrollar tecnología propia acorde a las necesidades del país.

Es necesario favorecer menos a los grandes consorcios y grandes empresarios, que de por sí ya tienen exorbitantes beneficios, y buscar el provecho de la clase trabajadora que es el grueso de la población. Es posible, aunque no fácil; debemos dar los primeros pasos juntos gobierno (generando empleos) y sociedad (exigiendo verdaderos cambios). De lo contrario, en poco tiempo estaremos en condiciones laborales y sociales idénticas a hace cien años.

 

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