El que Estados Unidos, Inglaterra y Francia estén bombardeando Libia y haya dimitido el gobierno sirio, son hechos que no puede ser considerados ajenos a los intereses de todos los mexicanos, independientemente de su filiación política o su credo religioso, por varias razones que paso a exponer a mis escasos lectores.
En primer lugar, el bombardeo es un acto de fuerza completamente injustificado porque, si bien es cierto que existe un conflicto armado entre habitantes de algunas regiones de Libia y su gobierno, por el cual se pierden vidas humanas; también lo es que el Derecho Internacional, basado en los principios de la autodeterminación de los pueblos, especifica que es atribución inalienable de toda nación decidir sus propias formas de gobierno, perseguir su desarrollo económico, social y cultural y estructurarse libremente, sin injerencias externas. La libre determinación de los pueblos está recogida en documentos internacionales tan importantes como la Carta de las Naciones Unidas, o los Pactos Internacionales de Derechos Humanos. Por tanto, si una parte del pueblo libio está inconforme con su gobierno, está en su legítimo derecho de querer cambiarlo, nada más que igual derecho tiene el resto del pueblo libio a conservarlo, en caso de que considere que son más sus aciertos que sus errores; y el asunto compete exclusivamente a ellos, ningún país, por más que se autodeclare defensor de los derechos humanos y de las libertades democráticas, tiene por qué intervenir.
Las protestas iniciadas en Siria el 18 de marzo, y que hicieron caer a su gobierno, son la continuación de la llamada "primavera árabe", el dominó de revueltas que sigue conmocionando a la región, y que para cualquier observador atento del acontecer mundial deben despertar sospechas por las características que presentan.
Aparecen como rayo en cielo sereno, sin que hubiera antecedentes de grupos que protestaran, que reclamaran justicia, no se conocían sus demandas, es decir, no presentan el desarrollo típico de un movimiento popular que trata de darse a conocer, precisamente con el propósito de ganar adeptos para su causa, de ir acumulando fuerza política para dejar de ser minoría y convertirse en mayoría por la vía del convencimiento, como lo haría toda fuerza política que pretende construir, que se preocupa de minimizar el enfrentamiento fratricida. La enfermedad de la primavera árabe, por el contrario, empieza y crece de manera desmesurada en cuestión de días y, como el caso de Libia, pasa a la lucha armada sin que se pueda comprender la razón de ese salto.
Los países involucrados se suceden uno tras otro también con diferencia de días -hasta da miedo encender la televisión y encontrarse con uno nuevo-, parece como si estuvieran sincronizados, como si los pobres del mundo árabe de repente tuvieran la capacidad de comunicarse entre sí y coordinar sus acciones de reclamo. Los inconformes, los insurgentes como ya denominan a los opositores a Gadafi, reciben de inmediato inusitado apoyo mediático, cuando todos sabemos que las grandes empresas de la comunicación les publican a los que poseen los millones de dólares necesarios para pagar sus poderosos servicios.
Hasta aquí el recuento de las características atípicas de estos movimientos que, vistas en conjunto, lejos de disipar las dudas las multiplican, pues no es creíble que los pobres de estas naciones hayan descubierto el ‘ábrete sésamo’ de la cueva de Alí Babá, y cuenten ahora con los medios necesarios para pagar los servicios de las cadenas mundiales de radio y televisión, que a toda hora nos mantienen informados de lo que pasa en todos y cada uno de estos países.
No es mi intención, de ningún modo, negar que existan en esos países auténticos movimientos populares que pugnen por resolver sus carencias, sólo llamo la atención sobre lo que nos deja ver la muy filtrada información que llega hasta nosotros; la verdad sobre lo que esté realmente pasando en esos países la conoce el Pentágono y no simples mortales como la que esto escribe.
Desde mi opinión resulta más creíble que se esté cumpliendo lo que Lenin vaticinó en su libro escrito en 1916, “El imperialismo, fase superior del capitalismo”, que el capitalismo en su fase decadente, catapultado por su necesidad de asegurarse las materias primas esenciales como el petróleo, y de ampliar sus mercados, haya desatado una despiadada embestida contra los países árabes que, por cuestiones religiosas y culturales son reacios a las modas y costumbres de la cultura occidental, y que para tal fin haga creado el mito de las enormes revueltas populares contra gobiernos dictatoriales.
¿Alguien duda de que el imperialismo sea capaz de crear mitos descomunales, y de hacérnoslos tragar como si fueran manjares deliciosos? Ahí está el homicidio del presidente norteamericano John F. Kennedy, hace 50 años, muerto por Lee Harvey Oswald el asesino solitario, cuando la más rudimentaria prueba balística indicó que los disparos provinieron de tres puntos diferentes. Más recientemente tenemos los insistentes rumores de que los estadounidenses nunca llegaron a la luna, que todo fue un montaje cinematográfico tendiente a minimizar la hazaña soviética de haber puesto a Yuri Gagarin en órbita alrededor del planeta. Dado que, si ya llegaron a la luna ¿por qué no la han convertido en lugar turístico para que se solacen los multimillonarios víctimas del ‘spleen de los altos lores’, como dijo el poeta? ¿O es que el mundo les iba a creer que siguen buscando a Bin Laden; que Libia tiene armas atómicas para atacar a la humanidad?
Más bien parece que, fieles a la imagen que se han querido formar de paladines de las libertades democráticas, se quieran presentar ante el mundo como el Llanero solitario, que vienen a salvar a los pobrecitos árabes de las garras de feroces dictadores que los han tenido en la antidemocracia durante décadas.
Nadie en su sano juicio debe olvidar que los tres países que en los últimos años han sido agredidos militarmente por Estados Unidos, y sus socios de bandidaje Inglaterra y Francia, son países con ricos yacimientos de petróleo y gas como México, nadie debe pensar que lo que ocurre en Afganistán, Irak y Libia no le afecta a los mexicanos. O, usted amable lector, ¿cómo ve el panorama?