El crecimiento acelerado del abismo económico entre los dueños de los medios de producción y quienes sólo tiene en su poder su fuerza de trabajo, ha dejado claro que el actual sistema económico en el que vivimos es de lo más inequitativo para ambas partes; mientras los primeros tienen más de lo necesario para vivir con holgura y sin mayor esfuerzo; los segundos, a pesar del desgaste de sus músculos en los grandes consorcios empresariales, no tienen lo suficiente para satisfacer sus necesidades más elementales. Esto, debido a la injusta repartición de la ganancia adquirida por el trabajo invertido por horas, por parte de los obreros, a cambio de un salario que no tiene comparación con la ganancia que genera la producción y venta de las mercancías para los empresarios.
Lo anterior explica porque al obrero únicamente se le paga el “tiempo de trabajo” que labora a cambio de un “salario”, que ante la ley es lo justo, pues es considerado como necesario para reactivar las fuerzas perdidas en la jornada; pero no se le es pagada su “productividad” o sea la cantidad de riqueza que genera en su jornada laboral, pues sólo se le paga su capacidad de producción, reflejada en el excedente llamado “plusvalía” que se genera en la creación y comercio de las mercancías, de lo cual, el obrero no obtiene ni un ápice a su beneficio, pues ya le fue liquidado su jornal establecido en un “contrato” que determina la relación patrón-trabajador; éste primero compra el tiempo de trabajo a través de un salario. Este fenómeno permite al patrón disfrutar de una gran producción de mercancías que le generaran pingües ganancias en el mercado, mientras que al trabajador sólo le deja lo establecido en la ley para sobrevivir y seguir laborando. Es precisamente en este punto que se visualiza la injusta repartición de la riqueza entre patrón y obrero. Pero esto sólo es un lado de lo injusto (por lo menos para la mayoría de la sociedad compuesta por los que viven del trabajo de sus manos) del actual sistema económico. Para sostener esta faramalla en la que gracias al patrón los obreros tienen trabajo por su inversión en la industria, para los capitalistas es necesario tener toda una estructura política, ideológica y distractora que impida al proletariado pretender transformar dicha situación.
Dicha estructura es obligatoria para poder ser la clase dominante, y así poder mantener un sistema conveniente para sus intereses, para ello, le es indispensable controlar al estado que se encarga de la educación, justicia (incluyendo la fuerza armada) y apoyos sociales; con lo cual asegura la mano de obra barata, tener a la ley de su lado y liberar presión con asistencia social; además de permitirle actuar sin ninguna dificulta (más bien con apoyo), en los otros dos aspectos que contribuyen al embrutecimiento del pueblo, evitando su razonamiento en problemas y posibles soluciones. En la cuestión ideológica de la cual se encargan en su mayoría los más intelectuales (o al menos eso es lo que nos hacen creer) de este país, en libros, medios de comunicación y escuelas, se nos inculca en todo su potencial el individualismo enconado, en la idea de que todo mundo debe de salir adelante con sus propios esfuerzos y a rascarse con sus propias uñas, sin pensar que es parte de una sociedad. Por último, en el rubro distractor, el sistema se ha encargado en despertar las peores actitudes, comportamientos y acciones del ser humano, pues con el alcohol, tabaco, pornografía, televisión, internet, moda, música comercial, entre otras cosas, ha dejado a miles de cuerpos sin sentido, salud y moral.
Lo anterior expuesto es lo que nos deja ver claramente el porqué de la pobreza económica, política y cultural del pueblo. La situación precaria en la que viven millones de almas es a lo que comúnmente se denomina pobreza, que ha sumido a la mayoría del pueblo mexicano en una penuria económica que atrae como miel a las moscas, la falta de vivienda, salud, vestido, alimento, educación, cultura, etc. Es exactamente toda esta suma que nos lleva a conocer la pobreza de fondo, que pareciera una tragedia escrita por el mejor de los dramaturgos griegos, en que el augurio ha llevado y llevará a su destino fatal sin cambios a los más humildes de este país a pensar que esta situación es por los siglos de los siglos, hasta la eternidad.
Pero, para fortuna de unos y desgracia de otros, esto no es así, la historia nos ha ensañado que todo cambia, y la lógica elemental nos dice que algo está mal en el país que es necesario solucionar. Y no hay otro camino más que el de la lucha organizada del pueblo, para sacudirse el yugo por el que ha sido sometido por años, que en consecuencia con lo ya expuesto, es la lucha por encumbrar al pueblo trabajador en el poder político y mejorar el actual sistema económico por uno más equitativo, planeado para que haya una mejor distribución de la riqueza.