Dirigente de Antorcha
en el Distrito Federal
Artículo Publicado en la Revista Buzos de la Ciudad de
México
Segunda Quincena de Noviembre
La derrota en Vietnam persigue, como si fuera su propia sombra,
al ejército estadounidense. Hace menos de un año
que el mundo se estremeció con el estallido de la guerra
contra Irak; no más de siete meses, cuando Bush proclamó
la victoria en Irak, descendiendo de un helicóptero,
disfrazado de piloto de la Fuerza Aérea, para erigirla
como emblema de nuevas conquistas. Sin embargo, la brevedad
de la conquista de los territorios árabes y el “valor”
del ejército norteamericano durante la guerra por aire,
se han tornado en siglos de terror durante la conquista por
tierra.
Siglos y psicosis persiguen a los militares norteamericanos,
como si estuvieran hostigados por un enjambre de tábanos
en un túnel, sin esperanza de luz. Un espectro se cierne
sobre Washington: un Vietnam del desierto. No hay día
sin muertos, los militares yankis sufren un promedio de 35 ataques
diarios; en las últimas semanas, han muerto 70. Diversos
informes indican que, entre sus filas, aumentan la desmoralización,
las deserciones y los suicidios. Están muy lejos los
sueños de los halcones de que serían recibidos
como libertadores.
A la penetración, rápida y fácil, del
ejército invasor le sucede una estancia terrible y una
resistencia infernal que no cesa en extenderse; y aunque la
componen fuerzas diferentes, todas éstas tienen el objetivo
común de expulsar a Estados Unidos. Convergen en esta
tarea, en primer lugar, los partidarios de Saddam Hussein; los
Kurdos, otrora enemigos de Saddam, que aspiran a construir un
estado independiente; los combatientes extranjeros de filiación
musulmana, como los militantes de Al Qaeda, que han acudido
al llamado de la Guerra Santa; el Comando General de las Fuerzas
Armadas (ex militares) y la Resistencia Popular para la Liberación
de Irak (ex guardias republicanos), formados por el régimen
de Saddam. La oposición a Saddam, también, se
ha organizado contra los ocupantes: los atentados contra la
embajada jordana, el 7 de agosto (19 muertos), el de la sede
de la ONU en Bagdad (23 muertos) y el de la Cruz Roja del 27
de octubre (12 muertos), han sido reivindicados por ellos. Los
sunitas han constituido grupos como las brigadas de Al Faruq,
a las que se les atribuye atentados como el de la mezquita de
Najf, el 29 de agosto, que mató al imán shiíta
Mohamed Baqer Al Hakim y a 106 fieles.
La ideología y las circunstancias no les permiten tener
una dirección común a todas estas fuerzas, pero
las une el odio contra el ejército invasor. Sus métodos
son muchos y la creatividad no termina: sabotaje a los oleoductos,
emboscadas al patrullaje con lanzagranadas, uso de misiles tierra-aire
contra helicópteros, asesinato de colaboradores, bombas
de control remoto en las carreteras, francotiradores y ataques
suicidas contra civiles (ONU, Cruz Roja, embajadas) y militares
extranjeros.
De aquella derrota en VietNam, Estados Unidos no recordaba
nada. Había olvidado las decenas de miles de campesinos,
obreros y estudiantes hechos jirones, quemados, torturados y
lisiados por las tropas invasoras norteamericanas. Había
olvidado también, a los millares de soldados norteamericanos
muertos; no ve, aunque los tenga frente a sus ojos, los miles
de excombatientes lisiados, deprimidos, tocados, esquizofrénicos,
maniáticos, suicidas, etc., etc. Saldo ingrato de aquella
guerra.
Hoy, la deuda se agiganta. ¿Quién la cobrará?
No sé cuando; pero, indudablemente, serán sus
deudos; los obreros que componen las fuerzas de infantería
de esa maquinaria infernal, que en esa empresa codiciosa y ciega,
no tienen nada que ganar.