En los fenómenos naturales se puede observar cómo la necesidad de sobrevivir obliga a los animales a dar una pelea dura, sin cuartel, por proteger su territorio y por adquirir los alimentos para su grupo.
En la sociedad también se puede apreciar más o menos lo mismo (y es lo que Herber Spencer denominó “El Darwinismo Social”) que provocan las crisis comerciales. Si reflexionamos un poco, en el capitalismo nunca se aplica la planificación de la producción para cubrir las necesidades de cada país o del mundo, cada quien produce lo que quiere, cuando quiere, sin avisarle a nadie; no importa que lo que se produzca ya exista en cantidad suficiente en el mercado, lo que importa es que el empresario produzca lo que le venga en gana, hacer negocio para incrementar su riqueza.
Todo lo contrario sucede al interior de las fábricas, ahí los empresarios socializan y planifican matemáticamente su producción; de no hacerlo, perderían la pelea contra sus competidores. El obrero no puede hacer lo que se le venga en gana, está sometido al máximo rigor, al orden y a la disciplina. Por el contrario, en el mercado no hay planificación, no hay trabas, nadie le pone un “hasta aquí” a las intenciones de los artistas de la plusvalía; así es como hoy vemos un mundo inundado de coches de distintas marcas pero que no se venden porque la gente no tiene dinero para comprarlos; y lo mismo pasa con la inmensa mayoría de las mercancías.
Ahora bien, la crisis actual comenzó en el sector inmobiliario y financiero, pues había una gran facilidad para que los americanos (un millón trescientos mil de ellos) adquirieran casa sin que hubiera seguridad de que se fuera a pagar en el futuro; pero, como de lo que se trataba era de vender por vender, de ganar por ganar, se metieron en serios problemas cuando la gente, por el aumento de los precios de los alimentos y de las gasolinas, no pudo pagar sus créditos. ¿Qué pasó después? Los mercados financieros entraron en pánico, la gente ya no ahorraba, los bancos no pudieron devolver el dinero que les habían depositados sus cuentahabientes y vino la paralización.
¿Cómo afecta esto a nuestro país? Hay que recordar que la economía mexicana depende en un 70% de la economía norteamericana y, por la crisis, la gente no quiere meter sus dólares al banco, prefiere conservarlos; por ello, hay escasez de dólares, lo cual hace que ésta aumente su valor y nuestra moneda valga menos. Esto quiere decir que vamos a requerir más pesos para comprar los mismos productos que comprábamos a los Estados Unidos. Finalmente, quien paga los platos rotos es el consumidor y el pueblo trabajador. Como muchos productos se compran en dólares, las empresas grandes, como siempre, están al acecho para aprovechar la oportunidad de crecer y buscan la manera de desbancar a su competidor; los pobres, sufriendo la incertidumbre de siempre, con una miseria cada vez más profunda.
Se observa que hay empresas gigantes que, para sacar de sus aparadores las mercancías que tienen en exceso, las venden a mitad de precio a sabiendas de que van a resistir y tronar a sus competidores que por ser empresas más pequeñas, simplemente no resisten porque tienen poco capital. De esta manera puede explicarse el problema de la consabida tienda sonorense que tiene prácticamente sin trabajo a 3 mil familias y que se ha declarado en “paro técnico”; que más que paro técnico parece una maniobra para liquidar a sus trabajadores con lo menos posible.
Rápidamente aparecen voces a coro solicitando la ayuda federal para que las “familias” sonorenses no se queden sin su fuente de empleo; sin embargo, no se trata de las familias más pobres sino de los empresarios que, al igual que los banqueros “rescatados” en el 94, serán los verdaderamente beneficiados de la crisis. Mientras el régimen capitalista de producción predomine sin orden, sin disciplina, dándole rienda suelta a la anarquía en la producción bajo el influjo del afán de lucro, las crisis económicas seguirán haciendo acto de presencia, pues son parte inherente del sistema y nadie las podrá detener hasta que no se cambie la forma de distribuir la riqueza. En todo caso, a esto último es a lo que debemos aspirar para no seguir padeciendo estos males.
* Colaboraciones anteriores