Es característico de los gobiernos de derecha el alardear, el jactarse, fanfarronear de que ahora sí, una vez que ellos han llegado al poder, las cosas se van a hacer de manera recta, todo dentro del marco de derecho, especializándose en “ordenamientos”, pero el tiempo, más listo que todos ellos, sólo indica un apuntalamiento más a su clase social.
En Hermosillo, por ejemplo, se confirma lo anterior al acercarle la lupa al problema social de las invasiones, al problema de los predios irregulares. En un medio de comunicación el síndico municipal, Luis Enrique Terrazas Romero, declaró que se busca regularizar 32 invasiones que existen, actualmente, en la ciudad, diez para este 2010; y se describía en la misma nota, que del total de colonias de la capital, no dice cuantas, pero de estas, 158 eran colonias surgidas de invasiones; que 4,748 familias son las que viven en estos asentamientos irregulares y que ya no hay invasiones.
Ciertamente, señala ahí el funcionario, que este problema tiene dos vertientes que son el mercado que no cubre la necesidad de viviendas de un segmento de bajo ingreso por lo que este tiene que conseguir vivienda a cualquier costo y por cualquier medio. Terminaba señalando que la otra vertiente era de tipo político, que eran lugares que administraban el problema para luego apoyar a partidos políticos, que eran predios donde se enriquecen a líderes que se aprovechan de la necesidad de vivienda de los pobres. Más o menos así se trataba el asunto.
Bien. Yo sólo quiero decir que llama mucho la atención el gran número de colonias que han surgido por invasiones, que son muchas las familias que solicitan un lote y se les niega por lo que éstas no tienen de plano una opción más que invadir, no tienen trabajo seguro, viven hacinadas y por eso eligen esa vía. También es verídico que a muchas familias se les roba su poco dinero que ganan, que se vuelven zonas clientelares para los votos, cierto, pero en esto último todo mundo hace lo mismo, nadie se escapa.
Que no hay nuevos predios irregulares es cierto, pero a nuestro funcionario se le olvida decir, más bien no quiere decirlo, que su política, como ellos le llaman, de “ordenamiento” y “regularización” es con la finalidad de encajonar a los pobres a que compren casa, a que acepten una pichonera de cinco por diez metros, como aconsejaba un furibundo funcionario a un exigente solicitante de vivienda. Si se le pide terreno para vivienda al ayuntamiento o al estado, siempre contestan que no hay, que no tienen terrenos para colonias populares, es más, hasta el concepto de colonias populares ya no se admite en la ley de desarrollo urbano, ahora todas las colonias se llaman “fraccionamientos” porque lo otro suena mal, y, como reconoce el funcionario citado, a la gente pobre que no tiene ni para comer con un escaso ingreso, pues menos tendrá para pagar un pie de casa que se le pinta a los marginados como la quinta maravilla; a estas familias abandonadas, olvidadas por el sistema no les deja más que irse a meter a un predio particular o del gobierno.
Suena bien decir “acabaremos con las invasiones”, “no más atentados a la sacrosanta propiedad privada”, muy bien, nada más que digan, también, qué alternativa se ofrecerá a todas aquellas familias que el gobierno no puede dar trabajo, que vive en la pobreza y que no puede comprar su casa. Porque eso de querer llevar a cabo un plan de regulación, repito, aunque juren y perjuren que es por el bien de la sociedad, que lo hacen pensando en la gente, hasta ahorita no beneficia a los más marginados, no ayuda a los que menos tienen, simplemente refleja que en este problema tan lacerante como es el problema de la falta de vivienda, hay un olvido claramente premeditado de los funcionarios para con los pobres, para favorecer a un sector poderoso de la burguesía, a las grandes compañías inmobiliarias que ven en las invasiones un competidor, que sienten que se les van las ganancias de las manos y exigen la totalidad del pastel a sus representantes en el poder político y por ello vienen los famosos y tan cacaraqueados “ordenamientos”. Esa, y no otra, es la verdadera realidad de las invasiones
* Colaboraciones anteriores