Desengaño
En su carta de renuncia al PRD la ex legisladora Ruth Zavaleta, quien llegó a presidir la Cámara de Diputados en la legislatura pasada, apunta varias de las razones que la llevaron a alejarse de ese partido. Lo hace en un tono crítico que linda en el desencanto y el desengaño, aunque no prescinde del análisis político.
Entre otras cosas critica la prevalencia de intereses sectarios, la ambivalencia ideológica, la bipolaridad, la falta de unidad interna y de estructura partidista en la mayor parte del país, y la negación de sus dirigentes al diálogo con otros interlocutores políticos.
El análisis de Zavaleta es genérico y aunque no entra en detalles, esboza claramente en qué consisten los males de su ex partido, como en el caso del rasgo tipológico “bipolaridad” con el que está describiendo básicamente los berrinches típicos del lopezobradorismo, los cuales han contribuido grandemente al hundimiento ulterior del PRD.
Es el mismo caso de cuando habla de “radicalidad interna”, concepto con el que quiere caracterizar más las posiciones irreductibles de sus corrientes tribales en la disputa de posiciones electorales o de partido, que en el debate por la elaboración de estrategias de lucha clasista en defensa de la población mexicana.
En la crítica de Ruth Zavaleta están apuntados muchos de los errores y deficiencias de su ex partido, pero en ella faltan los dos más graves y definitivos para esbozar mejor su “ambigüedad” histórica: la falta de una definición ideológica de izquierda y su electorerismo.
Desde su nacimiento como PRD, en 1990, este partido jamás se ha atrevido a definirse como organización socialista siquiera en los términos de un partido socialdemócrata, aunque forma parte de una institución internacional de esa orientación.
¿Por qué tiene miedo a caracterizarse de esta manera, pese a que sus dirigentes se autodenominan de izquierda y su doxa y praxis políticas así se definen?
Porque sus estrategas piensan que al autodenominarse socialista, aun dentro de la especie política socialdemócrata, perderían militantes, simpatizantes y electores.
Es decir, no quieren llamarse socialistas porque temen perder la vocación electorera que traen de origen tras la exitosa experiencia del Frente Democrático Nacional (1988).
Una vocación innata que los ha alejado de las tareas urgentes que una izquierda genuina -es decir socialista marxista, no capitalista— le exigiría a un auténtico partido de izquierda: la organización política, social y económica de los trabajadores para resistir el fuerte embate del neoliberalismo global.
El origen socialdemócrata y electorero del PRD se debe a que más del 80% de sus cuadros proceden del PRI y a que el ala tecnocrática neoliberal priista lo ha usado como fórmula electoral para dividir y debilitar a su ala socialdemócrata a fin de propiciar los triunfos del PAN en 2000 y 2006, en el marco de la coalición de gobierno que estos partidos mantienen desde 1988.
El PRD ha sido uno de los principales instrumentos de manipulación electoral del grupo oligárquico del PRIAN –ahora en proceso de divorcio temporal—para disimular la supuesta existencia de un sistema democrático “moderno” en México.
Las sospechas de “ambigüedad” que Ruth Zavaleta sugiere en su directiva y en las enjundiosas “tribus” del PRD, hallarían mayor definición en el análisis objetivo de la ulterior ruta política de López Obrador:
Desde que el Peje llegó al GDF, prensa, partidos y gobierno federal (Fox) se abocaron a promover su candidatura presidencial y a dotarlo de una imagen de político “carismático” y hasta “inteligente”, a fin de distraerle votos a la corriente socialdemócrata priísta que encabezaba Roberto Madrazo.
Una vez logrado este objetivo, es decir, haciendo ganar al PAN en 2006 -obviamente también con el apoyo de Elba Esther Gordillo y 17 gobernadores salinistas- los estrategas del PRIAN soltaron el porro tabasqueño a Calderón a fin de mantenerlo en permanente estado de interdicción e inestabilidad.
El último favor que López Obrador hizo al PRIAN fue dividir al PRD, destruir la alianza de “izquierda” que lo había apoyado en 2006 (lo mismo que Cárdenas hizo en 1988) y pasarse al PT, un partido socialdemócrata fundado por amigos de los hermanos Salinas.
Estas “radicalidades internas” en el PRD vertieron en su estruendosa derrota en las pasadas elecciones parlamentarias, hecho que benefició al PRI tecnocrático y lo colocó en la posibilidad de recuperar su histórico discurso socialdemócrata y la Presidencia de la República.
(barbicano@yahoo.com) |