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.:: CONFERENCIAS OBRERAS ::.

PRIMER TOMO / CONFERENCIA 3
Valor del Trabajo y Plusvalia

PRIMERA PARTE

Junio de 1985

Compañeros:

Desde el principio les había yo planteado que íbamos a tratar de ir recordando los materiales que se fueran mirando aquí, con el propósito de que fuera quedando realmente una cierta experiencia, algunos conocimientos bien fijos como resultado de las pláticas que vamos desarrollando. Sin embargo, me informan los compañeros que recién están entregándoles ya por escrito, la primera plática y, por eso, yo pienso que lo mejor es dar un poco de tiempo para que ustedes lean y recuerden lo que vimos en las dos pláticas anteriores antes de proceder al repaso.

Por lo tanto, vamos a pasar a la plática, y sólo me resta recomendarles que lean el material, que lo estudien para que la próxima vez sí podamos dar un repaso.

La plática pasada habíamos visto dos conceptos fundamentales que a mi me interesaba que quedaran mejor explicados, mejor estudiados que como seguramente los han estudiado hasta la fecha. Esos conceptos fueron, en primer lugar, lo que son las clases sociales y el concepto de lucha de clases y, en segundo, el problema del valor de las mercancías.

Habíamos terminado nuestra plática señalando que las mercancías que consumimos (cualquier tipo de mercancías, ya sean para el consumo inmediato, ya sean para utilizarlas en el trabajo) tienen un valor, o sea, que valen precisamente porque tienen trabajo humano incorporado. Señalábamos que las cosas que no tienen trabajo, aún cuando sean muy útiles, no valen, o valen muy poco, en la medida en que tienen también muy poco trabajo. Decíamos, por ejemplo, que el aire es muy útil, pero como a nadie se le ha ocurrido enfrascarlo, pues no vale nada, no se paga por él; el agua, cuando se toma directamente de los arroyos o de los manantiales tampoco vale, a pesar de que la gente no puede vivir sin agua. En cambio, señalábamos que cuando se entuba el agua, entonces sí hay que pagar por ella, porque entubar el agua ya representa una determinada cantidad de trabajo del hombre.

Insistía, para terminar, en que era de primera importancia que nosotros memorizáramos perfectamente bien esta idea, porque es en este planteamiento en donde radica la explicación de por qué es absolutamente cierta y científica la tesis de que las sociedades humanas viven gracias al trabajo del obrero, de por qué es cierto que no es el patrón el que enriquece al obrero como a veces se plantea, o más bien como siempre plantean los patrones, sino que es el obrero el que enriquece al patrón. En esta idea está la prueba de que la sociedad capitalista está fundamentada en la explotación del trabajo obrero. Muchas veces, decía yo en la plática pasada, esta verdad se intenta negar. Se dice que no es cierto que los patrones exploten a los obreros, que en realidad lo que pasa es que hay, como si dijésemos, una ayuda recíproca, una ayuda mutua: el patrón le da trabajo al obrero para que pueda mantenerse a sí mismo y a su familia, y el obrero, en cambio, le da su trabajo al patrón. No hay aquí explotación, se insiste, no hay ventaja por parte del patrón, sino que hay una ayuda recíproca, se benefician ambas partes. La fábrica no es sólo del patrón, le dicen a los obreros, sino que en realidad es de los obreros y del patrón, "es nuestro centro de trabajo", dicen, "así es que tu tienes que estar tan interesado como yo ‑dice el patrón‑ en que salga la producción, porque los dos estamos beneficiándonos de la fábrica".

Así se les plantea el problema normalmente a los trabajadores, pero, insisto en que la verdad no es esa, sino que el patrón realmente no aporta nada, sino que la riqueza es producida por el obrero en forma absoluta y el patrón no hace más que apropiarse de esa riqueza que el obrero produce. Pero ¿cómo se demuestra esto?

Precisamente se demuestra, primero, entendiendo que toda mercancía vale porque tiene trabajo humano. Ya lo dije y quiero volver a repetirlo: todo aquello que no tiene trabajo incorporado, aunque sea muy útil, no vale, no tiene valor; es el trabajo del hombre el que le da valor a las mercancías. Esto lo decíamos ya en la plática pasada. Pero, en segundo lugar, las mercancías, una vez que han sido producidas dentro de la fábrica, tienen que comenzar a circular, tienen que entrar a lo que se llama el proceso de circulación, o sea, al mercado, porque si se quedaran dentro de la fábrica, pues el patrón no se las podría comer todas o utilizar según su naturaleza, y, además, no podría obtener la ganancia, que es lo que en realidad le interesa y lo mueve a producir o hacer producir a los obreros. Si las mercancías se quedaran almacenadas dentro de la fábrica, entonces el patrón no podría cobrar la ganancia que a él le interesa.

Para que la ganancia pueda aparecer, las mercancías tienen que entrar al mercado, tienen que venderse, tienen que entrar al proceso de circulación.

Ahora bien, la circulación de las mercancías es, en esencia, un intercambio, es decir, se cambian unas mercancías por otras; incluso en la antigüedad no había dinero sino que si yo necesitaba, por decir algo, un par de zapatos, iba al mercado, digamos, con un cerdo, al encontrar al que vendía zapatos yo le decía: "te cambio mi cerdo por tus zapatos", o sea, el comercio se hacía mediante un cambio directo, se cambiaban directamente unas mercancías por otras.

En la actualidad la circulación de las mercancías sigue siendo lo mismo, un trueque, nada más que para que ese cambio no sea tan lento, ni tan dificultoso (imagínense ustedes lo difícil que sería que teniendo nosotros un puerco, encontráramos a alguien que tuviera unos zapatos y, además, que le interesara un cerdo, para que nos cambiara nuestro cerdo por sus zapatos. Eso es muy difícil. Antes era posible porque las sociedades eran pequeñas, todos se conocían y todos sabían de sus necesidades, pero en la actualidad eso sería muy complicado) el trueque se ha disfrazado, se ha enmascarado detrás de una mercancía universal, es decir, que sirve para todo tipo de cambios y que es precisamente el dinero. El dinero es una especie de alcahuete, de intermediario, entre el que vende y el que compra, o entre los compradores y los vendedores. Hay, pues, un paso intermedio en el intercambio: yo tengo un puerquito pero en vez de cambiarlo directamente por zapatos lo que hago es cambiarlo por dinero, y una vez que ya tengo el dinero voy con el que vende zapatos y los compro. Realmente ¿qué he hecho en el fondo? he cambiado mi puerco por zapatos, porque era lo que yo necesitaba, sólo que lo he hecho a través del dinero que es el intermediario, el medio de circulación. El dinero es el recurso, es el medio, a través del cual se facilita enormemente el intercambio de las mercancías, y por ello interviene en todo tipo de intercambio.

Ahora bien, por la intervención del dinero muchas veces el obrero no entiende que cuando compra lo único que está haciendo es intercambiar su trabajo por el trabajo de otro obrero. No lo entiende así porque el dinero estorba, porque el dinero está allí como un intermediario que no permite ver el fondo de la operación. Bien. Pero una vez entendido esto podríamos decir que la circulación de las mercancías no es otra cosa más que un intercambio de cierto tipo de trabajo por otro tipo de trabajo. La pregunta que surge de inmediato es: ¿en qué proporción se cambia un trabajo por otro? Si yo tengo un puerco ¿qué cantidad de zapatos realmente debo yo obtener por ese puerco? La respuesta es que en el comercio de las mercancías, se intercambian siempre cantidades de trabajo iguales.

Para que yo obtenga un par de zapatos a cambio de mi puerquito, necesitan tener tanto los zapatos como el puerco la misma cantidad de trabajo, o sea, que no se puede, como a veces pensamos, cambiar cosas que valgan más, es decir, que tengan más trabajo, por cosas que tengan menos trabajo, eso no se puede. Se podrá hacer eventualmente, por ejemplo, puedo engañar a alguien vendiéndole una medalla como de oro cuando en realidad es de latón, pero eso solamente ocurre por excepción y solamente cuando la gente, pues, es muy boba y se deja engañar, pero en la práctica cotidiana eso no ocurre; en realidad se intercambian mercancías que valen lo mismo, es decir, trabajos iguales.

Para que nosotros podamos ilustrar cómo se realiza el proceso de explotación, hay que saber, además, cómo se mide el trabajo, es decir, cómo sabemos qué cantidad de trabajo hay en una mercancía.

El trabajo se mide por el tiempo que dura, es decir, una mercancía tiene tanto trabajo como el número de horas que ha durado su producción.

Más adelante, cuando estemos un poco más familiarizados con esto, vamos a ver que no se trata del trabajo individual, no es el trabajo que yo personalmente puse en esa mercancía, sino que se trata de un trabajo que es la media social. En términos económicos se dice que el valor de una mercancía depende del trabajo socialmente necesario para su producción. Esto quiere decir que puede ser que un trabajador novato y poco hábil se tarde mucho para fabricar unos zapatos y, en cambio, que un trabajador hábil y experto haga esos mismos zapatos en menos tiempo. El tiempo que se toma en cuenta no es del obrero novato, sino el del obrero experto de modo que los zapatos valen lo mismo aunque un obrero se haya tardado más en fabricarlos, es decir, que el valor de los zapatos no se lo da el obrero que se tarda mucho, sino el obrero hábil que se tarda menos.

El que va a vender una mercancía razonaría así: ¿cuántas horas de trabajo he invertido en la producción de mi mercancía? Vamos a suponer que ha invertido ochenta horas de trabajo. Si el zapatero, por poner un ejemplo, invirtió en la fabricación de un par de zapatos veinte horas de trabajo, entonces, quiere decir que la primera mercancía vale cuatro veces más, o sea, cuatro pares de zapatos, para que se cumpla la ley de intercambiar cantidades de trabajo iguales.

Volviendo a nuestro ejemplo, si mi puerquito vale ochenta horas de trabajo y los zapatos sólo valen 20 horas de trabajo, yo tengo derecho a recibir cuatro pares de zapatos a cambio de mi puerco. Así se calcula la proporción en que se intercambian unas mercancías por otras de acuerdo con su valor.

Quiero insistir, compañeros obreros, en que el ejemplo este de los zapatos y el puerquito, casi no se da ya en nuestra realidad. Como ustedes saben, actualmente, los pequeños productores, los productores individuales casi han desaparecido y lo que vemos todos los días son supermercados y tiendas de diversos tamaños, abarrotados con mercancía producida en las grandes fábricas.

Nos hemos valido del zapatero y el criador de puerquitos sólo con un propósito ejemplificador, para hacer más fácil, más entendible el planteamiento, pero no porque así exactamente ocurran las cosas en la realidad. ¿De acuerdo? Por tanto, pues, pasemos ahora a ver cómo suceden las cosas en la fábrica y en el mercado. Supongamos que se trata de un fabricante de telas. Antes de comenzar a producir, este señor tiene que tener, desde luego, la fábrica, es decir, un edificio (que muchas veces no es de su propiedad sino que el fabricante paga una renta por el edificio y el terreno que ocupa) dentro del cual se encuentra la maquinaria, en este caso, los telares y otras herramientas indispensables y, además, las oficinas. Debe contar, también, con la materia prima y las materias auxiliares: el hilo para fabricar las telas y la pintura para el estampado y, por último, debe contar con la fuerza de trabajo, es decir, con los obreros que son los que van a mover los telares y a fabricar las telas.

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