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.:: CONFERENCIAS OBRERAS ::.

PRIMER TOMO / CONFERENCIA 3
Valor del Trabajo y Plusvalia

SEGUNDA PARTE

Julio de 1985

Para entender mejor la cuestión pongamos un ejemplo con números sencillos. Supongamos, compañeros, que el fabricante hace una inversión inicial diaria de $40,000.00 (cuarenta mil pesos cero centavos) que se distribuye así:

Veinte mil pesos en materia prima, es decir, en hilo para la fabricación de la tela.
Cinco mil pesos en la tintura para el estampado.

Cinco mil pesos en renta del edificio, desgaste de maquinaria, luz, agua, teléfono, personal de oficinas, etc.
En total treinta mil pesos.

Además: diez mil pesos en fuerza de trabajo, es decir, en salarios de los obreros textiles que van a mover las máquinas, con lo cual se completan los cuarenta mil pesos de la inversión inicial.

Supongamos que al finalizar la jornada diaria de trabajo se han producido cien metros de tela que quedan listos ya para venderse.

El problema que se le presenta ahora al dueño de la fábrica es calcular a cómo debe vender el metro de tela para obtener una "ganancia razonable", como dicen todos los industriales.

El industrial piensa que primero debe garantizar, como mínimo, sus costos de producción, o sea, que cuando menos, en el peor de los casos, debe recuperar su inversión inicial que en este caso es de cuarenta mil pesos. Para ello, divide los cuarenta mil pesos entre los cien metros de tela producidos y obtiene que como mínimo, el precio debe ser: $40,000/100m = $400  o sea, de cuatrocientos pesos por metro.

Pero si el industrial vendiera a cuatrocientos pesos el metro de tela, no ganaría absolutamente nada y, por lo mismo, ya no tendría ningún interés en seguir produciendo. No puede, pues, vender ni a cuatrocientos pesos, ni a menos su metro de tela. Por fuerza tiene que venderlo a más para sacar una ganancia.

Supongamos, pues, compañeros que el fabricante de telas de nuestro ejemplo, investigando aquí y allá, preguntándole a otros productores, etc., decide que una "ganancia razonable" sería un 25% sobre el costo de producción, o sea, cien pesos en cada metro de tela, es decir, que lo va a vender a quinientos pesos. En total obtendrá por los cien metros (500 x 100 = 50,000), cincuenta mil pesos. Ahora bien, como él invirtió cuarenta mil y al vender obtiene cincuenta mil, está claro que se está ganando en la operación diez mil pesos.

En resumen, el fabricante vende por cincuenta mil pesos lo que a él sólo le costó cuarenta mil.

¿De dónde salieron los diez mil pesos de ganancia que se embolsó en la operación el fabricante?

El propio industrial y sus amigos los economistas burgueses, como ya lo dijimos en una plática anterior, sostienen que esos diez mil pesos salen del propio capital, que son el "premio legítimo" que se lleva el inversionista por arriesgar su dinero en la fabricación de la tela, etc.

Pero nosotros ahora ya sabemos con toda claridad y precisión, compañeros, que el dinero por sí solo no crea valor, que por mucho que caliente su dinero el rico bajo el colchón, en sus cajas fuertes, en su cartera personal o en las arcas de los bancos, como calientan las gallinas los huevos para que se conviertan en pollos, este dinero jamás se multiplicará, jamás aumentará de valor, pues un peso, por mucho que se le caliente, no puede nunca convertirse en dos, no puede nunca un peso parir otro peso. Por tanto, pues, es falso que los diez mil pesos hayan salido del capital inicial. Y sabemos también, compañeros, con toda precisión, que sólo el trabajo humano es fuente de valor; que solo el trabajo humano vivo, el que sale de la sangre, de los músculos, del cerebro, de los nervios del obrero al mover las máquinas, sólo ese trabajo puede crear nuevos valores agrandando los ya existentes. Si esto es así, como realmente lo es, entonces es evidente, por un razonamiento elemental, que los diez mil pesos no pudieron salir del capital sino que, a fuerza, tuvieron que salir del trabajo humano invertido en la fabricación de la tela.

Pero ¿de cuál trabajo humano? Del que se encuentra ya plasmado, congelado, en las máquinas, en el hilo y en la pintura, o del trabajo vivo de los obreros textiles que tejen la tela?

Pues, es evidente, compañeros, que el nuevo valor no puede salir del trabajo muerto, congelado, que se encuentra en las materias primas y en la maquinaria, porque ese trabajo pasa tal cual, íntegramente, del hilo, de la pintura y de las máquinas a la tela, sin ningún aumento ni disminución. En nuestro ejemplo, ese trabajo congelado valía treinta mil pesos (veinte mil de hilo, cinco mil de pintura y cinco mil de renta de edificio, desgaste de maquinaria, energía, agua, teléfono y gastos de oficinas) y es claro que al pasar a la tela pasan igual, los mismos treinta mil pesos, sin ningún aumento ni disminución.

Por tanto, insisto, compañeros, en que del trabajo congelado, del trabajo que ya existía en forma de materias primas y maquinaria antes de comenzar a fabricar la tela, tampoco pudieron salir los diez mil pesos de ganancia del industrial. ¿De dónde salieron entonces, finalmente? Sólo queda una respuesta: salieron del trabajo de los obreros textiles que tejieron la tela.

Pero el industrial, el patrón, naturalmente que no acepta esto. A él lo que menos le agrada es que le digan que su riqueza la extrae del trabajo de los obreros, de la explotación del trabajo ajeno. Por eso paga buenas cantidades de dinero a economistas e intelectuales burgueses para que lo defiendan de esta acusación y para que, con su ciencia, con "argumentos científicos", demuestren ante todo el mundo, por radio, televisión, periódicos, revistas y libros que su ganancia es legítima, producto legítimo de su capital y, además, que ésta no sale del obrero sino del comprador, del que consume su mercancía, que es al que le carga una cantidad adicional al costo de producción por concepto de ganancia. ¡La ganancia del industrial no sale del obrero!, gritan a coro el patrón, el economista y el intelectual burgueses; es una recompensa legítima del fabricante por arriesgar su dinero y sale del consumidor que paga el precio de la mercancía. Del obrero no puede salir, alegan, porque al obrero se le paga puntualmente, peso sobre peso y hasta el último centavo, el valor íntegro de sus ocho horas de trabajo, es decir, su salario. 

Estos argumentos suenan convincentes y, de hecho, muchos compañeros obreros, poco enterados de estas cuestiones, los creen a pie juntillas. Sin embargo, nosotros debemos insistir en que se trata de sofismas, de argumentos falsos, y que la verdad consiste en que la ganancia del patrón sólo puede venir, y de hecho viene del trabajo del obrero.

¿Por qué son falsos los argumentos de los patrones y de los "científicos" e intelectuales que los defienden? ¿En qué radica la falsedad de dichos argumentos?

En primer lugar, compañeros obreros, démonos cuenta que el patrón y sus amigos plantean la cosa como si la ganancia no saliera del trabajo ni de nada real, sino del puro capricho del industrial, del comerciante, que son quienes deciden los precios. Eso quiere decir, en otras palabras, que según esos señores, una mercancía no tiene un valor fijo sino que puede valer cualquier cantidad a capricho del patrón o del comerciante; basta con que ellos abran la boca y aumenten los precios para que una mercancía valga más, como quien dice: su boca es medida.

Pero nosotros ya hemos visto que aunque, en determinadas circunstancias, los precios de las mercancías pueden subir o bajar, de todos modos su valor radica en la cantidad de trabajo que encierran, en la cantidad de trabajo que se emplea en su fabricación. Repetimos, compañeros: lo que le da valor a una mercancía es el trabajo del obrero y no el capricho o la boca de los patrones, como se pretende hacernos creer.

Pero, además, compañeros, acabamos de ver hace un momento que en el comercio se cambian trabajos iguales por trabajos iguales. O sea que en nuestro ejemplo, si los cien metros de tela no contuvieran trabajo por valor de cincuenta mil pesos, no se podrían cambiar por esos cincuenta mil pesos. Por tanto, si el industrial puede vender los cien metros de tela en cincuenta mil pesos y no en los cuarenta mil que a él le costaron, es porque, de alguna manera, en el momento de su fabricación aumentaron su valor en diez mil pesos. Los cien metros se venden en cincuenta mil pesos porque eso valen, porque contienen trabajo equivalente a cincuenta mil pesos y no porque así lo haya ordenado el fabricante. De otra manera no se podrían vender en esa cantidad, porque ningún comprador está dispuesto a dar más dinero de lo que recibe a cambio.

Así pues, el industrial y sus amigos ideólogos se equivocan o mienten concientemente: la ganancia no sale del comprador, pues éste da lo mismo que recibe, sólo que cambiando la forma de la mercancía. Da cincuenta mil pesos en billetes y recibe esos mismos cincuenta mil pesos sólo que en forma de cien metros de tela, los diez mil pesos de ganancia del patrón no surgen en el momento de la venta sino que ya se encuentran, propiamente, en la mercancía

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