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.:: CONFERENCIAS OBRERAS ::.

PRIMER TOMO / CONFERENCIA 11
Historia del Movimiento Obrero
El Movimiento Obrero Francés. 7a Parte

PRIMERA PARTE

Abril de 1986

Vamos a continuar, compañeros, con nuestras pláticas sobre la historia del movimiento obrero mundial. Esta es la segunda plática sobre el movimiento obrero francés. En relación con él la vez pasada habíamos señalando dos cosas que quiero recordar brevemente.

La primera es que el movimiento obrero francés se diferencia del movimiento obrero inglés en el hecho de ser un movimiento eminentemente político, más político que el movimiento obrero inglés y, lo segundo, es que el movimiento obrero francés surge de una manera clara y definitiva en la historia, precisamente durante la Gran Revolución Francesa que se inició en 1789, y que la mayoría de los historiadores consideran concluida inmediatamente después del golpe en contra de la corriente jacobina que encabeza Maximiliano Robespierre, el 9 de termidor de 1794. Es durante este movimiento revolucionario que surge de manera abierta, a la palestra de la historia, el movimiento obrero francés.

Durante todo el proceso revolucionario, los obreros de los arrabales proletarios de París jugaron un papel importante para impulsar, decía yo, los momentos decisivos de la Revolución y, después de hacer un recuento de las principales fases de la misma, señalamos cómo todavía los últimos estertores revolucionarios del movimiento jacobino fueron alimentados, fueron sostenidos, precisamente, por los barrios obreros. Dije que las últimas dos jornadas más importantes después del golpe contra Robespierre y que se conoce como "las jornadas del 12 de Germinal y el 1º de Pradial", fueron protagonizadas por los barrios obreros de París. En efecto, fueron los obreros los que en estas dos últimas fechas propiamente revolucionarias, trataron de echar abajo a la reacción que se había apoderado de la Convención Revolucionaria, restaurar la Constitución de Robespierre y lograr medidas enérgicas en favor del pueblo pobre de París que estaba muriéndose de hambre. Desgraciadamente, los residuos, los remanentes del movimiento jacobino, ya no tuvieron ni la visión ni la fuerza para ponerse a la cabeza de esta sublevación obrera.

Los obreros sin guía, pero mostrando lo que es característico de la clase obrera, un gran valor, una gran organización y una gran claridad política, de todas maneras fueron derrotados por los convencionistas en el 4 de pradial. Las fuerzas de la Convención desarmaron a los obreros, hicieron prisioneros a los más decididos, encarcelaron a sus líderes y mandaron al cadalso a los principales de ellos. Con eso quedó prácticamente liquidado el último fulgor, el último estertor revolucionario ocurrido en 1795.

Es importante remarcar cómo la clase obrera francesa juega un papel importante durante todo el movimiento, y cómo es la última en retirarse, y la que quema el último tiro antes de dejar el campo libre a los enemigos.

Expliquemos brevemente, como habíamos prometido, el origen de los nombres de los meses para hacernos claridad, sobre todo los compañeros obreros.

A partir de la ascensión al poder del grupo jacobino, que era el más revolucionario de la convención, cosa que ocurre el 2 de junio de 1793, la Revolución francesa decide barrer no solamente con el aparato político, no solamente con las leyes reaccionarias que venían agobiando al pueblo, sino incluso con cosas aparentemente sin importancia pero que pertenecían al viejo régimen, tales como los nombres de los meses y el calendario en general.

Para ello, se señala como el primer día del año precisamente el día en que toma el poder la fracción jacobina, es decir, el 2 de junio del viejo calendario se torna en el primer día del año del calendario revolucionario. En seguida se acordó desechar los nombres de los meses, todos de origen místico, y rebautizarlos con nombres ligados a la naturaleza. Así, los meses de la Revolución Francesa ya no se llaman enero, febrero, etc., sino florial, germinal, pradial, brumario, etcétera. Es por eso que algunas fechas de la Revolución Francesa, como las que hemos citado, no aparecen de acuerdo con el calendario que conocemos, sino de acuerdo con el calendario de la Revolución, y así hablamos del 12 de germinal, el 4 de pradial, el 9 de termidor, del 18 de brumario (fecha en que se corona Napoleón), etc. El cambio de la fecha y del nombre de los meses fue resultado de la acción revolucionaria de los jacobinos. Más tarde, al ser derrotada la Revolución, muchos de sus avances y transformaciones fueron borradas por los reaccionarios, por los restauradores del viejo régimen, entre ellos el calendario revolucionario. Por eso en la actualidad Francia vuelve a usar el calendario antiguo. Pasó a la historia, pues, el calendario revolucionario, pero nunca dejará de ser una prueba de cómo los obreros y las clases populares, cuando se deciden a emprender acciones, van al fondo, llegando a cambiar y a afectar cosas que muchos de nosotros no nos hubiésemos imaginado siquiera.

Por último, señalábamos la vez pasada que con las jornadas de germinal y pradial la clase obrera francesa hace al mismo tiempo su última incursión como parte de la Revolución y su primera aparición como clase moderna. Con la derrota del 4 de pradial los obreros pierden su última iniciativa revolucionaria, pero al mismo tiempo cobran plena conciencia de su carácter de clase y del hecho de que han sido sometidos, que han sido aplastados por la clase burguesa. Hasta antes de esta fecha, los obreros no se daban cuenta cabalmente de su situación y de su papel en la lucha; no identificaban claramente ni a sus enemigos ni a sus amigos y no sabían tampoco, con precisión, cuáles eran las causas y los objetivos de la lucha.

A partir del 4 de pradial se dan cuenta de que la lucha no es, como les decían, del pueblo en general contra unos cuantos abusivos, no es de la nación francesa contra sus opresores, como formulaban el problema los demagogos que lo manejaban; se dan cuenta de que la lucha es entre ricos y pobres, entre poseedores y desposeídos e, incluso, algunos líderes obreros llegan a plantear por primera vez, más claramente, que la lucha es una lucha de clases que se libra entre los obreros y los burgueses. Ese es el gran avance que logra la conciencia obrera gracias a su participación en la lucha. Al saberse derrotados, plantean claramente que la clase obrera, a partir de ese momento, debe de sentirse sometida, es decir, esclavizada por las clases ricas, y que la misión de los obreros es reorganizarse tan pronto como puedan para tomar la revancha e instaurar, ahora sí, un gobierno de los trabajadores. Esta conciencia, repito, la adquieren los obreros gracias a la lucha y a la derrota que sufren el 4 de pradial.

Hasta aquí habíamos llegado la vez pasada. Después de esto naturalmente, las cosas deben adquirir un ritmo menos acelerado, volver, digamos, a la normalidad. Los obreros franceses, como todos los obreros del mundo, se dedican a organizarse de manera gremial, de manera sindical, abandonando las grandes batallas revolucionarias y procurando obtener ventajas, demandas, de carácter sindical.

La lucha de los obreros franceses después de la Revolución Francesa (más precisamente a partir de 1795), como la de los obreros del mundo en general, se desarrolla descansando en dos ejes fundamentales. En primer lugar, la reducción de la jornada de trabajo (por aquellas épocas los obreros franceses trabajaban entre doce y catorce horas como mínimo) y, en segundo lugar, la mejoría de los salarios y la creación de fuentes de trabajo.

Gracias a que la Revolución rompe las trabas feudales que lo ataban, el capitalismo francés entra de lleno en el proceso de maquinización, es decir, comienzan a crearse las grandes industrias modernas, Francia se convierte en un país exportador de mercancías, su comercio con el resto del mundo se acelera y, como consecuencia, la clase obrera crece, se fortalece y va adquiriendo un perfil y una organización de clase obrera moderna. El auge capitalista determina que los obreros creen sus sindicatos y que éstos empiecen a luchar precisamente por las mejorías de carácter sindical, en primer lugar, como dijimos, por la disminución de la jornada de trabajo, el aumento de los salarios y la creación de más y mejores empleos.

Las jornadas de lucha sindical más importantes de los obreros franceses se dan en dos períodos: en primer lugar, el período que va de 1795 a 1830 y enseguida, el período que va de 1830 a 1848. Veamos cada uno de ellos.

De 1795 a 1830 la lucha se centra en conquistar el derecho a organizarse libremente y una jornada de trabajo menor. En esa lucha los obreros hacen uso, incluso, de la huelga. Muchos historiadores sostienen que el movimiento obrero francés se inspiró para su lucha en el movimiento obrero inglés. Se dice, por ejemplo, que los hilanderos de algodón de Nottingham, Inglaterra (de esto hablamos cuando vimos el movimiento inglés), enviaron en 1825 a los obreros franceses una carta en la cual los informaban de lo que ellos estaban haciendo, les platicaban que estaban luchando por la disminución de la jornada de trabajo y que habían inventado o ideado realizar un paro generalizado del trabajo para forzar a los patrones a disminuirla, es decir, les transmitían la idea de usar la huelga general para obligar a los patrones a reconocer los derechos del trabajo. No hay pruebas claras de si los obreros franceses recibieron o no este informe de los obreros ingleses, pero lo cierto es que al poco tiempo, y a pesar de las restricciones legales, los obreros franceses comenzaron a utilizar la huelga como arma para lograr la disminución de la jornada de trabajo.

Recordemos al respecto que, recién iniciada la Revolución Francesa, un diputado reaccionario apellidado Le Chapelier había propuesto y logrado que se aprobara por el nuevo gobierno una ley que prohibía a los obreros franceses organizarse alegando que si la Revolución era la reivindicación del individuo, entonces no era justo que mientras el patrón se enfrentaba solo a los obreros, los obreros, en cambio, tuvieran el derecho de unirse, de aglutinarse para enfrentarse al patrón. En consecuencia, de acuerdo con la ley Le Chapelier, quedaban estrictamente prohibidos los sindicatos, las coaliciones, so pena de graves castigos, incluida la pena de muerte, en caso de infracción.

La ley Le Chapelier, que es un ejemplo clásico de cómo se las gastan los legisladores burgueses, cuando de defender los intereses de sus amos contra los obreros se trata, no fue derogada sino hasta 1864 (si no me equivoco), es decir, casi un siglo después.

De modo que la lucha de los obreros franceses durante el período del que estamos hablando, era una lucha difícil en virtud de la ley Le Chapelier. Sin embargo, la realidad se impone, y cuando los obreros (como sucede aquí en México y ustedes lo han visto) tienen hambre y tienen necesidad no hay represión, no hay amenaza que valga. Se ponen de pie y luchan y defienden sus intereses. Esto es lo que hacían, precisamente, los obreros franceses, a pesar de la ley Le Chapelier. Veamos algunos datos destacados de esa lucha.

En 1832 los carpinteros de Pecq y en 1833 los de Caen realizaron huelgas que tuvieron una amplia resonancia en toda Francia, en primer lugar porque eran, si no las primeras, sí de las primeras huelgas concertadas, conscientemente planeadas, para lograr la disminución de la jornada de trabajo. Y lo más importante es que fueron huelgas con éxito: tanto los carpinteros de Pecq como los de Caen lograron una reducción significativa (de una hora) en su jornada laboral.

También en 1833, los joyeros de París se lanzaron a un movimiento exigiendo la disminución de una hora en su jornada de trabajo. Lo notable de este movimiento consiste en que por primera vez la prensa francesa se manifiesta, analiza el problema y toma posición. Entre los periodistas dignos de mención por su relativa simpatía a la causa obrera, se destaca Emile de Girardin, que ha pasado a la historia del movimiento obrero como uno de los primeros intelectuales que abiertamente defiende a los obreros y se pronuncia en favor de la jornada de ocho horas en Francia. Estos hechos, sin embargo, compañeros, ocurrieron en fechas como 1832, 1833 y 1834 (año en que aparece el artículo de Emile de Girardin pronunciándose en favor de la jornada de ocho horas), es decir, después de 1830. Ahora bien, 1830 es un año crucial para el movimiento obrero francés.

A raíz de la caída del imperio de Napoleón Bonaparte se produce en Francia lo que se conoce como la restauración de la monarquía. Se le llama así porque los familiares del Rey destronado y ajusticiado por la Revolución, regresan otra vez a Francia en 1815. La dinastía de los Borbones, la familia de los Borbones, regresa otra vez y se constituye nuevamente, a través de un hermano de Luis XVI, en la clase gobernante. Pero los Borbones, como todos los ricos, como todos los poderosos, no regresan arrepentidos, no regresan dispuestos a reconocer sus errores y a enmendarlos. Lejos de ello, regresan en plan de venganza, retornan más prepotentes, más soberbios, más crueles que cuando se fueron. Su política consistió en "cobrarle" al pueblo francés la ofensa de haberlos expulsado del trono mediante la Revolución. Por esta razón, con la restauración de los Borbones, las cosas en vez de mejorar empeoraron para el pueblo y para todos los trabajadores. Algún pensador político de su tiempo expresó este problema diciendo que la dinastía de los Borbones no había aprendido absolutamente nada durante el período de su destierro.

Con tal actitud, los Borbones no pueden consolidarse en el poder: la explotación se refuerza, las carencias de los pobres aumentan, la represión se agudiza y vuelve a surgir la llama revolucionaria.

Este segundo estallido de la revolución francesa lo inicia precisamente la clase obrera francesa. Los obreros de Lyon (Lyon es una ciudad francesa), se levantan protestando contra el hambre, contra la falta de pan, contra los bajos salarios. La represión no se hace esperar: la matanza de los obreros de Lyon es famosa en la historia tanto por su ferocidad como por la respuesta que los obreros dieron a la represión burguesa. A raíz de estos hechos, los obreros se levantaron en armas y se inició una segunda fase de la Revolución. Debemos insistir en el hecho de que esta segunda fase de la Revolución se caracteriza, precisamente, porque la participación obrera es ahora mucho más consciente y mucho mejor organizada que la primera. Los obreros ya no participan, como lo hicieron en la primera Revolución, sometidos y engañados por sus enemigos de clase, sino que esta vez lo hacen formando sus propios batallones y levantando sus banderas proletarias. La bandera principal que levantan los obreros de Lyon, y que luego se extiende a toda Francia en 1830, es la caída de la monarquía y la mejoría de sus condiciones de trabajo.

Este segundo levantamiento logra derribar a los Borbones, pero desgraciadamente, no logra la instauración de la República. En lugar de la monarquía de los Borbones sube al trono de Francia una dinastía diferente, la dinastía de la Casa de Orleans. El nuevo Rey Francés es Luis Felipe de Orleans, quien toma el relevo a partir de 1830.

Naturalmente, esta solución no resolvía el problema, pero los obreros, sin mayor conciencia, sin mayor fuerza y sin guía, aceptan esta solución y vuelven otra vez al trabajo.

Es precisamente bajo la monarquía de los Orleans, la monarquía de Luis Felipe, cuando se dan los primeros movimientos de huelga de los que yo les acabo de hablar hace un rato. Como es natural, la nueva monarquía no puede dar, tampoco, una solución de fondo a los problemas de la clase obrera francesa y éstos se siguen agudizando.

Durante 1839 y 1840 se desata una crisis económica muy fuerte en Francia debida principalmente a revueltas en toda Europa y a los propios conflictos internos del país. Se sigue una política económica que favorece principalmente a los especuladores del dinero (en vez de favorecer a los productores), a los banqueros, a los agiotistas, a los negociantes. Tal política produce un retroceso económico de Francia, es decir, no aumenta la producción económica, no aumentan ni crecen las fábricas, no hay más empleos, no suben los salarios, no hay pan ‑es algo parecido a lo que está pasando ahorita en México‑, lo cual desata la crisis.

Al calor de esta crisis vuelve a experimentar una reanimación el movimiento obrero. Por ejemplo, los carpinteros y los cerrajeros dedicados a la fabricación de coches (entonces los coches se hacían a mano y eran tirados por caballos) empiezan a reclamar la reducción de la jornada de trabajo de 14 a 12 horas. En agosto y septiembre de 1840 se levantan en huelga 100 mil obreros de París exigiendo la supresión de los intermediarios en el comercio de las mercancías (que las encarecían), y la reducción de la jornada de trabajo de 14 y 12 a 10 horas. En 1843, los tipógrafos, los obreros de las imprentas de París, se levantan en movimiento y logran por primera vez obligar a sus patrones a que acepten una jornada de trabajo de 10 horas. Por último, en 1846, una gran huelga de los tintoreros de París exigiendo la disminución de la jornada de trabajo, es derrotada y reprimida por las fuerzas del orden.

Estos son algunos de los actos que protagoniza la clase obrera francesa entre 1839 y 1846, es decir, bajo la dinastía de Luis Felipe, bajo el gobierno de Luis Felipe, en defensa de sus salarios, de la reducción de la jornada de trabajo y en defensa en general de la mejoría de sus condiciones de vida. Así llegamos al año de 1848.

En 1846 (y sobre todo en 1847‑48) la crisis económica de Francia se agudiza. Según algunos autores la crisis en el año de 1847 fue tan severa que la economía redujo a la mitad el valor de su producción. Es decir, que si se producía una cantidad de mercancía por valor, por decirles a ustedes, de diez millones de francos, esa cifra bajó, en 1847, a 5 millones solamente. Esto implicó, sobre todo para la clase obrera, despidos, bajos salarios, desempleo, hambre, enfermedad, y toda esa serie de plagas que en México conocemos tan bien.

Ahora bien, los obreros de París, junto con la pequeña burguesía y los campesinos, se dan cuenta perfectamente bien que la causa de esta hambre, la causa de esta bancarrota financiera, es precisamente la política incorrecta que estaba siguiendo la monarquía en favor de los grandes especuladores y en contra del pueblo. Los grandes prestamistas hacían su negocio no solamente con el pueblo, o con los burgueses particulares, sino que le prestaban fuertes sumas de dinero al propio rey, al propio Luis Felipe, el cual, en cambio, les abonaba jugosos intereses. Así es que todo lo que el gobierno juntaba del pueblo a través de impuestos y demás, iba a parar finalmente a manos del banquero. Y ¿qué hacían los banqueros con ese dinero? Pues lo que hacen los ricos de ahora: derrocharlo en francachelas, vinos caros, paseos, mansiones de lujo, fincas de recreo, etc. La nación, en suma, se iba empobreciendo, iba entrando a una crisis terrible, mientras un puñado de piojos gordos se comían el fruto del trabajo de todos los franceses productivos.

Con esta política reaccionaria, de favorecimiento a una clase estéril, especuladora, no solamente salía dañado el obrero, no solamente salía dañado el campesino, sino que salía dañada la propia burguesía que no podía desarrollar sus negocios porque no tenía dinero, dado que éste estaba acaparado por los usureros y especuladores. Unidos por este problema común, poco a poco se va formando un bloque entre los campesinos, los obreros, la pequeña y hasta la alta burguesía, en contra de la monarquía de los Orleans y en contra de los usureros. Este fenómeno alcanza su madurez, precisamente, en febrero de 1848. En ese mes y en ese año estalla una tercera fase de la Revolución Francesa.

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