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.:: CONFERENCIAS OBRERAS ::.

PRIMER TOMO / CONFERENCIA 11
Historia del Movimiento Obrero
El Movimiento Obrero Francés. 7a Parte

SEGUNDA Y ÚLTIMA PARTE

Abril de 1986

Y una vez más el alma de esta revolución fue, precisamente, la clase obrera. Son los obreros franceses los que se arman, se organizan en batallones y salen a la calle exigiendo la caída de la monarquía de Luis Felipe y la instauración de una nueva República. Pero, además, no piden simplemente la instauración de la República; por primera vez esgrimen un programa obrero, piden que se forme "una república socializada", es decir, aunque confusamente expresado, piden la abolición de la propiedad privada y la supremacía del trabajo sobre cualquier otro factor de la producción. En concreto, los obreros franceses exigen: la organización del trabajo, la garantía de que todos los obreros van a tener empleo y la reducción de la jornada laboral. Estas son las tres banderas principales con las que se lanzan a la batalla.

A los primeros embates huye la monarquía de Luis Felipe y se forma un gobierno de transición encargado de convocar a una Asamblea Nacional para decidir el tipo de gobierno que se le va a dar a Francia. Esto quiere decir que en su primera fase la revolución obrera obtiene un resonante éxito. Desgraciadamente, una vez más, no se encuentran con una guía segura, con líderes realmente proletarios, honrados y con la claridad suficiente para conducir la lucha y, una vez más, vuelven a caer víctimas de la maniobra, esta vez ya no propiamente de la burguesía sino de los líderes "socialistas" que los engañan y los llevan por un mal camino.

Y era natural. Para esas fechas todavía la verdadera doctrina del proletariado no era conocida, pues recién en el mismo febrero del 48 había aparecido publicada por primera vez, una de las obras más importantes del pensamiento político del mundo, en todos los tiempos y en todos los lugares, esta obra se llama: "Manifiesto Comunista", y la escribieron dos plumas excelsas: Carlos Marx y Federico Engels. En este manifiesto, por primera vez en toda la historia del hombre, se pone en claro cuál es la esencia de la historia: la lucha de clases entre los pobres y los ricos, la lucha de los desposeídos que todo lo producen y que nada tienen en contra de los parásitos sociales que no producen nada y en cambio lo acaparan todo, y se plantea, por primera vez, cuáles son los requisitos que deben llenar los explotados para que puedan lograr una victoria real y decisiva sobre sus enemigos de clase.

Pero eso está ocurriendo casi al mismo tiempo que la Revolución Francesa del 48; por tanto, los obreros franceses no conocen todavía a Marx ni a Engels, no han sido educados y concientizados aun por la doctrina revolucionaria del proletariado y, entonces, son guiados por los llamados socialistas utópicos y por oportunistas que los llevan por un camino errático y, finalmente, los conducen a la derrota.

El principal oportunista, el de mayor influencia en este movimiento, fue un "socialista" llamado Luis Blanc, que hizo todo lo posible por mediatizar el movimiento obrero. Hubo también algunos destellos de socialismo revolucionario encarnados, curiosamente, por otro hombre de apellido parecido, Augusto Blanqui. Uno era Blanc y otro era Blanqui. Blanc maniobró hasta el último momento para que los obreros aceptaran al gobierno conciliador, al gobierno de transición de Ledru‑Rollin, en vez de incitarlos a luchar consecuentemente hasta alcanzar sus objetivos. En vez de derrocar a los conciliadores con las armas en la mano, los convence para que acepten formar la llamada "Comisión de Luxemburgo" cuyo papel no era otro que preparar a espaldas del pueblo el cambio de un gobierno por otro y la mejor manera de hacer que los obreros aceptaran dicha solución.

Y mientras Blanc somete a los obreros a este proceso de discusión en vez de llevarlos a luchar, la burguesía va recomponiendo sus fuerzas, va recomponiendo su frente y se va preparando para darle el golpe decisivo a la revolución. La maniobra principal que la burguesía ideó para derrotar la solicitud de socialización de las fábricas fue la creación de los llamados "talleres nacionales", que fueron grandes fábricas que montó el mismo gobierno con el claro propósito de hacerlos fracasar, de llevarlos a la quiebra premeditadamente, para desprestigiar la demanda socialista de los obreros. Para el efecto, en dichos talleres se fabrican cosas inútiles o de poca demanda, se contratan obreros de sobra, se reduce irracionalmente la jornada laboral y se aumentan los salarios sin tasa ni medida, aparentando que se cumplía la demanda obrera pero, en realidad, repito, con el fin de desprestigiarla y derrotarla.

Los obreros, guiados por oportunistas como Blanc, caen en la maniobra y aceptan y aplauden la política burguesa de los talleres nacionales. En poco tiempo dichos "talleres" brotan por toda Francia, sobre todo en París, y se comienza a difundir la especie de que, con ellos, se había solucionado de raíz el problema del desempleo. Se logra con esta mentira engañar y aplacar a los obreros; éstos pierden su combatividad, su decisión de luchar, y se confían plenamente a las promesas del gobierno provisional.

Pero pronto aparece la amarga verdad. El Tesoro de Francia, que está pagando de sus fondos un trabajo improductivo, empieza a empobrecerse, la economía en general decae, cierran otras fábricas y con ello empieza a escasear el trabajo para otros obreros, con lo cual cunde el descontento y la división en las filas mismas de la clase obrera.

Esto era, justamente, lo que esperaban los enemigos del proyecto socialista. De inmediato comienzan a decir:  "...allí está el resultado de la política de los obreros, una bola de zánganos que estamos alimentando a expensas del erario de París sin que produzcan nada útil; he allí a donde conduce la política de mucho salario y poco trabajo que ellos propugnan, allí se ve a donde va a dar su política de socialización".

Esta propaganda, apoyada en el fracaso de los talleres nacionales, prende finalmente entre el pueblo, entre los campesinos, los pequeños burgueses y aun en una parte de los mismos obreros. Se forma así un bloque de repudio en contra del proletariado más politizado, más combativo que en su mayoría trabaja en los "talleres nacionales". O sea, que mediante la maniobra de los talleres nacionales, la burguesía divide el frente revolucionario y aisla a los obreros. Se unen en su contra los campesinos, la burguesía y la pequeña burguesía y una parte de los mismos obreros, y con esa fuerza aplastan al movimiento revolucionario.

Derrotados los obreros, quedó abierto el camino hacia una solución burguesa de la crisis que consistió en la instauración de una república dirigida por un sobrino de Napoleón (Napoleón III) la misma que, el 2 de diciembre de 1852, mediante un golpe de Estado, se transformó en lo que se conoce como el II Imperio, que dura de 1852 a 1870.

Bajo el Segundo Imperio, la lucha de los obreros transcurre, en lo fundamental, por los canales tradicionales de la actividad sindical: lucha por reducir la jornada de trabajo, por aumentos salariales, por mejores condiciones de higiene y seguridad en las fábricas e, incluso, intentos de organización corporativa de los obreros. El hecho más destacado de la lucha obrera bajo el imperio de Napoleón III fue, como dijimos antes, la derogación de la Ley Le Chapelier, ocurrida en 1864.

Pero bajo la superficie aparentemente tranquila y rutinaria del sindicalismo francés, se iba gestando un descontento profundo y radical en contra de la injusticia y la explotación social y en contra de los políticos reaccionarios del imperio, en el seno mismo de la clase obrera. Este descontento profundo habría de poner fin al Segundo Imperio mediante el acto político más audaz, más radical y más universalmente conocido y admirado de la clase obrera mundial, antes de la Gran Revolución de Octubre en Rusia: me refiero al gran movimiento obrero conocido como La Comuna de París.

Con este acto los obreros franceses se convirtieron en maestros de la humanidad, de toda la humanidad pensante y no sólo de los obreros. El propio Marx aprendió de esa experiencia. Nosotros, obreros mexicanos, necesitamos recoger esa experiencia y estudiarla concienzuda y profundamente, si realmente queremos aprender a conducir exitosamente nuestra propia lucha emancipadora en contra del imperialismo y la burguesía nacional que nos oprime.

Antes de avanzar, recapitulemos. El movimiento obrero francés, dijimos al principio, es un movimiento que se caracteriza por ser un movimiento eminentemente político, un movimiento que desde sus inicios participa no sólo en la lucha gremial sino en las grandes batallas políticas por la transformación integral de la sociedad francesa.

Es cierto que el movimiento obrero francés también da la lucha sindical; es cierto que también da su batalla por las ocho horas, por la reducción de la jornada de trabajo, por los aumentos de salario, etc., pero es el movimiento obrero francés el que por primera vez, de una manera masiva, como clase, plantea demandas políticas que aun en nuestros días siguen siendo vigentes. Por ejemplo, el derecho a la organización social del trabajo, el derecho al empleo, garantizado a todos los obreros, la socialización de los medios de producción, etc., y, finalmente, es el movimiento obrero francés el que por primera vez se plantea, con cierto grado de conciencia, la necesidad de tomar en sus manos el poder político.

Ya en 1848, como vimos, los obreros están conscientes de que no deben aceptar que el gobierno quede en manos de sus enemigos y, aunque todavía no lanzan candidatos propios, una de las demandas del 48 era que el gabinete del gobierno, que los ministros del nuevo gobierno, fuera integrado por los líderes socialistas. Precisamente pedían la inclusión de Blanc y también la de Blanqui, en el nuevo gabinete. Es decir, en esas demandas ya está presente, en germen, la idea revolucionaria de que no basta con pedir y exigir; los obreros revolucionarios del 48 saben ya que si no toman el poder, que si entre los ministros no van líderes obreros, sus demandas están condenadas al fracaso.

Allí, en esa demanda, en esa conciencia, está claramente diferenciado el movimiento obrero francés de otros movimientos, allí se comprueba cómo estamos ante un movimiento esencialmente político.

Pero esa conciencia política que en 1848 se deja percibir en forma apenas incipiente llega a su grado máximo de madurez y expresión, precisamente, durante la experiencia de la Comuna de París en 1870, como vamos a vez la próxima vez.

Antes de terminar, compañeros, quisiera insistir en dos cosas. Primera: el movimiento obrero francés fracasa en 1795, en 1830, en 1848, como hemos visto, debido a que no tiene una claridad política suficiente, a que no está suficientemente consciente de su naturaleza de clase, de su posición de clase y de sus intereses de clase, de manera total, amplia y profunda. No tiene un conocimiento científico de la organización social, de las leyes que la gobiernan y del papel que la clase obrera ocupa en esa sociedad. Desconoce su fuerza y sus posibilidades históricas y, por lo mismo, las emplea espontánea y torpemente. Faltan, en una palabra, conciencia y teoría proletarias para iluminar y guiar las luchas de clase de los obreros franceses, y hay que subrayar que ésta es una de las grandes carencias que, donde quiera que se presenta, determina la derrota de los movimientos obreros.

La poderosísima arma de la teoría revolucionaria de la clase obrera, comenzaba a surgir en 1848. Como dije hace rato, justamente en febrero de 1848 apareció la primera edición del Manifiesto Comunista, de Marx y Engels. A partir de entonces, ambos pensadores revolucionarios siguen trabajando sin descanso para conocer la sociedad burguesa, sus intereses, sus formas de actuar, con el propósito de entregar a los obreros una teoría completa de dicha sociedad, un arma efectiva para luchar exitosamente en su contra.

 

Esta teoría, que en la actualidad se conoce como la teoría marxista‑leninista del proletariado, es el arma insustituible mediante la cual los obreros del mundo le han venido ganando terreno a los explotadores y a los asesinos de todos los tiempos y de todos los países.

Esta teoría es la que ha permitido la instauración, en países enteros, de un gobierno obrero, tal como lo soñaron los obreros de París en 1870. En esos países de revolución proletaria la riqueza no es para unos cuantos, está distribuida equitativamente y sus principales beneficiarios son los obreros, son las clases laborantes. Esto es lo que pasa en China, esto es lo que pasa en Rusia, esto es lo que pasa en Cuba, esto es lo que pasa en Polonia, esto es lo que pasa en todos los países socialistas.

A ustedes, compañeros obreros, les dicen otra cosa. Les cuentan, por ejemplo, que en Cuba la gente se está muriendo de hambre, que Fidel es un dictador, que los rusos viven bajo una dictadura sanguinaria, sin libertad y sin pan, etc., etc. Yo puedo asegurar que eso, en lo esencial, es mentira, que todo eso no es más que propaganda de los ricos, de los gringos, propaganda de los capitalistas del mundo, porque tienen miedo que los obreros mexicanos, siguiendo el ejemplo de China, Rusia y Cuba, se organicen y tomen el poder en sus manos. Ese es el fondo de la cuestión.

Volviendo al asunto, compañeros, la historia del movimiento obrero de Francia nos dice claramente que mientras los obreros de ese país no conocieron el marxismo, mientras no entendieron bien la causa y el fondo de sus luchas y cómo organizarse y actuar para tener éxito, fueron manipulados y derrotados por sus enemigos de clase, a pesar de su abnegación, de su inteligencia y su heroísmo. En el caso de la Comuna, adelantándonos un poco, incluso llegaron a tomar el poder, pero desgraciadamente, no pudieron sostenerse en él por la misma razón que venimos discutiendo.

Esto nos enseña, que si nosotros queremos encabezar un movimiento exitoso de lucha, aquí en México, tenemos que estudiar, tenemos que conocer la teoría marxista, tenemos que conocer nuestra teoría de clase, para que no nos engañen. Es del todo importante que comprendamos que las cosas, aquí y ahora, no son esencialmente diferentes a las que hemos relatado como ocurridas en Francia y que, por tanto, el reto para nosotros es muy similar al que enfrentaron los obreros franceses.

Hay que preguntarse, por ejemplo, ¿por qué aguantan los obreros a los charros y sus corruptelas? ¿Por qué se dejan dominar por un líder valetudinario como Fidel Velázquez? ¿Por qué aceptan que los lleven como borregos a donde quieren? ¿Por qué se resignan con aumentos de salario ridículos? ¿Por qué, a fin de cuentas, los tienen prisioneros y a capricho de los poderosos? Y la respuesta parece clara: porque el movimiento obrero mexicano no tiene conciencia de clase, porque a pesar de que hace más de cien años que nació la teoría revolucionaria, nuestros obreros no la conocen todavía. Y es natural porque ¿quién se preocupa seriamente por hacer que la conozcan y la estudien? Al contrario, todos los días reciben propaganda en contra de esa teoría. Por eso, compañeros, ustedes y yo tenemos la obligación de difundir esta teoría, de pasársela a los demás para que, finalmente, lleguemos a formar un movimiento obrero consciente de sus responsabilidades y sus metas históricas.

La otra cosa que quiero subrayar en relación con los fracasos de los obreros franceses, es la falta de una dirección política bien organizada y preparada para cumplir su función. En efecto, es evidente que la clase obrera no tenía líderes propios, capaces realmente de orientarlos y dirigirlos. Les faltó guía, les faltó dirección firme que los condujera al triunfo de su causa. De donde se deduce que otro requisito que los obreros necesitamos para triunfar, es forjar una dirección fuerte y capaz. Allí donde a los obreros les falte dirección correcta, allí donde a los obreros les falte una guía segura, serán derrotados. Esto quiere decir que otra tarea importante de los obreros, y de los que simpatizamos con ellos sin ser obreros, es la creación de una dirección.

Durante las jornadas de 1848, por ejemplo, no solamente faltó una auténtica dirección obrera sino que para colmo había una dirección oportunista, conciliadora, que se apresuró a llevar a los obreros a la conciliación y a la derrota. Esa dirección navegaba con bandera obrera, se presentaba como socialista, pero, en el fondo, no lo era y así lo demostró su práctica. Y, nuevamente, hay que volver los ojos a nuestro país en donde se presenta ese mismo problema de falta de una auténtica dirección obrera que le dé firmeza y continuidad a la lucha.

Abundan, sí, los que se dicen "partido del proletariado", los que se dicen revolucionarios que van a llevar al movimiento obrero a su salvación, pero lo que nosotros vemos todos los días es que, exactamente como en la época de Blanc, esos señores están llevando el movimiento obrero al parlamento burgués (allá están los dizque comunistas, allá están los dizque revolucionarios) y a la conciliación con el enemigo de clase. Gran parte de su tiempo lo dedican a los "trabajos legislativos", discutiendo en el parlamento burgués leyes, ¿para qué? Para someter al obrero. Y lo peor es que lo están haciendo a nombre del obrero, a nombre de la redención del obrero. Es urgente que aprendamos a identificar a los usurpadores, a los nuevos Blanc que nos quieren llevar por un camino equivocado.

La solución correcta está en que fundemos una auténtica organización de obreros, en donde participen los obreros y en donde sean ellos quienes defiendan los intereses de su clase, eliminando a politiquillos buscones. En México falta un liderazgo obrero, en México falta un partido obrero, de los obreros, que conozca la teoría de los obreros y que, junto con ellos, se ponga a luchar en serio por los intereses de la clase trabajadora y se olvide de andarse exhibiendo en la Cámara de Diputados con discursos que no llevan a nada.

La experiencia del movimiento obrero ha demostrado a lo largo de su historia que todos esos parlamentarios burgueses que se dicen "representantes obreros", no son más que paleros del poder que con "discusiones y debates" buscan calmar a los obreros. Ante ellos, el obrero piensa "...ya para que lucho, ya para que me organizo, si tengo a mis representantes que lo están haciendo por mí". Pero eso está mal pensado, porque esos "representantes" no los representan, compañeros. A ustedes, obreros, sólo los pueden representar los auténticos luchadores organizados y educados en un partido obrero.

Así es que de la experiencia de los obreros franceses, compañeros, tenemos que aprender qué nos falta para desarrollar una lucha consecuente y exitosa. ¿Qué nos falta? Nos falta conocer la teoría revolucionaria a fondo y formar nuestro propio partido proletario. Bueno, compañeros, nos vemos en la próxima vez.

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