MOVIMIENTO ANTORCHISTA


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.:: CONFERENCIAS OBRERAS ::.

PRIMER TOMO / CONFERENCIA 12
Historia del Movimiento Obrero
El Movimiento Obrero Francés DE 1848 -1870 / 8a Parte

SEGUNDA PARTE

Mayo de 1998

Naturalmente que, con esto, la clase obrera francesa retarda su desarrollo político. ¿Por qué? Porque en vez de dedicarse a crear verdaderas organizaciones de lucha para defender sus intereses de proletarios, sueña con retornar a su antigua posición, con volver a ser "pequeño propietario", con volver a conquistar algo que, en realidad, está irremisiblemente perdido. Aquí se ve claramente el efecto nocivo de las utopías de Proudhon.

Así es que el proudhonismo, con sus prédicas equivocadas, con su defensa, también equivocada de la propiedad privada, con su explicación errónea de la naturaleza de la explotación del capitalismo, se convierte, durante mucho tiempo, en un freno para el desarrollo de la conciencia de clase y de la organización política de la clase obrera francesa.

De esta situación la vienen a sacar varios acontecimientos importantes a escala mundial. En primer lugar, en 1861 estalla la Guerra de Secesión en los Estados Unidos. Esta guerra, que dura de 1861 a 1865 y que es una guerra también de tipo económico, entre el norte industrializado y el sur esclavista de los Estados Unidos, trae como principal consecuencia el que los agricultores surianos de este país dejen de sembrar algodón. Los productores norteamericanos de algodón eran, entonces, los principales abastecedores de la industria textil inglesa y francesa. Una vez que estalla la guerra y los agricultores norteamericanos dejan de vender algodón, la industria textil mundial sufre una caída y esta caída trae como consecuencia el desempleo masivo de los obreros de dicha industria textil: miles y miles de obreros en Inglaterra y en Francia, son despedidos de sus trabajos y quedan a merced de la caridad pública.

Esta situación los obliga a empezar a pensar en formas de organización que les permitan, cuando menos, sobrevivir a la crisis. Así, se forman comités de solidaridad para el socorro, para la ayuda de los obreros despedidos por la crisis; estos comités de socorro tienden a unirse, tienden a darse la mano de un país a otro. Comienza, entonces, a aparecer la idea, que va a tener una gran importancia para el desarrollo del movimiento obrero e, incluso, para el surgimiento de la Comuna de París, de que los obreros deben unirse de manera internacional. Es decir, la idea de que los obreros, como dice Marx, propiamente hablando, no tienen patria, porque tan explotado es el obrero norteamericano como el obrero francés, el japonés o el chino. La idea, pues, de que no importa cuán lejos esté un obrero de otro, ambos sufren la misma explotación, y tienen, por tanto, el mismo enemigo.

Esta idea, que ahora seguramente nos parece sencilla, muy clara, en aquella época era una verdadera novedad, pues nadie pensaba de esa manera. Todo mundo creía que las fronteras de los países eran barreras como muros de concreto, a través de los cuales nadie podía ni debería pasar, y menos la solidaridad de unos hombres con otros.

Pero, repito, la crisis de la industria textil debida a la guerra de Secesión norteamericana empieza a hermanar, por la fuerza de los hechos, a las clases obreras de los países que sufren de manera directa la crisis algodonera, que fueron, precisamente, Francia e Inglaterra. Por primera vez, los comités de ayuda, de socorro a las víctimas de la crisis, empiezan a unirse por encima de las fronteras y a crear lo que se llama el espíritu internacionalista de la clase obrera.

Otro acontecimiento importante que viene a sacudir la conciencia de la clase obrera francesa es el levantamiento popular, encabezado principalmente por los obreros polacos, en contra de la dominación de Rusia sobre Polonia: la guerra ruso‑polaca que tuvo lugar el año de 1863. Este levantamiento tiene también resonancias universales, sobre todo en la clase obrera mundial. Cuando los obreros de Francia, cuando los obreros de Alemania, cuando los obreros de Inglaterra, se enteran de que la clase obrera de Polonia, junto con las fuerzas patrióticas de ese país, se han levantado en contra de la dominación rusa, se empiezan a agitar, empiezan a hacer marchas, manifestaciones de apoyo a los obreros polacos e, incluso, llegan a redactar una carta que dirigen a sus respectivos gobiernos, exigiendo, precisamente, el cese de la represión del imperio ruso sobre los obreros polacos. Esta es otra manifestación importante de solidaridad internacional.

Con este mismo motivo se realiza una gran manifestación de solidaridad con los obreros polacos por parte de la clase obrera de Inglaterra, y en esa manifestación se decide enviar una carta a los obreros franceses. En esta carta los obreros ingleses les hacen ver a los obreros franceses la necesidad de unirse para enfrentar conjuntamente a los patrones capitalistas; les recuerdan que desde hacía bastante tiempo se venía dando el fenómeno de que cada vez que los obreros ingleses realizaban algún movimiento de huelga en contra de sus patrones, éstos rompían la huelga mediante esquiroles, es decir, mediante obreros traídos del continente, incluidos obreros franceses, que por un salario incluso menor, se prestaban a ocupar el lugar de los huelguistas. Es decir que, sin quererlo tal vez, los obreros del continente ayudaban al patrón a derrotar a sus hermanos ingleses.

Aprovechando, entonces, la sensibilización que se produce con motivo de la rebelión de los obreros polacos, los obreros ingleses se dirigen a los obreros del continente, personificados en los obreros franceses, proponiéndoles asociarse a nivel internacional para hacer un frente común contra los patrones y para impedir que los obreros de un país sean utilizados como esquiroles en contra de los obreros de otro país.

Este fue un segundo paso para crear la conciencia internacionalista de los obreros. El desarrollo de la conciencia internacionalista de los obreros alcanza un punto culminante en la guerra franco‑prusiana.

Desde mucho tiempo atrás, Francia y Prusia (entonces un territorio independiente que, más tarde, y precisamente a raíz de la guerra franco‑prusiana, pasó a formar parte integrante de lo que hoy es Alemania) se miraban con recelo y desconfianza. El gobierno de Prusia veía en Francia un obstáculo para la unificación, en una solo patria, de la nación alemana; Francia, por su parte, veía en las ambiciones territoriales de Prusia una amenaza para sus propias fronteras.

En el año de 1870 la crisis económica de Francia amenazaba ya con tornarse en un problema político para Luis Napoleón, que veía  peligrar su corona. Para evitar esto y unificar tras de sí a toda la nación francesa, no encontró, entonces, mejor recurso que declarar la guerra a Prusia, pretextando la amenaza de sus fronteras.

El Gobierno de Prusia, a su vez, no quiso desaprovechar la oportunidad que se le ofrecía para derribar un obstáculo que se oponía a la unificación de Alemania y para ensanchar sus fronteras sobre las provincias francesas de Alsacia y Lorena y, por tanto, gustoso aceptó el reto.

Ese es el origen de la guerra franco‑prusiana.

La guerra franco‑prusiana es el otro elemento que viene a despertar definitivamente la conciencia internacionalista de los obreros; los obreros franceses toman entonces plena conciencia de que los obreros prusianos no son sus enemigos, de que en realidad son los intereses burgueses de sus respectivos países los que están provocando la guerra; se dan cuenta que la carne de cañón, que los soldados, que la sangre, que los muertos los va a poner la clase obrera, la clase pobre, que es la clase indefensa, para que salgan beneficiados los grandes burgueses de uno u otro país.

En consecuencia, en vez de alinearse con sus respectivos gobiernos y sus burguesías, los obreros franceses envían cartas a los obreros alemanes, a los obreros prusianos, dándoles un saludo fraternal y haciéndoles ver que, en la guerra que se avecina, ellos no tienen nada que ganar y sí tienen todo que perder, incluso la vida.

Con estos antecedentes (la guerra de Secesión norteamericana, la insurrección de los polacos contra los rusos en 1863 y la preparación de la guerra franco‑prusiana de 1870‑1871), se crean las condiciones de conciencia internacionalista de los obreros y de ella brota la necesidad de unirse para enfrentar a la burguesía de los países más desarrollados de aquella época de una manera unida, de una manera organizada. Sobre estas condiciones históricas se crea una de las experiencias organizativas de mayor importancia en toda la historia universal de la clase obrera, se crea la Asociación Internacional de los Trabajadores mejor conocida como la Primera Internacional, cuyos fundadores, cuyos inspiradores centrales fueron Carlos Marx y Federico Engels.

Como consecuencia del despertar político del que acabamos de hablar, la clase obrera francesa, por primera vez desde 1848, se decide a participar abiertamente en las elecciones parlamentarias de 1864, con un candidato propio a diputado propio. Esto implica que los obreros comienzan a darse cuenta, en cierta medida, de que si no es mediante la disputa del poder político a la clase burguesa no podrá avanzar de ninguna manera en sus demandas por mejorías concretas de su situación económica, que comienza a abrirse paso la idea de que no solamente se trata de pelear mejores salarios, prestaciones y reducción de la jornada de trabajo sino, incluso, todo el poder político para poder construir una sociedad nueva.

Ocupados por esta experiencia nueva de participación política parlamentaria, los obreros franceses no pueden contestar de inmediato a la carta que les envían los obreros ingleses pero, pasadas las elecciones, en septiembre de 1864, nombran una delegación que en mano propia lleva la respuesta a dicha carta. Esta delegación tenía como encomienda principal asistir a una asamblea internacional convocada en Inglaterra para el 28 de septiembre de 1864, con la finalidad de discutir la posibilidad de crear una asociación permanente que comenzara a aglutinar y organizar a los principales destacamentos obreros del mundo. El padre de esta idea, hay que recordarlo siempre, fue el gran pensador alemán Carlos Marx.

Los compañeros obreros se han de acordar que desde el principio hemos insistido en la idea de que la diferencia más importante entre el movimiento obrero francés y el inglés, radica justamente en que mientras el movimiento obrero inglés es un movimiento que tiene fuertes acentos sindicalistas y gremialistas, el movimiento obrero francés, desde su nacimiento, fue un movimiento eminentemente político.

Esta diferencia se ve, se plasma una vez más, en las respectivas posiciones de ambas clases obreras en relación con el problema de la fundación de una Internacional Obrera.

Los obreros ingleses, en su carta, se centran en cuestiones sindicales y en reformas de tipo gremial. En cambio, los obreros franceses contestan con una carta eminentemente política, en donde plantean la necesidad de organizarse para pelear el poder político a la burguesía y para crear una sociedad en donde la clase obrera deje de ser la que pague los platos rotos. Triunfa el punto de vista de los franceses y, unidas las dos voluntades en esa asamblea, que se celebra, repito, el 28 de septiembre de 1864, en un salón de la capital inglesa cuyo nombre ha pasado a la historia, el Saint Martins Hall, se echa la primera piedra para la creación de esta gran asociación internacional de los obreros, que se llamó "Asociacion  Internacional de los Trabajadores". Esta es la fecha y este es el lugar que se registran como fecha y lugar de nacimiento de la Primera Internacional, fundada por Carlos Marx y Federico Engels.

En verdad, esta asamblea solamente aprueba la idea de la formación de la organización y nombra una comisión que redacte la declaración de principios y los estatutos de la misma. El comité encargado de redactar esos documentos quedó formado de manera muy heterogénea; en él quedaron representadas todas las corrientes políticas que asistieron al congreso. Había allí, en consecuencia, proudhonistas, cartistas, owenistas y marxistas, de tal manera que redactar un documento que recogiera las ideas no sólo divergentes, sino hasta contrapuestas de los distintos grupos, logrando al mismo tiempo que todo mundo quedara satisfecho, era una tarea de gigantes. Y esa tarea, precisamente, le fue encargada nada menos que al más grande, al más ilustre de todos los pensadores que ha dado la humanidad en el terreno social y que se llamó Carlos Marx.

Marx asume la tarea y redacta la declaración de principios y los estatutos de la Primera Internacional. Ambos documentos se convierten rápidamente en el programa de lucha de todos los obreros del mundo.

Una de las consideraciones iniciales de la Declaración de Principios que escribe Marx como piedra fundamental de la Primera Internacional, reviste para nosotros, obreros contemporáneos, una importancia fundamental; es algo que ningún obrero del mundo debe desconocer ni olvidar porque de ello depende, en gran medida, el éxito de su lucha. Dice Marx: "la liberación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma". Esto es lo que afirma Marx en la portada de su documento y esto es lo que todo obrero consciente debe entender perfectamente: nadie va a salvar a los obreros, nadie les va a crear un paraíso artificial para que ellos solamente pasen a gozarlo, nadie los va a arrancar de la miseria y la esclavitud del capital si no son los propios obreros organizados.

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