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.:: CONFERENCIAS OBRERAS ::.

PRIMER TOMO / CONFERENCIA 13
Historia del Movimiento Obrero
La Comuna de París / 9a Parte

SEGUNDA PARTE

Junio de 1988

De lo primero que se da cuenta la Comuna, al tratar de comenzar a funcionar, es que el aparato de gobierno ha quedado prácticamente desarticulado, que no puede echarlo a funcionar porque los jefes de oficina, los empleados, las secretarias, todo mundo, o bien huyó con Thiers hacia Versalles o bien, obedeciendo la consigna del gobierno reaccionario, no se presenta a trabajar.  Cuando, por ejemplo, los hombres de la Comuna se presentan a la oficina de correos, a la oficina de abasto (donde se garantiza y regula el abastecimiento de víveres), a la oficina de limpia (de recolección de la basura), a la oficina de policía, etc., a cualquiera de las oficinas claves para el funcionamiento de la ciudad, se encuentran con que los empleados de las mismas, sencillamente, no aparecen por ningún lado o se niegan a obedecer órdenes del nuevo poder. El aparato burgués de poder se niega a funcionar, ahora, bajo la dirección de los proletarios de la Comuna.

Por otra parte, los traidores de Versalles también están haciendo su labor.  Declaran ilegal al ejército del pueblo, es decir, a la Guardia Nacional y, como consecuencia, ordenan al banco central que suspenda los pagos de haberes, es decir, que retengan los sueldos de los defensores de París. Recordemos que París está en guerra contra Prusia; que, por tanto, como toda ciudad en guerra, sufre no sólo la falta de servicios, no sólo el mal funcionamiento del abasto, de la limpieza, de la vigilancia, en fin, un trastorno general de su vida normal, sino también por falta de empleos. Dejar sin salario a 300 mil hombres de armas, en una situación así, era una provocación, era prácticamente obligar a la ciudad a ponerse en pie de guerra. Seguramente consciente de eso, Thiers decreta la suspensión de pagos de la Guardia Nacional.

Prácticamente, pues, la Comuna toma en sus manos una ciudad deshecha, desorganizada, con inmensos problemas de policía, de abasto de víveres, de funcionamiento de todos los demás servicios y, además, con un ejército en armas que estaba pidiendo de comer. Una situación muy difícil.

La Comuna de París cuenta, después de ciertas depuraciones con 77 miembros.  Se sabe que de esas 77 gentes, sólo el 32% (es decir, 24, 25 gentes) son proletarios, obreros que realmente conocen a la clase trabajadora y están dispuestos a batirse por ella. El resto son pequeño burgueses, empleados y, sobre todo, el mayor porcentaje, el 39%, es de profesionistas liberales, como abogados, médicos, ingenieros y clase media en general.

Esta falta de predominio del elemento proletario hace que la Comuna no pueda formular y llevar a la práctica una política de clase clara y firme; que no pueda desarrollar una ofensiva enérgica en contra de los reaccionarios de Versalles hasta aplastarlos y aniquilarlos completamente; que no pueda, incluso, dar cima a la tarea de reorganizar a la ciudad, al gobierno, los servicios, la policía, etc., y, sobre todo, que no se haya podido poner en pie a un verdadero ejército popular decidido, armado y entrenado para atacar y derrotar a Thiers y a sus aliados prusianos.

Se sabe que la Comuna se desangró, perdió energías valiosísimas, en sesiones interminables en donde los diferentes grupos se disputaban unos a otros el control, alegando cosas muchas veces ridículas, que no tenían mucho que ver con las urgencias del momento. Había dos grupos principales dentro de la Comuna: una mayoría integrada por quienes se decían jacobinos y el grupo de los partidarios de Blanc, y una minoría seguidora de Proudhon. Esta mayoría propugnaba por una vuelta a los ideales de la Gran Revolución de 1789, por la "fraternidad universal", etc. Los grupos influenciados por el proudhonismo eran enemigos de constituir un gobierno fuerte. Ellos decían que lo que debería hacerse era fundar una serie de comunas en las ciudades más importantes y, luego, unirlas mediante una cierta coordinación nacional y empezar a trabajar por una sociedad en donde no se explotara a la gente, sobre todo, con medidas de tipo comercial. Es decir, el proudhonismo ingenuo llevado al seno de la Comuna.

En cuanto a los socialistas blanquistas, en realidad, todo su trabajo se constreñía a impedir que la Comuna se centrara en los problemas de la defensa y que actuara consecuentemente, entorpecía cualquier proyecto destinado a una defensa seria de París en contra de sus dos enemigos principales: Bismarck y Thiers, Versalles y los ejércitos prusianos.

A pesar de ello, este grupo heterogéneo, esta "Comuna" influida fuertemente por los obreros, se dedicó desde el primer momento a tratar de recomponer el gran caos, el gravísimo problema que le había quedado en sus manos.

Para remediar el problema de la falta de salarios, obligaron al Director del Banco Central de París a que les fuera suministrando cantidades suficientes para ir cubriendo los mismos; mediante la iniciativa de los diferentes responsables de las áreas de gobierno que fueron nombrados, se reorganizó el servicio de limpia, la policía, echaron a funcionar el servicio de correos y de telégrafos, echaron a funcionar los ferrocarriles, regularizaron el abasto y pusieron, prácticamente, en pie otra vez a París.

Sobre todo es muy importante, compañeros obreros, que se enteren de lo siguiente: quienes estaban haciendo todo esto, en una situación dificilísima (porque vivían en una ciudad sitiada no sólo por el enemigo extranjero, sino por los traidores de la misma Francia, muy hábiles y con un ejército a su servicio), eran gentes que nunca antes habían desempeñado funciones de gobierno de ningún tipo. No se trataba de políticos "con experiencia", que conocieran al dedillo los secretos de la burocracia, que tuvieran un conocimiento pleno del funcionamiento del gobierno; muchos de ellos no eran ni siquiera verdaderos letrados sino, como les digo, el 32% eran obreros de manos callosas que jamás en su vida habían sabido lo que era gobernar. Y, sin embargo, repito, lograron prácticamente poner en pie a París.

No solamente eso. Hicieron algo mucho más grandioso, mucho más trascendente no sólo para Francia sino para el mundo entero: una vez que se dieron cuenta de que el aparato del estado, de que el gobierno burgués se había autodesmembrado, se había autodesbaratado para que no lo pudieran usar los obreros, procedieron a crear, aunque sin saberlo bien, sin tener plena conciencia de ello, su propio gobierno. Y ese gobierno fue, precisamente, la Comuna de París.

Los obreros de la Comuna de París dijeron: el aparato antiguo está desmembrado; desertaron los antiguos funcionarios, las oficinas no marchan porque muchos de ellos se esconden en sus casas, porque escondieron las llaves, porque se niegan a obedecer. Entonces, ahora el gobierno vamos a ser nosotros, pero nosotros ya no vamos a ser un gobierno como el antiguo, porque el antiguo era un gobierno de privilegiados que funcionaba para proteger al rico y someter y obligar al pueblo. Haremos un gobierno eficiente que responda ante el pueblo, que surja del pueblo y al pueblo sólo obedezca. Desaparecerán en consecuencia los antiguos "poderes" y en su lugar habrá un solo poder: La Comuna, que será quien legisle y ejecute. El poder legislativo y el ejecutivo serán uno solo, quien dicte la ley será el mismo encargado de que se cumpla y, en caso contrario, responderá ante el pueblo. En consecuencia, los funcionarios de este nuevo gobierno, no solamente serán cabalmente elegidos por el pueblo, sino que también podrán ser removidos por él en cualquier momento, tan pronto se considere que no están cumpliendo con sus funciones, sin mayores trámites.

Así, la Comuna de París, el primer gobierno obrero revolucionario de la historia del hombre, supera la teoría de Montesquieu, el filósofo burgués que crea el famoso equilibrio de los tres poderes. Barre con esa teoría en los hechos e instaura una forma de gobierno en la que tal división de poderes no existe.

La Comuna se constituye en un poder que es, al mismo tiempo, legislativo y ejecutivo. Sus miembros son absolutamente elegibles y removibles por los electores en cualquier momento. En él no había inmunidad, ni elección de los subordinados por sus jefes para tener incondicionales. Todos debían ser electos por el pueblo y todos eran, por lo mismo, removibles sin mayor trámite, tan pronto como el mismo pueblo así lo considerara conveniente.

En la Comuna de París ningún funcionario, por elevado que fuera, podía percibir un salario mayor que el correspondiente a un obrero medianamente calificado; es decir, quedaron eliminados los privilegios y, con ellos, el negocio que hacen los altos funcionarios de los gobiernos burgueses, que cobran una millonada por mandonear, oprimir y explotar al pueblo. Los miembros de la Comuna no recibían más salario que el que recibe un obrero calificado.

Durante el cortísimo tiempo que se mantuvo en el poder, la Comuna de París realizó una grandiosa labor legislativa. Lanzó decretos importantísimos que sentaron las bases para un gobierno de los obreros del futuro. Fue el primer gobierno del mundo que ordenó legalmente la supresión definitiva del ejército profesional ("aquí no hay ejército profesional, la defensa y la soberanía de la nación va a descansar, de ahora en adelante, en el pueblo en armas, y cuando ya no sea necesario, el pueblo entregará sus armas y se dedicará a trabajar"), y de la policía ("no queremos policía, los policías se corrompen y se convierten de protectores del pueblo en verdaderos opresores y enemigos de ese mismo pueblo"). La seguridad pública queda en manos de los ciudadanos, quienes se organizarán para su propia vigilancia.

La Comuna de París decretó también la separación entre la iglesia y el Estado.  Antes de eso en Francia ocurría tal como ocurre todavía en Italia, por ejemplo, donde los curas, la iglesia en su conjunto, participan en el gobierno, manipulan los asuntos del Estado y controlan aspectos importantes de la vida social como, por ejemplo, la educación. Se sabe que antes de la Comuna, casi el 90% de la educación en Francia estaba en manos de la iglesia.  La Comuna de París dijo: "La iglesia al culto y los civiles a la política"; la educación, a partir de ahora no estará más en manos de la iglesia; será una educación científica y laica, que fomente entre la población los valores de la ciencia, del patriotismo, del nacionalismo y de la revolución.

Decretó la Comuna que todas las fábricas de los burgueses reaccionarios, que habían huido con Thiers a Versalles, fueran reabiertas y entregadas en propiedad a sus trabajadores. Si los burgueses no quieren producir, los trabajadores lo vamos a hacer, dijo la Comuna.

La Comuna de París también decretó que la República se obligaba a pagar pensiones dignas y suficientes a las viudas y a los huérfanos de los combatientes por la Comuna que hubieran caído en batalla. Y, por primera vez, suprimió la distinción entre los hijos legítimos y los ilegítimos; todos son hijos legítimos y todos recibirán por igual el apoyo de la Comuna.

Así pues, compañeros, en unos cuantos días, este puñado de obreros que nunca había gobernado, que en el momento de subir al poder no tenía ni idea siquiera de los problemas a los que se iba a enfrentar, logró dar al mundo entero una lección de cómo gobernarían los hombres del trabajo en caso de que tomaran el poder.

Por primera vez, un gobierno en el mundo era capaz de hacer justicia, pero no esa justicia mañosa que promete mucho y no cumple nada, no esa justicia hipócrita de la burguesía que habla de muchos derechos sólo para marear a las gentes y, en el fondo, sólo conoce derechos para el rico, sino una justicia a fondo, una justicia verdadera, en la cual se ponían, en primer lugar, los intereses de las clases trabajadoras, los intereses de los pobres de Francia. Una justicia dictada y ejecutada por un aparato de gobierno que realmente tenía claro que la sociedad descansa en lo que el trabajador produce, en el esfuerzo del trabajador y que, por tanto, es él quien debe ser el principal beneficiario de todas las acciones del Estado y, en particular, del aparato de justicia.

La Comuna de París, en términos de Marx, instauró por primera vez, aunque sin saberlo y sin llamarla así, la dictadura del proletariado, que no es otra cosa que un gobierno de los trabajadores para los trabajadores, dispuesto a enfrentar, en lo que sea necesario, a los enemigos de este poder proletario.

Teniendo en cuenta, por otra parte, que los enemigos refugiados en Versalles no cesaban de maquinar y de armarse para derrocar a los comuneros, para derrotar al gobierno del pueblo, la Comuna decretó el cierre de los periódicos de la burguesía, decretó el arresto inmediato de todos los conspiradores burgueses a los que se les sorprendiera in fraganti, ordenó, mediante decreto, el registro de los domicilios de todos los ricachos en cuyas casas se sabía que había armas y bombas escondidas y, donde se sabía que se reunían los conspiradores y ordenó que todo aquel traidor al que se le sorprendiera o bien saboteando, o bien delatando, o bien maniobrando en contra del gobierno, fuera pasado por las armas.

La energía desplegada por el gobierno del pueblo de París para combatir a sus enemigos era usada, deformándola, por esos mismos canallas y por los enemigos prusianos que sitiaban París, por toda la burguesía del continente, para calumniar a la Comuna. Era para ellos una "pandilla de asesinos", de trogloditas, que estaban violando todos los sagrados derechos de la burguesía, que estaban "pisoteando todas las normas de la civilización", que se estaban hartando de sangre de los "pobrecitos burgueses" que no hacían otra cosa que "oponerse a la guerra, al crimen y a la barbarie" de los obreros.

Los burgueses traidores a Francia, diligentemente apoyados por los prusianos invasores, acusaron a la Comuna de todo. Acusaron a los comuneros no sólo de ilegales, de usurpadores de la función de la Asamblea Nacional, sino, sobre todo, de crueles, de sanguinarios, de bandidos, de asesinos, de violadores, de ser la hez de la humanidad contra la cual cualquier esfuerzo para aplastarla era legítimo. ¡Esa es la guerra de clases, esa es la lucha de clases en su expresión máxima, compañeros obreros!

Pues bien, aquí se encuentra otra de las grandes lecciones que nos legó la Comuna y que nosotros debemos entender: la burguesía no tiene escrúpulos, ningún escrúpulo para mentir, para calumniar, para inferir los peores agravios y los peores insultos en contra de sus enemigos de clase, pero sobre todo la burguesía no da cuartel, la burguesía no perdona, la burguesía no tiene clemencia, no tiene piedad, cuando se trata de defender sus intereses.

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