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.:: CONFERENCIAS OBRERAS ::.

PRIMER TOMO / CONFERENCIA 13
Historia del Movimiento Obrero
La Comuna de París / 9a Parte

TERCERA PARTE

Junio de 1988

Está perfectamente bien demostrado por los historiadores de la Comuna que muchas de estas acusaciones, de estas calumnias, de estas terribles mentiras en contra del gobierno del pueblo, eran firmadas con su puño y letra por el señor Thiers, el jefe del gobierno republicano "legal" que estaba escondido en Versalles. El mismo jefe del gobierno (como si dijéramos: el mismo Presidente de la República de hoy) firmaba estas calumnias en contra del pueblo. ¿Por qué? Porque era el pueblo el que estaba en el poder "usurpando" los sagrados derechos de la burguesía. Había, pues, que calumniar, que destrozar, que aplastar a los mugrosos, a los pelados proletarios que se habían atrevido a poner sus sucias manos sobre el gobierno de París, la ciudad más grande y más hermosa de la burguesía europea de aquella época. En consecuencia, todo el odio de clase, todo el rencor, toda la furia, toda la rabia del burgués explotador, se desencadenó contra la Comuna de París.

Thiers y los suyos asesinaban impunemente a los obreros defensores de París y acusaban a la Comuna porque fusilaba a los traidores, y acusaban a la Comuna porque cateaba casas, vomitaban en la prensa los peores infundios y calumnias y fustigaban a la Comuna porque ordenó el cierre de los periódicos enemigos.  O sea que, según estos señores, la Comuna debería de recibir todos los ataques, todas las calumnias, todas las traiciones y, en cambio, no debía haber hecho nada, absolutamente nada para defenderse. Sólo así esos señores habrían estado contentos.

Y este abuso, esta prepotencia burguesa contra el pueblo, no es cosa del pasado. Ahora mismo tenemos un ejemplo muy parecido en Nicaragua. El señor Reagan, presidente de los Estados Unidos, manda mercenarios a aquel país a que asesinen niños, minen los puertos de Nicaragua, hagan volar los puentes, dinamiten los depósitos de petróleo, quemen las cosechas, maten los animales de labor, se metan hasta la misma ciudad de Managua a poner bombas en los lugares públicos, etc. Al mismo tiempo, la prensa mercenaria y traidora, de dentro y de fuera, no cesa un sólo día de mentir, calumniar, injuriar al pueblo de Nicaragua y a su gobierno. Y porque el gobierno sandinista se defiende contraatacando a los mercenarios, decretando el estado de sitio, cerrando los periódicos vendidos al enemigo, el presidente gringo no tiene ningún reparo en esgrimir todo eso como la prueba de que el sandinismo es una dictadura. ¡Ahí está! dice, fíjense cómo ya cerraron el diario "La Prensa", fíjense cómo ya metieron a fulano a la cárcel, fíjense cómo ya expulsaron al sacerdote fulano. Pero no dice que ese sacerdote es un enemigo de Nicaragua, que es un traidor que está negociando con sus enemigos; no dice que "La Prensa" es el vocero de los contras, que el encarcelado es un asesino de niños y ancianos. Esto demuestra que, según los gringos, ellos sí pueden hacer lo que quieran, pero Nicaragua no puede ni debe defenderse. Si lo hace es dictadura. Pues de esto, compañeros, ya existe un ejemplo histórico: eso fue lo que pasó con la Comuna.

La Comuna se defendió heroicamente, pero presentó debilidades muy grandes. Lo primero, que ya dije, fue que, antes de que existiera como tal, el Comité Central de la Guardia Nacional cometió el gravísimo error, la gravísima omisión, de no perseguir a Thiers y a sus corifeos hasta Versalles. Los dejaron acampar tranquilamente en Versalles y ellos instalaron ahí, cerquita de París, su cuartel general; los dejaron rehacer su ejército y reanudar sus contactos, o sea, les dejaron manos libres para preparar, con toda calma, el contraataque.

Lo segundo fue el hecho de que la Comuna no estuviera integrada de manera homogénea sino que hubiera fracciones y grupos en su seno. La lucha y la discusión inoportuna de estos grupos no permitió que se tomaran las decisiones necesarias con la rapidez y la unanimidad que la grave situación exigía. Muchas decisiones de la Comuna se tomaron tardíamente, por la gran "grilla" que se armaba hacia su interior. Los distintos matices, por su parte, no permitieron que se tomaran decisiones enérgicas. Algunas de las decisiones más enérgicas fueron vetadas, fueron entorpecidas, por los grupos que estaban ahí en disputa. Por ejemplo, la Comuna de París, como ya se dijo, carecía de dinero tanto para pagar los salarios de la Guardia Nacional como para echar a andar los servicios elementales. Para resolver esta cuestión, "negociaron" con el director del Banco Central, el cual se dio el lujo de entregarles los fondos a cuentagotas, humillando así al gobierno del pueblo. No fue capaz la Comuna de decretar la expropiación del Banco y de tomar posesión íntegra de los fondos que resguardaba. Se dice, lo han dicho muchos (y no calumniadores sino amigos de la Comuna), que la Comuna estuvo sentada sobre un mar de oro y no fue capaz de echarle mano. ¿Por qué? Porque era de los burgueses. La Comuna no fue capaz de decir: "poco importa que sea de quien sea, lo tomo porque lo necesito". No fue capaz, tampoco de dictar una ley expropiatoria de los bienes de todos los burgueses que habían huido a Versalles. Respetaron las casas, los palacios de los ricos, salvo el de Thiers que, en un momento de santa rabia, fueron y lo demolieron. Respetaron las propiedades de los burgueses, respetaron sus fábricas. La Comuna sabía que el gobierno de Thiers había sido elegido por los campesinos, es decir, por la provincia, porque la provincia le había tenido miedo a la guerra. Y, cuando ya estuvo en el poder, no fue capaz de desatar una ofensiva diplomática para conectar a París con las provincias. Se sabe que hubo movimientos espontáneos en Lyon, en Marsella, en otros puntos importantes, para generar sus propias comunas y apoyar a París, pero esos experimentos murieron porque la Comuna de París no los alentó, no se conectó con ellos, no mandó delegados a agitar y a organizar a la gente. Así que París se quedó aislada y toda la provincia apoyó a Thiers.

Por último, la Comuna de París no fue capaz de formar un verdadero Estado Mayor que organizara y llevara adelante la defensa contra Versalles. Una serie de desaciertos que sería largo contar aquí, pero que realmente ponen los pelos de punta (cañones abandonados en las barricadas sin que nadie los disparara mientras, por otro lado, en otra área de la ciudad, había soldados durmiendo porque nadie los mandaba trabajar; cuerpos enteros del ejército que pasaban el día y la noche esperando que les dieran armas o que les dieran una instrucción para ir a defender una puerta de París, mientras esa puerta estaba siendo tomada por los enemigos, etc.) demuestran que faltó coordinación, que no hubo un general capaz de defender a la Comuna y, por tanto, que la ofensiva militar de Thiers tenía finalmente que triunfar.

Todo esto, compañeros: la falta de claridad política y de energía social para atacar al enemigo a fondo, para expropiar a los expropiadores, para trazar un plan militar de defensa de la Comuna, para trazar un plan político de unidad con el resto de Francia y, por último, la falta de decisión para, en vez de esperar el ataque, irse sobre Versalles, tiene una explicación única: la clase obrera francesa no estaba suficientemente madura para tomar el poder. Es verdad que ya existía entonces la Primera Internacional, fundada por Marx, es verdad que él mismo asesoró, en cierta medida, a los comuneros miembros de ese organismo mundial del proletariado, pero es evidente que nada de eso era suficiente. Faltó sobre todas las cosas, un partido proletario, la vanguardia organizada y consciente de los obreros que pusiera, compañeros, la visión profunda, la conciencia de clase íntegra acerca de lo que había que hacer y cómo había que hacerlo.

Como consecuencia de esta carencia, la Comuna se movió a ciegas en medio de las contradicciones, avanzó a trompicones, su paso fue vacilante y, finalmente, cayó en manos de sus enemigos. Setenta y dos días después de haberse instaurado, la Comuna de París cayó bajo las balas de Thiers.

Esto ocurrió el 28 de mayode 1871. En esa fecha se infiltraron por las puertas no defendidas de París los soldados de Thiers y, silenciosamente, comenzaron la degollina. Cuando París despertó, el 29, estaba ya en manos de sus enemigos. Los comuneros resistieron, pelearon, pero finalmente fueron derrotados.

Lo que vino después todavía estremece a los historiadores imparciales: fue una matanza inmisericorde. Los comuneros, antes de que cayera la Comuna, habían visto por escrito, habían visto publicadas opiniones del mismo Thiers, jefe de la República, jefe de los reaccionarios de Versalles, destinados a preparar el ánimo de la opinión pública, en el sentido de que, a la derrota de los facciosos sediciosos de la Comuna, se haría una justicia ejemplar pasando a todos a cuchillo. Y los obreros y los comuneros se reían de esas declaraciones, su alma buena no creía que la burguesía fuera capaz de tamaño crimen. Pues bien, lo que sucedió fue peor de lo que Thiers había prometido: veinticinco mil hombres fueron pasados por las armas, catorce mil fueron desterrados y condenados a una muerte lenta en Nueva Caledonia, miles más fueron encarcelados, torturados, mutilados y asesinados sin ningún juicio, siendo luego arrojados a los basureros de París. Un baño completo de sangre fue la respuesta de la burguesía a este intento heroico ‑que Marx llamó un asalto al cielo‑ de los proletarios de París de apoderarse de los destinos de su patria.  Ese fue el precio de la Comuna.

Quiero terminar esta plática, compañeros, insistiendo en que la Comuna de París es el primer intento relativamente exitoso de las clases trabajadoras y sus aliados por apoderarse del gobierno de un país. Es cierto que la Comuna no era un gobierno de toda Francia, sino sólo de París. Pero París, en aquella época era, prácticamente, toda Francia. Por tanto, no es exagerado decir que se trató de un intento por controlar el gobierno entero de Francia.

Basados en este hecho, muchos enemigos de la Comuna han tratado de minimizar su significación e, incluso, de ridiculizar a Marx diciendo que fue un pequeño episodio local y que Marx, con lo exagerado que era, le dio dimensiones universales que no tenía. Eso es lo que dicen los enemigos. Pero nosotros, sobre todo los obreros del mundo, que seguimos gimiendo bajo el yugo de los burgueses explotadores y de sus gobiernos sanguinarios e hipócritas, debemos estar seguros de que, en realidad, la Comuna de París es el primer ejemplo heroico, que todos deberíamos imitar, de la lucha política de los obreros por tomar en sus manos el gobierno de su país.

Es cierto que la Comuna cayó finalmente, pero no fue inútil su sacrificio.  ¿Qué fue lo más importante que la Comuna nos heredó? Varias cosas. En primer lugar, que sólo los obreros y el pueblo son verdaderos patriotas, dispuestos a defender a su patria frente al enemigo exterior, sin traiciones ni vacilaciones; en segundo lugar, que una vez iniciada la lucha, ésta debe ir a fondo, sin dar ni pedir cuartel al enemigo; en tercer lugar, que una verdadera revolución es una lucha por el poder total, por todo el poder, y no por simples concesiones o algunas "leyes" progresistas; en cuarto y último lugar, la idea más importante que la Comuna nos legó es la de que los obreros no deben luchar por apoderarse del gobierno que ya existe, porque eso no se puede, porque el propio gobierno que ya existe, cuando se ve perdido, desmantela su propio aparato para que no pueda ser usado por los obreros.  Entonces, no se trata de apoderarse del gobierno, sino de derribarlo, de destruirlo, para, en su lugar, construir la dictadura del proletariado.

La Comuna de París nos enseñó, aunque sea con su propio sacrificio, que no hay que tenerle compasión a la burguesía, que cuando tengamos el poder en nuestras manos, lo primero que tenemos que hacer es cortarle las uñas, es decir, quitarle el dinero, quitarle las tierras, quitarle las fábricas. Por eso Marx dice que la Revolución Socialista es la "expropiación de los expropiadores", porque ellos se robaron antes eso y ahora, los obreros en el poder, si quieren conservarlo, se lo tendrán que quitar. Se lo tendrán que quitar porque si no se lo quitan, les pasará lo que le pasó a la Comuna: el burgués regresará armado y les cortará la cabeza.

La Comuna también nos enseñó que hay que callarle la boca al enemigo, que hay que suprimirle sus periódicos, que hay que detener a sus agentes y soplones, que hay que desaparecer su ejército y crear en su lugar el ejército del pueblo, que hay que desaparecer a su policía y en su lugar hay que poner al pueblo a vigilar las ciudades. En resumidas cuentas, tomar el poder es apropiarse del eslabón fundamental que es el económico y, a partir de ahí, iniciar una guerra de clases implacable contra el enemigo porque, de otra manera, el enemigo se rehará y nos cortará la cabeza cuando pueda. Esa es la gran lección de la Comuna de París.

Yo les decía la vez pasada, y ahora lo repito porque queda más en su lugar, que cuando ocurrió el episodio de la Comuna, hacía ya varios años que Carlos Marx había publicado su conocidísimo libro, su genial libro: Manifiesto del Partido Comunista, y que, durante todos esos años (el Manifiesto apareció en febrero de 1848 y la Comuna, como acabamos de ver, comenzó a existir en marzo de 1871) aquel libro genial de Marx no presentó ninguna falla. Los sucesos históricos, lejos de desmentirlo, fueron demostrando que era un libro científicamente exacto. Hasta la muerte de Marx, ocurrida en 1883, solamente una enmienda, sólo un ajuste quiso y tuvo que hacerle a su libro y ese ajuste se lo sugirió, precisamente, la experiencia de la Comuna de París. ¿Cuál es ese ajuste? La idea de que el proletariado en su lucha por el poder, no puede simplemente apoderarse del aparato existente, sino que tiene que destruirlo para crear uno nuevo: La Dictadura del Proletariado.

Bien, compañeros, después de este inmenso acontecimiento, la clase obrera francesa cayó definitivamente, como todas las clases en donde triunfa de manera rotunda la burguesía, en el papel de proveedora, de generadora de riqueza social para la burguesía francesa, recibiendo a cambio mínimas concesiones.

Ya en 1864, precisamente el año en que Marx funda la Primera Internacional, el gobierno de Luis Napoleón, el imperio de Luis Napoleón, obligado por las necesidades de elevar la productividad en las fábricas, abroga la llamada Ley Le Chapelier. Ustedes recuerdan, seguramente, que Le Chapelier fue un abogadillo francés que en 1792 si no me equivoco, promovió la promulgación de una ley que prohibía la asociación de los obreros para la defensa de sus intereses. Según la Ley Le Chapelier, unirse para exigirle al patrón mejores condiciones, bajo cualquier forma que fuera, era un gravísimo delito que debía ser sancionado con cárcel y, en última instancia, con la pena de muerte. Decía que si el patrón se enfrenta solo a los obreros, no es justo que los obreros se unan para atacarlo en montón. Este razonamiento es falso, porque no es cierto, de ninguna manera, que los patrones se enfrenten solos a los obreros. Detrás de ellos está toda la clase patronal y, además, por si hiciera falta está todo el Estado. Sin embargo, Le Chapelier, usando ese argumento falso, hizo aprobar la ley que condenaba a muerte a los obreros que intentaban organizarse. Y esa ley, a pesar de la revolución (la primera Revolución Francesa), a pesar de que vino luego la restauración y vino después el gobierno de Napoleón el pequeño, nunca fue derogada. Fue hasta 1864, y en interés de la burguesía, que fue derogada la Ley Le Chapelier y se permitió la organización libre de los obreros.

El movimiento obrero francés, ya libre de la Ley Le Chapelier y después de la tremenda experiencia de la Comuna, ha constituido sus sindicatos y vive la vida de un movimiento "normal". De todos modos los obreros franceses tienen, a diferencia por ejemplo de los mexicanos, una ventaja: su movimiento es independiente del Estado, tienen centrales relativamente poderosas, algunas influidas por los comunistas franceses, otras por los socialistas franceses y, en minoría, influencia de la burguesía francesa.

Sin embargo, lo cierto es que a la fecha el movimiento obrero francés no ha retomado la vieja experiencia de la Comuna y no ha logrado conquistar el poder para los obreros. Las razones son sencillas: el capitalismo francés es un capitalismo imperialista. Junto con Estados Unidos, con Italia, con Alemania, con Inglaterra, comparten la explotación de más de la mitad del mundo y, por lo mismo, la burguesía francesa tiene suficiente dinero para sobornar a su clase obrera. No sólo eso, sino hasta para mediatizar voluntades y mentalidades de los que se dicen revolucionarios en Francia.

La clase obrera no solamente carece de un verdadero liderazgo auténticamente revolucionario, sino que carece todavía, a la fecha, de un auténtico partido proletario. Esto se debe, repito, a que el capitalismo francés es un capitalismo rico, de avanzada, que soborna, que compra, que mediatiza, tanto al movimiento como a sus líderes; y a eso se debe que, hasta la fecha, el movimiento obrero francés, pese a la Comuna, esté sometido en lo esencial a su clase rica.

Pero llegará el momento, como lo vimos en el caso de Inglaterra, en que esta situación cambie y en ese momento, no lo dude nadie, en ese momento, la Comuna de París volverá a ser bandera de los obreros franceses. Seguro

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