MOVIMIENTO ANTORCHISTA


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.:: CONFERENCIAS OBRERAS ::.

PRIMER TOMO / CONFERENCIA 14
Historia del Movimiento Obrero
El Movimiento Obrero Norteamericano 10a Parte

SEGUNDA PARTE

Agosto de 1988

Con el tiempo, la clase industrial del norte comienza a sentir su desarrollo frenado por la situación agrícola del Sur, debido a que la mano de obra esclava no constituye un mercado suficientemente bien provisto de dinero para sus productos industriales. Además, la poca movilidad de los peones que es connatural, que queda determinada por la hacienda, también es un estorbo para el desarrollo de la industria capitalista ya que ésta no encuentra en el mercado la suficiente mano de obra libre que necesita. Viene pues, finalmente, un choque entre el Norte industrial y el Sur esclavista. Esta guerra, que se inicia en 1861, es lo que se conoce como la Guerra de Secesión.

Los ideólogos de la guerra, desde luego, no dicen abiertamente el motivo de fondo, que es económico. Dicen que fue un choque entre "los amigos de la libertad, encabezados por Lincoln, de un lado, y los esclavistas del Sur", por el otro. La presentan como una guerra en contra de la esclavitud, como una guerra humanista. Este es otro de los argumentos fuertes que usan los yanquis y sus admiradores para presumir que siempre han sido libertarios y demócratas.

Pero la verdad histórica no es ésa. A los ricos del Norte, realmente, poco les importaba que hubiera o no esclavos, lo que les dolía era que esos esclavos no tenían dinero suficiente para consumir los productos industriales y que esos esclavos estuvieran vendidos, encarcelados de por vida, dentro de las grandes plantaciones del Sur, por lo cual no existía movilidad de la mano de obra y esto ponía en condiciones muy difíciles a la industria del Norte.

Había, pues, que derrotar a los esclavistas del Sur. Por eso se declara la Guerra de Secesión.

En 1865 termina la lucha con el triunfo del Norte industrial. Es abolida la esclavitud por Lincoln y, a partir de ese momento, ya con el terreno libre hacia el exterior y hacia el interior, se inicia la fase más dinámica del desarrollo capitalista norteamericano.

Todos los historiadores están de acuerdo en que es en el último tercio del siglo XIX, o sea del siglo pasado, cuando ocurre el despegue industrial de Estados Unidos; y es cierto porque la guerra de Secesión termina en 1865, es decir, cuando restan 35 años de ese siglo. Durante esos 35 años ocurre el desarrollo acelerado del capitalismo norteamericano que se había venido preparando durante todo el siglo anterior. Por 1865 ya se apoderaron de las tierras indígenas, ya se apoderaron de las tierras de México, ya compraron la Louissiana, ya compraron Alaska, ya corrieron a los españoles de Florida, ya, incluso, hicieron otras invasiones (Haití, Puerto Rico, Filipinas, etc.), ya son, pues, una nación territorialmente inmensa y poderosa. Así pues, con la eliminación de los obstáculos, de los resabios feudales hacia el interior, que eran representados por el sur esclavista la nación está lista para un desarrollo capitalista acelerado y sin obstáculos. Esto ocurre, repito, en el último tercio del siglo XIX.

En verdad, a partir de 1870 el capitalismo norteamericano inicia toda una revolución acelerada de sus formas productivas. Aparecen los grandes inventores (Edison con la bombilla eléctrica, Bell con el teléfono), aparecen los ferrocarriles, sobre todo los ferrocarriles que conectan al Océano Pacífico con el Atlántico, se perfecciona la máquina de vapor y, en consecuencia, la industria norteamericana enfila definitivamente hacia una gran industria capitalista.

Sin embargo, en sus orígenes, el capitalismo norteamericano como el capitalismo mundial, poco conocedor y con poco dominio de las leyes del mercado, sufre frecuentemente crisis de tipo económico, es decir, que su desarrollo no es lineal sino que es un desarrollo que va describiendo curvas en función de las etapas de auge y de las etapas de crisis. Este desarrollo contradictorio del capitalismo norteamericano trae como consecuencia un gran crecimiento, también, de la clase obrera pero, al mismo tiempo, en virtud de que el desarrollo no es lineal sino que sufre frecuentes crisis, crece el descontento y la decisión de lucha de los trabajadores.

La clase obrera norteamericana sufre, al igual que la clase obrera mundial, las injusticias, la opresión, la sobreexplotación de un capitalismo en despegue. Las jornadas de trabajo son durísimas (andan alrededor de las quince horas en promedio), los salarios son bajos, los días de descanso escasos, las prestaciones hacia el interior de las fábricas muy pequeñas. En resumidas cuentas, debido precisamente a que el capitalismo, como sistema, va para arriba, la clase obrera debe vivir sometida, superexplotada y, por tanto, descontenta.

Otra característica importante del movimiento obrero norteamericano es que su composición es, en cierta manera, reflejo de la composición del país. Yo decía al principio que la nación norteamericana es una nación de inmigrantes: polacos, italianos, alemanes, ingleses, fundamentalmente. La clase obrera refleja esta composición. También los obreros norteamericanos son de diferente origen, muchos son polacos, muchos son irlandeses, muchos son ingleses. Por lo mismo, la clase entera cuenta con valiosos elementos que ya tienen una cultura política obrera y una larga experiencia de lucha sindical y política.

La clase obrera norteamericana, en sus luchas, no empieza de cero como, en cierta medida, le ocurrió a los obreros mexicanos; entre los obreros norteamericanos, repito, hay desde el principio muchos que conocen perfectamente las teorías de Bakunin, las teorías anarquistas; muchos otros que conocen las experiencias de las tradeuniones inglesas, es decir, que han practicado ya la lucha sindical y el tradeudionismo; otros ya traen las ideas de Marx y muchos, incluso, ya traen las ideas socialdemócratas, es decir, las ideas de Bernstein, las ideas de todos los revisionistas que se oponen a Marx. Todas estas influencias dentro del movimiento obrero norteamericano hacen que su desarrollo no sea unilateral, sino conflictivo, es decir, que chocan entre ellas, se disputan el control pero, al mismo tiempo, impiden que la clase obrera sea una clase obrera sometida como lo ha sido la clase obrera mexicana. No encuentran el camino único, no se ponen de acuerdo, pero siempre están en movimiento, siempre están agitando. De esta manera siempre están dejando sentir una presión sobre el gobierno norteamericano.

Esta es una de las razones por las que, salvo Australia si no me equivoco, Estados Unidos fue el país donde más temprano se comienza a aceptar la idea de legislar en favor de las ocho horas. El 25 de junio de 1868 se decreta, por primera vez, una ley que se conoce como la ley Ingersoll, en la cual se estipula el derecho de todos los funcionarios del gobierno norteamericano a no trabajar más de ocho horas diarias. Este es el antecedente más antiguo de la legislación por las ocho horas en Estados Unidos

Sin embargo, la ley Ingersoll amparaba sólo a los burócratas. En la industria en general, en cambio, la jornada promedio seguía siendo de once, de doce y hasta de catorce horas diarias, es decir, que la situación continuaba siendo especialmente difícil.

En 1873 estalla una violenta crisis económica en Estados Unidos. Esta crisis, que trae consigo, como toda crisis, debilitamiento del salario, cierre de fábricas, despido masivo de los obreros, abarrotamiento de los almacenes con mercancías que no venden, etc., agudiza rápidamente el descontento latente de los obreros norteamericanos, los cuales empiezan a pensar, realmente, en nuevas formas de lucha más eficaces, más enérgicas, para obligar a los patrones y al gobierno a mejorar su situación.

La década que va de 1870 a 1880 es una década representativa del movimiento obrero norteamericano.  Aquí se dan, probablemente, las luchas más violentas de toda su historia, atizadas en parte por la crisis de 1873. A raíz de esas luchas se hace patente que el capitalismo norteamericano no se diferencia en nada del capitalismo europeo; que las tácticas de manipulación, de represión, de asesinato incluso, de los obreros, son exactamente las mismas.

A la cabeza del movimiento obrero norteamericano están los mineros, los ferroviarios y los tipógrafos, como lo demuestran sus luchas. En 1874, en Nueva York, se da un movimiento que alcanza caracteres altamente violentos porque los obreros no solamente se niegan a volver a sus fábricas sino que enfrentan con armas a la policía. Hay una masacre, corre la sangre, caen muchos muertos y heridos por parte de la clase obrera.  Para 1877, es decir, tres años después, se lanzan a la huelga los ferroviarios y los mineros.

Esta vez los patrones norteamericanos, ya conocedores de la dureza de la resistencia obrera, no se conforman con usar la policía, recurren al ejército ocasionando un duro enfrentamiento. En efecto, los obreros de Pittsburgh, en ese año de 1877, resistieron heroicamente al ejército, se le enfrentaron  con pistolas, con escopetas viejas, con palos y piedras. La lucha duró varios días y el ejército norteamericano sudó para poder someter a los obreros.

Con estos hechos, repito, quedó claro que la clase patronal norteamericana no es ni mejor ni peor que su similar europea. Quedó claro que eran los mismos chacales, los mismos explotadores que no vacilaban en usar cualquier tipo de arma para impedir el triunfo de las demandas obreras, incluido el asesinato.

La década de 1870‑1880 es, decía yo, la década histórica, la más representativa del movimiento obrero norteamericano independiente. Durante este tiempo la rebelión en Nueva York, el enfrentamiento de Pittsburgh con el ejército, la crisis misma, van obligando a los obreros a destacar líderes importantes, a destacar a su vanguardia, a afinar un programa de lucha más racional, más fundamentado y, a buscar formas de lucha más eficaces para la realización del mismo.

Juega, en este proceso, un papel importante la experiencia que los obreros emigrados del continente europeo ya traían.

Ustedes se han de acordar que más de una vez hemos señalado cómo, desde los albores del capitalismo en Inglaterra, los obreros empiezan a acariciar la idea de cerrar filas unos con otros. Cuando se genera, por ejemplo, la demanda de los tres ochos (ocho horas de trabajo, ocho horas de sueño y ocho horas de recreación) en más de una ocasión se intenta formar un bloque único para defender esa demanda; los obreros ingleses, por varios motivos y en varias ocasiones, habían manejado la idea, totalmente nueva en ese tiempo, de la "huelga general", es decir, la idea de que en un mismo día y a una misa hora, todos los obreros de un país suspendan sus actividades.

La clase obrera norteamericana está ya, pues, pertrechada con esa experiencia anterior y rápidamente llega a plantearse la conveniencia de la huelga general para imponer la jornada de ocho horas y mejorar sus condiciones de trabajo.

La primera organización importante del obrero norteamericano es la que se llamó Orden de los Caballeros del Trabajo que reúne en su seno a varios miles de trabajadores. En 1881 se funda la Federación de Tradeuniones, probablemente la primera organización con carácter nacional y no local. En el nombre escogido por dicha organización vemos la experiencia inglesa. Aunque los historiadores no se ponen de acuerdo, parece ser que fue en ese mismo año de 1881, o poco después, cuando se funda la Federación Americana del Trabajo. Es conveniente que conozcamos las siglas de esta organización en inglés, dada la importancia de la misma que perdura hasta nuestros días. Dichas siglas son AFL, American Federation of Labour, la Federación Norteamericana del Trabajo.

Esta Federación Norteamericana del Trabajo, la AFL, se convierte rápidamente en la central nacional de los obreros norteamericanos, la que concentra todos los intereses y todas la fuerzas y comienza a abanderar las inquietudes de todo el movimiento obrero norteamericano.

Fue en el Congreso de esta AFL, celebrado en 1884, en el cual se plantea por primera vez la necesidad de un movimiento unitario por la defensa de las ocho horas. Se habla allí de que es necesario coordinar a todos los movimientos, a todos los sindicatos obreros, para que en un mismo día y a una misma hora se lancen a la defensa de la jornada de ocho horas y por mejores condiciones de trabajo. En 1885, es decir, al año siguiente, se realiza otro congreso de la AFL, en el cual se refrendan los planteamientos del año anterior. Algunos historiadores sostienen que es aquí cuando, por primera vez, la AFL trata de encontrar una fecha exacta para este movimiento.

Ahora bien, en Estados Unidos, por razones culturales y también de organización económica, era al finalizar abril y principiar mayo cuando se revisaban las condiciones de contratación entre patrones y obreros, y también cuando se revisaban los diversos contratos con los dueños de los locales fabriles, es decir, los contratos de renta para renovarlos o cambiarlos según el caso. Había pues, como una especie de alto natural del proceso productivo entre abril y  mayo. Para el primero de mayo se abrían nuevamente las fábricas, ya con los locales nuevamente rentados, y con las condiciones de trabajo revisadas, para continuar con el proceso productivo.

Para aprovechar este alto natural de la producción es que la AFL, en su Congreso de 1885, acuerda fijar la protesta general de los obreros norteamericanos para el primero de mayo del año siguiente, 1886.

Llegamos así al hito que a mí me parece fundamental en la historia del movimiento obrero norteamericano y mundial: el primero de mayo de 1886.

Recapitulemos fechas: en 1881 se funda la Federación de Tradeuniones y todo parece indicar que ese mismo año, o poco después, se transforma en la AFL. En 1884, ya como AFL realiza su Primer Congreso y en 1885 el segundo. En este Segundo Congreso se fija para el primero de mayo siguiente, es decir, en 1886, la protesta generalizada de los obreros. Esas son las fechas correctas.

Llega, pues, el primero de mayo de 1886. Cuarenta mil obreros, sobre todo del Norte de Estados Uniudos (el centro fabril más importante es, precisamente, la ciudad norteña de Chicago), se lanzan a la huelga. Aquí, desde hace tiempo viene ya trabajando un núcleo de obreros tipógrafos con una mentalidad anarquista, es decir, con una visión radical del proceso pero no propiamente marxista. Dicho núcleo venía difundiendo la idea de que la masa obrera conforma una clase que, como tal, debe enfrentarse a la clase patronal; que el movimiento obrero tiene como fin no sólo mejorar las condiciones de venta de su fuerza de trabajo sino la destrucción de toda forma de opresión, comenzando con la destrucción del Estado. Estas ideas, como lo demostró la lucha, habían logrado ya un importante arraigo en el seno de la masa trabajadora.

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