¿Cuánto cuesta una vida?
Recibió el machetazo en pleno rostro, del lado izquierdo; instintivamente, y casi al mismo tiempo que recibía el golpe, intentó defenderse, protegiéndose con la mano izquierda, pero fue peor e inútil. El acero rebanó también limpiamente la mitad del rostro y la mano en dos tajadas, desprendiendo la carne del pómulo y el dorso de la mano izquierda. Al sentir el dolor y la sangre caliente, el hombre giró con fuerza de derecha a izquierda -en el sentido que había recibido la agresión-, y presentó a su enemigo la espalda, en donde recibió un segundo machetazo, en el omóplato, abriendo otra herida de tres milímetros de profundidad y diez centímetros de largo. Afortunadamente y gracias a la humilde ropa que vestía, el filo del machete penetró poco. De ambas heridas empezó a salir abundante sangre. Ponciano cayó al piso y la sangre de sus heridas empezó a correr entre las piedras y a empaparle la ropa de manta que vestía.
Su agresor, creyéndolo muerto, se alejó a grandes zancadas y se internó en el monte.
La sangre de Ponciano llegó al arroyo y empezó a diluirse tiñendo de rojo parte de la corriente. Ponciano, aturdido y desangrándose, estuvo algunos minutos tendido y sin saber a ciencia cierta qué había ocurrido.
El instinto de supervivencia le hizo reaccionar. Con la angustia de saber que se estaba muriendo, sacó fuerzas y logró moverse: apoyó la mano derecha en el piso hasta que se incorporó, pero estuvo tembloroso y tambaleante algunos instantes. La sangre le salía abundante e inconteniblemente, y comprendió que se le iba la vida. Calculó la hora y media que tendría que caminar entre el monte, solo y herido mortalmente, hasta llegar a su casa. Optó por regresar y volver a cruzar el arroyo que minutos antes había atravesado, y en cuyo margen había sido atacado salvajemente por su agresor. Sintiendo que a cada momento desfallecía, caminó los trescientos metros que lo separaban de las primeras casas de San José Cofradía; al llegar a la primera de ellas, débilmente pidió ayuda. Nadie contestó; solamente obtuvo como respuesta el escandaloso ladrido de los perros de esa choza. Tuvo que caminar hacia el centro de la comunidad donde solamente media hora antes había estado observando el baile que, cansado del ajetreo del día, y parte de la noche, había decidido dejar para irse a descansar a la comunidad donde vivía.
Por la forma tambaleante y zigzagueante en que se movía, quienes primero le vieron creyeron que estaba borracho. Pero al alumbrarle con las lámparas eléctricas se dieron cuenta de su tragedia y se adelantaron rápidamente a ayudarle. Le sujetaron de los brazos y le cargaron, observaron consternados la gravedad de las heridas y cómo la sangre le había manchado y empapado prácticamente toda la ropa. Lo llevaron a un pequeño jacal semiderruido y lo tendieron sobre una sucia cobija. ¿Y, ahora? ¿Qué hacer? ¿Quién podría atenderlo si la enfermera de la comunidad, justamente ese día, como maldición, no se encontraba en la comunidad? ¿Cómo parar la sangre que fluía y evitar que muriera por esa vía? ¿Cómo llevarlo a Tataltepec de Valdez donde en una clínica y un médico pudieran salvarle la vida? Tendido, desangrándose, y sin auxilio de ningún tipo, estuvo hasta las ocho y media de la mañana.
Por momentos se incorporaba y sin emitir ningún lamento se miraba el corte de la carne de su mano; pensando seguramente miles de cosas, esperaba estoicamente que alguien, por casualidad o caridad, le auxiliara lavando y curando las heridas para mitigar aunque fuera un poco esos insoportables dolores que implicaban los horribles cortes de su cara y de su mano. Sentía angustia, sed y nadie le daba u ofrecía agua. Sabía que se estaba muriendo poco a poco y nadie, absolutamente nadie, ni siquiera algún cura, estaba ahí para auxiliarle en sus últimos momentos.
Los perros, al olor de la sangre, se acercaban curiosos pero, entendiendo que aun estaba vivo, sentían respeto por él y se alejaban; no se atrevían más que a olerlo y esperar. Resultaba increíble la indiferencia inhumana con que estos indígenas chatinos veían y aceptaban la muerte de Ponciano. El aislamiento de la sociedad en general, el abandono de toda su vida hacía que se hubiesen acostumbrado a ver como incurables, y por lo tanto mortales, las heridas de muerte, fueran éstas por arma blanca, de fuego o por otro tipo de accidente. Una vez ocurrido éste, tenia que ser fatal pues ahí no había transporte ni médicos ni medicinas ni conocimientos mínimos de qué hacer en esos casos, o alguien que quisiera intentar algo. Por eso actuaban así con Ponciano, insensibles, apáticos o, simplemente, estaban tan acostumbrados al dolor humano que por eso no tomaban ninguna resolución.
Para completar el problema, los radios de comunicación simplemente no servían, quién sabe por qué maldita razón, como confabulados para dejarlo morir como a un perro.
La incomunicación, la falta de desarrollo económico, la incultura hacen del hombre algo muy cercano al animal, pues le inhiben o le adormecen los sentimientos de piedad, compasión y fraternidad.
Ponciano no murió ese día, ni de esas heridas, murió después, de anemia y desnutrición agravadas por la debilidad al desangrarse prácticamente toda la noche de ese día dieciocho de diciembre del 2005.
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