MOVIMIENTO ANTORCHISTA



Jilgueros y “mulatos”: maldita hambre.

            Los “copetones” son solidarios; pero su solidaridad es fatal.
           Teníamos siempre un “copetón” manso que colocábamos en la jaula de tres compartimientos. Poníamos este pájaro en la parte de en medio y abríamos las “jaulas trampa” de los extremos; colocábamos frutos de berenjena y luego subíamos la jaula a los árboles. El “copetón” manso, quien sabe por qué, empezaba a cantar como llamando a otras aves de su misma especie, seguramente indicándoles dónde había comida e invitándoles a llegar a comer. Y llegaban, pero justamente a las trampas que nosotros habíamos preparado para capturarlos... todo por un llamado de falsa solidaridad.
            El hambre es una de las necesidades más elementales del hombre y de los seres vivos.
            Para los animales salvajes que emplean todo su día en buscar alimento y reproducirse, el encontrar comida es algo espontáneo y casual. La mayoría de las veces pueden pasarse horas sin encontrar nada que comer y por eso cuando encuentran en abundancia comen lo máximo posible, pues saben, por instinto, que probablemente no vuelvan a encontrar alimento en mucho tiempo.

 

            Nosotros sabíamos esa necesidad básica y por eso utilizábamos la jaula de dos compartimentos colocando en el interior (con la suficiente maña para que las aves tocaran o pisaran la vara que activaba la trampa) berenjena o “jabonera”, y colocábamos la trampa en los árboles de “elites” que crecen en las márgenes de los arroyos y donde sabíamos que llegaban o podían llegar jilgueros, “mulatos”, “primaveras” y “copetones”; éstos, inconsciente e ingenuamente, como todos los seres sin malicia, ubicaban y distinguían por la vista, o el olor, las frutas colocadas en las trampas, entraban a comer, sin saber o sin poder evitar el mecanismo que cerraba la puerta, lo accionaban cerrándose ésta, dejándolos aprisionados sin que comprendieran de que forma ni por qué.

            Podían intentar lo que quisieran, chillar, estrellarse contra los “barrotes” de carrizo o querer levantar la puerta, pero ésta tenía la suficiente presión para impedírselos, y ahí se quedaban sin comprender cómo era posible que su anterior libertad, que les permitía ir prácticamente a donde desearan, ahora les impedía salir de ese minúsculo espacio en el que habían quedado atrapados.

            Mi padre y yo no sabíamos nunca cuándo ni cuántos pájaros podíamos atrapar, por lo que algunas veces esperábamos pacientemente vigilando de lejos las jaulas donde podíamos apresar las aves. Muchas veces el capturar uno o varios pájaros era rápido, pero la mayoría de ellas teníamos que esperar horas, e incluso días, para tener éxito.

            A los jilgueros los capturábamos solamente colocando las trampas a la orilla de los arroyos, dejándolas todo el día y yendo a verlas en las mañanas, a medio día y en las tardes. Claro, si había caído alguno lo sacábamos de la “jaula trampa” y lo guardábamos en el “jaulón”. Todo dependía de la época del año, de la abundancia de pájaros, de la emigración de los mismos y de la suerte de cada uno de nosotros, los pajareros.
            A mi me daba tristeza comprobar que a estos pobres pájaros los habíamos apresado por su ingenuidad y su necesidad de comer; sí, perdían su libertad por comer. Tal y como le sucede a muchos de los hombres, quizás entre ellos yo, que nos sentimos atrapados por nuestra situación económica y que no podemos ir, aunque quisiéramos, a donde nos plazca.
            Los pájaros, por hambre, quedaban prisioneros para siempre y su futuro no tenía nada de halagüeño, pues perdían a sus hembras, o machos, y la libertad que hasta entonces habían tenido para ser vendidos en ciudades lejanas, donde serían alimentados con comida que no era a la que estaban acostumbrados, y tendrían que vivir en jaulas pequeñísimas; incluso, algunos de ellos no volvían a ver la luz del sol. Estaban condenados a vivir y a morir en esas condiciones, que evidentemente no tienen nada de agradables. Yo pensaba muchísimas veces sobre esto, pero también estaba atrapado por  mi hambre y aunque lo razonara, tampoco tenía muchas opciones para vivir y comer. Por eso, tenía que dedicarme a su captura.
            Yo también estaba encarcelado por mis barrotes de hambre.

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* El pajarero

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