Magía indígena
El coyote salió intempestivamente de entre la maleza, como una exhalación, como una sombra en movimiento; seguramente perdió la noción de lo que hacía, se desubicó, perdió momentáneamente el oído o bien iba obsesivamente detrás de una presa. Sólo Dios sabe que pasó, lo cierto es que, estúpidamente chocó contra la camioneta que circulaba a casi ochenta kilómetros por hora, se golpeó con la llanta derecha delantera, directamente en la cabeza, murió casi instantáneamente y luego rodó varios metros sobre la carretera hasta quedar tendido sobre la cuneta.
Al sentir el golpe Gilberto tuvo que frenar y, al observar por el retrovisor lo que había ocurrido, se echó de reversa para quedar prácticamente junto al animal accidentado.
-¿Viste como salió? Rápido mano... no pude evitarlo y, mira como quedó ¡pobrecito!
Este animal del que tanto se ha hablado no tenía nada de diabólico, ni de misterioso, ni nada de lo que se ha dicho sobre él; era simplemente un coyote. Ciertamente, aunque muerto, no dejaba de sentirse cierta sensación de curiosidad, de nerviosismo, algo extraño y enigmático pues se le han atribuido múltiples cualidades que los indígenas creen desde tiempos inmemorables: “nahual” de los hombres, “hipnotizador” o paralizador de hombres y animales; ladrón de los corrales e, incluso animal benéfico para el hombre. Hay infinitud de leyendas sobre él, pero, independientemente de todo, ha sido y es un animal odiado, perseguido por el hombre y los perros, con los que mantiene un parentesco cercano y un odio a muerte.
Ahí estaba, con su cola vellosa, gruesa y lanuda, sus pequeñas orejas agudas y su hocico largo, no muy grueso y prieto, sus piernas nervudas con uñas curvadas y negras, característica que siempre le había servido para tener sensibilidad y sagacidad, pero que ahora no le habían servido de nada, razón por la que estaba muerto en forma tan poco honrosa para uno de los de su especie.
Gilberto, mirando a Miguel, preguntó:
-¿y ahora que hacemos? ¿Ahí lo dejamos, nos lo llevamos, o que?
-No, hombre, ¿cómo crees?, contestó Miguel. ¿Qué no te acuerdas para lo que sirve?, esto es bueno, fíjate qué cosas, la mala suerte del coyote es la buena para nosotros. Ya ves todo lo que se dice de ellos, parecen cuentos, y han de serlo, pues mi papá me contó que hace tiempo se encontró con uno en el camino y que le hacía señas con la pata delantera para que llegase junto a él; mi papá se espantó pero cuando fue hacia donde estaba y llegó cerca de él, vio una culebra “ko’o ndivi” que estaba apretando el pescuezo de aquel animal, tenía la cabeza por debajo del coyote y estaba muy apretada contra él; cuando vio esto mi papá se puso a pensar: “¿a cuál de estos ayudaré?”, decidió ayudar al coyote, tomó un palo y comenzó a golpear a la culebra, la cual se desenrosco, cayó al suelo y se metió entre la hierba; al verse libre el coyote también se fue huyendo, pero más al rato, mi papá lo volvió a encontrar en el camino y llevaba un gallo vivo en la boca y después lo siguió, y cuando vio a donde vivía, a pocos días le llevó una gallina. También me han contado que algunos coyotes se paran en los caminos y empiezan a mover la cola y entonces los caminantes se paralizan y no pueden hacer nada, ni usar palos, ni machetes ni pistolas, pues el coyote se los impide y entonces solamente pueden moverse cuando el coyote se va, y que cuando quieren cazar a su presa le echan primero su “vaho” contra ella, así la paralizan y entonces la matan. Dicen también que son capaces hasta de robarse chivos, los cuales una vez que los matan los muerden en la cabeza, con un movimiento de su cuello se los echan sobre el lomo y se lo llevan a donde puedan comérselos con tranquilidad. En fin, dicen muchas cosas de ellos y quizás por eso la gente les tiene tanto miedo o cree que tiene cierta magia. De eso nos podemos aprovechar, pues los indígenas creyendo todo esto, compran diferentes partes de él. Hay que “pelarlo” y lo vendemos por partes en Mixtepec.
-Si es cierto, ¡sale! Tráete el cuchillo.
Y dicho y hecho, comenzaron a quitar la piel del desgraciado animal que por su poca previsión había perdido la vida en forma tan infortunada.
Antes de que terminaran, otro vehículo se detuvo a observar la tarea que realizaban. Gilberto se incorporó un momento y preguntó:
- ¿Qué? ¿No compran coyote?
El chofer de la camioneta detenida, acompañado seguramente de su esposa, preguntó:
-¿Todavía tienes el culo?
La inesperada pregunta tomó por sorpresa a Gilberto, pues era directa y maliciosa a la vez, cuestión difícil de discernir en ese momento. Confundido, sin saber que contestar, rascándose la cabeza miraba a Miguel, seguramente esperando ayuda para salir del atolladero en que, en forma inocente o malintencionada, lo tenía la pregunta hecha. La respuesta era difícil, pues implicaba precisar a quién o a qué se refería, y complicada también porque o bien era la pregunta más natural en esas circunstancias o bien una burla poco adecuada entre desconocidos. La situación se salvó porque quien acompañaba al intruso preguntón le aconsejó prudentemente.
-No, no se dice así. ¿No ves que se puede enojar el señor? Mejor pregúntale si todavía no ha vendido el “anillo” del coyote.
Gilberto, aliviado por la nueva forma de plantear la pregunta contestó:
-Sí, vaya, apenas lo estamos destazando y separando sus partes, ¿lo compran? Refiriéndose al “anillo”.
De nada le sirvió la pregunta y la oferta, la camioneta arrancó dejando solamente una nube de polvo, y la incertidumbre de Miguel y Gilberto sobre si con la pregunta hecha habían sido victimas del albur popular o había existido la intención verdadera de comprar.
Una vez que terminaron de pelarlo y destazarlo, colocaron sobre un cartón la piel, la cabeza, los colmillos, las garras de las patas, la sangre que pudieron recuperar y, obviamente, el “anillo”. Se apresuraron a llegar a la plaza de Mixtepec. Por experiencia sabían que los indígenas mixtecos, por ignorancia, temor o por quién sabe qué razones, aprecian grandemente estas partes del coyote. ¿Qué fascinación, qué fuerzas extrañas encierra en vida o en muerte este animal? ¿Qué hizo o qué ha hecho este animal anteriormente para que en forma especial se le asignen propiedades curativas, de atracción sentimental, de influencia política y cuyos poderes pueden transmutarse a los seres humanos? No se sabe, nadie lo sabe ni lo explica, de hecho racionalmente no tiene explicación, pero lo cierto es que los indígenas mixtecos confían, casi ciegamente, en que las partes del coyote sirven, y muy bien, a los hombres, dándoles poder a quién las adquiere y posee.
Casi en la entrada de Mixtepec, quien sabe cómo o por qué, pero seguramente avisada por el preguntón ingenuo o malintencionado, Leonila, la hija de Jacobo López, hizo señas para detener el vehiculo. Se trataba de una preciosa morena, de largas trenzas en la plenitud de su juventud y su belleza que no necesitaba de afeites, de ningún tipo, ni de amuletos, ni de nada, absolutamente de nada, para conquistar al hombre que quisiera; sin embargo, coqueta como todas las mujeres y creyendo que con la magia del coyote podía acceder al hombre imaginado o deseado por ella, preguntó:
- ¿Trae todavía el anillo?, ¿verdad? Gilberto otra vez sorprendido, pero ahora de una manera diferente, pues sabia que no se le estaba haciendo una pregunta capciosa, contestó.
- Sí, ¿cuánto das?
- Primero déjame verlo.
Una vez satisfecha su curiosidad, ofertó.
- Cuatrocientos pesos.
Los vendedores, sabedores del interés y de la forma de negociación con los indígenas, empezaron el “forcejeo” llegando a convenir el precio en seiscientos pesos.
- Espérenme tantito; tengan cuatrocientos pesos y ahorita les completo.
Entró a la casa y regresó con el dinero faltante, completando la transacción. Todavía recibió una reflexión y recomendación de Gilberto.
- ¡Que lo “regranparió”!, oye tú, Leonila, para qué quieres eso, déjalo para las feas, las viudas, o de plano para quien ya no consigue nada, tú no lo necesitas, pero bueno, ya nos lo compraste. Mira, ponlo en un “palito” y ya una vez que se seque lo guardas en la cartera o en donde quieras y a ver qué te trae la suerte. Aunque te digo, tú no lo necesitas. A lo mejor yo sí, que ya estoy medio correteado para agarrarme una chamaca como tú. Pero en fin. El anillo del coyote es tuyo y ojalá te ayude.
Llegaron al mercado a las diez de la mañana, cuando las compras estaban en su apogeo, no les quedó otra más que colocarse en uno de los extremos del mercado extendiendo, en un hule, la cabeza con colmillos, la piel, las garras y la sangre del coyote.
Los mixtecos, aquellos que conocían y creían en las cualidades del coyote, miraban con envidia esas piezas y con admiración a quienes se habían atrevido a matar a ese “mágico animal”, y ahora lo vendían como exótica mercancía.
Algunos preguntaban precios sin atreverse a comprar, quizás sólo por curiosidad, o seguramente porque no ajustaban para pagar, hasta que llegó doña Macrina Ramos, desesperada y angustiada porque Odiloncito, su nieto, tenia calentura, decía que seguramente provocada por “mal de ojo”, y no quería comer, razón por la cual buscaba los remedios que fuesen para tratar de curarlo, y ahora en ese momento, veía una posible curación que sus ancestros habían practicado anteriormente.
- Dame cincuenta pesos de pelo de coyote. Le ordenó a Gilberto.
Éste obedeció cortando, cuidadosamente con su navaja, una porción de pelo del animal y, colocándolos en una bolsita, se los entregó a doña Macrina a cambio del dinero. Confiada en ese “remedio” se dirigió presurosa a su jacal, una vez en él colocó brazas de carbón en un pequeño incensario, agregó copal y echó los pelos del coyote. El humo causado con esta mezcla empezó a elevarse, situación que aprovechó doña Macrina para pasar, repetidas veces, por este humo a su nieto enfermo; esta práctica y creencia se la habían enseñado sus padres y abuelos para quitar el mencionado “mal de ojo” que, según ellos, gente mala le habían provocado a Odiloncito.
Poco después, como no queriendo, llegó Moisés Reyes, político viejo y mañoso del pueblo, preguntando por el precio de los colmillos. Es creencia de los indígenas, y entre ellos Moisés, que el coyote, al enseñar los colmillos a su presa es como si les mostrara su destino; es decir, ser desgarrado y triturado entre esos colmillos y dientes. Con esto los animales se inmovilizan de terror, siendo así, por lo tanto, presas indefensas y fáciles pues se encuentran paralizadas por el miedo. Casi de la misma forma, los indígenas mixtecos, creen que en la política, donde la verborrea oratoria juega un papel importantísimo, se puede controlar y “engatusar” a los ingenuos e ignorantes para que acepten y realicen lo que le venga en gana al político orador. De una forma diferente vienen a caer en las garras y colmillos de verdaderos lobos, que sólo utilizan a la gente para beneficiarse ellos mismos.
Moisés pagó cien pesos por cada colmillo de la mandíbula superior y se retiró, esperando que con dicha adquisición aumentaría su capacidad de convencimiento, o de control, en las diferentes decisiones que quería se tomaran en su provecho. Sus intereses le llevaban a codiciar la presidencia municipal de Mixtepec, y para lograrlo no se pararía por nada, incluida la utilización de amuletos como el que había adquirido.
Tobías y Misael habían sido acusados muchas veces de robo de ganado. Siempre habían salido bien librados, quién sabe cómo, pero por lo que se sabía no tenían mucho interés ni prisa en corregir sus errores, o las habladurías de la gente. Ellos compraron las garras del coyote pues existe también la creencia de que sirven para ayudar a robar a quien las posee. Hacen silencioso el robo de cualquier tipo que se trate.
La sangre se vendió en quinientos pesos, la compró Teodoro Santos, dijo tener “mal de aire”, pues le dolía todo el cuerpo. La verdad es que era el borrachín de Mixtepec y decía, seguramente sólo como pretexto, que el mezcal con un poco de sangre del coyote le curaba de su mal. Aseguraba, con toda vehemencia, que esta bebida le curaba de todos sus males y dolores, no aclarando nunca si era por la sangre o el mezcal, pues como dicen en Oaxaca: “para todo mal mezcal y para todo bien también”.
Sólo quedaban las orejas, éstas las adquirió Juana Chávez, la más chismosa del pueblo, aunque ella se defendía diciendo que sólo era “comunicativa”. Creía y aseguraba que las orejas del coyote le permitirían enterarse de todas las noticias, habidas y por haber, de ese pequeño pueblito de la alta mixteca oaxaqueña.
¡Pobre coyote! Si supiera el uso que le dan a las diferentes partes de su cuerpo, no le quedarían intenciones de acercarse a los pueblos o comunidades donde pudiera tener el mínimo contacto con los hombres, pues, sin haber dado ningún motivo para ello, se le ha hecho causante y artífice de un sinnúmero de leyendas y actos relacionados con la magia y la brujería. Claro, no tienen ningún sustento científico, pero forman parte de las creencias populares.
Al terminar la venta, Miguel comentó entusiasmado: ¡hombre Gil¡ ¿ya contaste cuánto salió? Efectivamente la cuenta daba dos mil doscientos pesos, bastante buenos, excelentemente buenos para un negocio tan fortuito como el ocurrido ese día.
Miguel siguió comentando:
- Fíjate, nos convendría como proyecto productivo, nos haríamos ricos, aunque pensándolo bien, lo más seguro es que acabaríamos con toda la manada de coyotes en la región, ¿te imaginas? Si en esto creyeran todos los políticos de México o mucha más gente en Oaxaca o en el país, ¡pobres coyotitos! seguramente se convertirían en una especie en peligro de extinción o se establecerían grandes criaderos de coyotes como un negocio extraordinario ¿No crees? Vámonos .
El problema fue a la salida del pueblo, pues uno a uno, y poco a poco, se empezó a juntar una verdadera jauría de perros que, al olfatear el olor del coyote empezaron a seguir la camioneta ladrando enloquecidamente y creando una conmoción en todos los vecinos, que no acertaban a entender por qué esa rabia y odio contra una simple camioneta pick up.
Todavía a cualquier lugar que vayan Gilberto y Miguel, a la entrada y a la salida de los pueblos, se congregan todos los perros del pueblo para recibir o despedir la camioneta “coyotera”, como ahora se le conoce en casi toda la Mixteca oaxaqueña.
Espero que al leer este cuento no se lo vayan a creer los lectores pues, entonces sí, ya se fregó el coyote.
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