MOVIMIENTO ANTORCHISTA


 
 
 
 
.:: CONFERENCIAS OBRERAS ::.

SEGUNDO TOMO/ CONFERENCIA 25
CROM: la madre de las centrales charras

PRIMERA PARTE

Noviembre de 1989

Compaņeros Obreros: 

Yo creo que en unas dos conferencias más, aparte de ésta, cerramos este ciclo dedicado a la historia del movimiento obrero mundial, redondeando muy sintéticamente su parte final, que es la historia del movimiento obrero mexicano. En la conferencia anterior, como seguramente recordarán, comenzamos a hablar del surgimiento de las principales centrales obreras y de su ubicación, tanto en el panorama político nacional como en el plano internacional. Dijimos que el primer movimiento de importancia en este sentido fue la creación de la Confederación Regional Obrera Mexicana, la CROM, que fundó y dirigió desde sus inicios el destacado político mexicano Luis N. Morones. Recalcamos con toda claridad que Morones fue un líder sindical formado en el seno de la Casa del Obrero Mundial (es más, ahora agrego que, según sus biógrafos, desde el año de 1912, es decir, casi desde la fundación de la Casa del Obrero Mundial, Morones fue uno de sus principales intelectuales y, por esa causa, uno de los creadores de la línea política que la misma siguió a lo largo de toda su existencia), razón por la cual puede decirse que la central por él fundada fue fruto directo de ese primer esfuerzo organizativo de los obreros mexicanos.

También tratamos de dejar claro que Morones fue siempre un político ambicioso, de vuelo más alto que la mayoría de sus compañeros de lucha y que, impulsado por esa su ambición de brillo personal, fundó el Sindicato Mexicano de Electricistas, el SME; ayudó activamente a organizar la Federación de Sindicatos Obreros del Distrito Federal, la central más importante y numerosa antes de la CROM; en mayo de 1918, con ayuda de la IWW norteamericana y el gobierno de Carranza, creó la propia CROM y, finalmente, el 29 de diciembre de ese mismo año, y apoyándose en la fuerza política de la central recién creada, funda el Partido Laborista Mexicano, hecho cuya importancia radica en que constituye un claro rompimiento con la línea ideológica de la Casa del Obrero Mundial. Expliquemos un poco mejor este último punto.

Aquellos de ustedes que hayan asistido a la mayoría de estas pláticas, se han de acordar que, en su momento, insistimos en remarcar que la corriente política dominante en la Casa del Obrero Mundial era el anarquismo, es decir, la doctrina filosófica y política que pregonaba (y pregona) que la sociedad humana ideal es aquella en la cual no exista ningún tipo de Estado, ningún tipo de gobierno, en virtud de que todos ellos encarnan la opresión de unos cuantos poderosos sobre la inmensa mayoría de los trabajadores y los desposeídos. En consecuencia los obreros, predicaba esta corriente, no deben estar en contra “sólo” de tal o cual forma de estado o de gobierno, sino en contra de todas las habidas y por haber teniendo en cuenta su naturaleza clasista y esclavizadora, razón por la cual no pueden ni deben participar en la batalla por la conquista del poder estatal, todo o en partes, en ninguna época ni lugar. Su lucha debe ser siempre estrictamente gremial, sindical.

Consecuente con este punto de vista, la Casa del Obrero Mundial repudiaba la participación de los obreros en la política nacional y, en particular, su involucramiento en los procesos electorales, porque sostenía que ésta era una manera de comprometerse en la defensa y fortalecimiento de una fracción de sus enemigos de clase, en su lucha contra otra fracción igualmente hostil a los intereses profundos del proletariado. Sin embargo, nunca dejó de existir una corriente que mantenía un criterio relativamente opuesto, es decir, nunca dejó de haber obreros de base y teóricos que sostenían que era un error dejar la política en manos de los políticos, porque eso condenaba al movimiento obrero a depender siempre, para la solución de sus problemas, de la buena o mala voluntad de los dueños del poder. Para garantizar el éxito de nuestra lucha sindical, sostenía esta tendencia, es indispensable que acumulemos fuerza suficiente para conquistar importantes y decisivos puestos en el aparato del gobierno, en particular, los cargos de elección popular. Así que los trabajadores de la Casa del Obrero Mundial estuvieron siempre divididos en dos grupos: de un lado estaban los partidarios de la llamada “lucha directa” y de otro los partidarios de la llamada “lucha múltiple”. Los seguidores de la “acción directa” o “lucha directa” eran radicales enemigos de la participación política; mientras que los seguidores de la “acción múltiple” sostenían que había que dar, al mismo tiempo, la lucha sindical y la lucha política.

Hagamos aquí un breve paréntesis. Seguramente todos ustedes saben que, en este punto, nuestro movimiento, el Movimiento Antorchista Nacional, es un firme y decidido partidario de que la clase obrera rebase los estrechos limites de la lucha gremial para entrar de lleno en la batalla por el poder político. Sin embargo, no debemos caer en el error de pensar que, por eso, nos identificamos con el moronismo, es decir, con quienes impusieron a la postre la llamada “acción múltiple”. Y esto por una razón fundamental: porque esta corriente, en realidad, no veía la toma del poder como la herramienta indispensable para iniciar un cambio social profundo a favor de las clases populares, sino que sólo veía en él un instrumento para alcanzar los fines personales de los líderes, tal como se demostró más tarde al ascender Morones al cargo de Secretario de Estado, y como se sigue demostrando en la actualidad, con la “alianza” entre los obreros (léase líderes charros) y el gobierno, en la cual sólo se benefician los “dirigentes” con cargos en el gobierno y en el Congreso de la Unión, mientras los trabajadores sobreviven con salarios de hambre. Como lo entiende cualquiera, hay una diferencia muy grande, de fondo, entre lo que postula nuestra organización y lo que formulaba Morones en su tiempo, aunque en la forma parezca que ambas posiciones son idénticas. Todos podemos entender que no es lo mismo plantear la participación de la clase obrera en la lucha por el poder para ponerlo a su servicio, en la medida en que esto sea posible, que llamar a los obreros a votar por sus líderes para exclusivo provecho de los mismos, tal como lo promovían los partidarios de Morones.

Pues bien, fue la corriente que defendía la “acción múltiple”, con Morones a la cabeza, la que fundó el Partido Laborista Mexicano, en diciembre de 1918, con el claro propósito de entrar de lleno a la liza electoral que se avecinaba y tratar de conquistar algún importante jirón del poder político nacional. Por tanto, como dijimos renglones arriba, la fundación del mencionado partido fue una clara ruptura con la línea ideológica dominante hasta entonces entre los herederos de la Casa del Obrero Mundial. Como era de esperarse, muchos obreros y viejos líderes reaccionaron acusando directamente a Morones y a su grupo de estar traicionando la vieja línea obrerista, la vieja línea anarco-sindicalista, y de aliarse con la burguesía a cambio de prebendas y migajas de poder para los dirigentes. Como lo demostró el tiempo, y como acabamos de decirlo hace unos momentos, no les faltaba razón a los acusadores; pero Morones, ya entonces viejo zorro de la política que sabía cual era su juego, puso oídos sordos a las críticas y siguió adelante con su designio de participar en la lucha electoral mediante la creación del Partido Laboral Mexicano.

La verdad es que, en los hechos, resultó que el flamante partido no era otra cosa sino la misma CROM, sólo que con otro nombre: los mismos líderes, las mismas bases, incluso las mismas instalaciones. La obvia y descarada maniobra de Morones, en efecto, estaba pensada, precisamente, para poder usar la fuerza real de la recién creada central obrera sin tener que sufrir, por ello, las justas críticas (y tal vez alguna otra medida más efectiva y directa) de sus compañeros de antaño, que él daba por descontadas. Sabía que, de acuerdo con el viejo código ideológico que también había sido suyo, la CROM, como organización gremial que era, no tenía por qué meterse en política. Por eso la disfrazó de partido.

La urgencia de contar con un instrumento idóneo para la contienda electoral le venía a Morones, según dicen los conocedores del tema, de su resolución de apoyar abiertamente la candidatura de Álvaro Obregón a la Presidencia de la República. En efecto, como todos sabemos, después de la muerte de don Venustiano Carranza, ocurrida en 1920, el candidato natural a sucederlo era, justamente, Álvaro Obregón, y Morones tenía la esperanza de que éste, una vez en la silla presidencial, lo designaría para algún puesto importante dentro de su gabinete. De allí que haya quien afirme que todas las maniobras moronistas, desde la fundación del Partido Socialista Obrero hasta la creación del Partido Laborista Mexicano, pasando por la organización de la CROM, tenían como propósito principal, aunque no único, contar con un capital político significativo que aportar a la candidatura de Obregón, para luego pasarle a éste la factura.

Esto hay que tomarlo muy en cuenta, compañeros, porque es una prueba más que nos proporciona el desarrollo histórico de los acontecimientos, de una verdad que hemos venido repitiendo a lo largo de todas estas charlas. Se trata de la afirmación de que la gran tragedia del movimiento obrero mexicano consiste en que nunca ha sido un movimiento obrero genuino, nacido de la entraña profunda de la masa y con toda la independencia y demás condiciones necesarias para ponerse al servicio de las mismas, tal como vimos que aconteció con sus congéneres europeos, sino que desde su nacimiento ha sido siempre un movimiento manipulado, inducido y organizado desde el poder político, para ser usado en provecho de quienes detentan ese mismo poder. Y aquí lo volvemos a comprobar: aparentemente la CROM es una central obrera auténtica, surgida de la necesidad de los obreros de organizarse nacionalmente para la más eficaz defensa de sus intereses comunes. Pero no. No es una central obrera como cualquier otra, no es una creación de los obreros sino fruto de una maniobra política, concertada entre Carranza y Morones, para darle la puntilla a la Casa del Obrero Mundial. Y su amañada transformación en partido no fue otra cosa que un contubernio entre Obregón y el mismo Morones, para ganar la presidencia el uno, y para escalar algún puesto político de relevancia, el otro.

El primer acto oficial del recién creado Partido Laborista Mexicano fue su Primera Convención, misma que tuvo lugar de1 15 a1 18 de mayo de 1919, en el Teatro Calderón de la ciudad de Zacatecas. El resolutivo más importante de dicha convención fue, obviamente, oficializar el principio de la participación electoral, echando abajo, de ese modo, la vieja línea del abstencionismo. Aprobado este primer punto, Morones, sacando a relucir su colmillo político, declara enfáticamente que el, en lo personal, no tiene ni apoya a ningún precandidato y propone, en consecuencia, que, para decidir por quién debe inclinarse el partido, se formule allí mismo un programa de reivindicaciones obreras, mismo que debería ser presentado a cada uno de los aspirantes para medir su respuesta y, de acuerdo con ella, saber a quién otorgarle el apoyo de la clase trabajadora. La proposición moronista fue aprobada por unanimidad y, en consecuencia, se procedió a redactar de inmediato el mencionado documento.
Los precandidatos que se disputaban la sucesión de Carranza eran tres: el General Pablo González, el ingeniero Ignacio L. Bonilla, que era Embajador de México en Estados Unidos y muy amigo del presidente Carranza, y el ya multicitado Álvaro Obregón. El programa que contenía las principales reivindicaciones obreras del momento fue presentado, ciertamente, a los tres precandidatos; pero, como era de esperarse, el único que mostró interés por el mismo y le dio de inmediato una respuesta aprobatoria y entusiasta fue Álvaro Obregón. A partir de ese momento se convirtió en el candidato oficial del Partido Laborista Mexicano, vale decir, de la clase obrera mexicana. Sobre esa base se firma lo que en la historia del movimiento obrero mexicano se conoce como “el pacto secreto entre Obregón y Morones”.

¿En qué consistió este “pacto secreto”? En que a cambio del voto del Partido Laborista Mexicano (que en realidad eran los obreros de la CROM), Obregón se comprometía, primero, a crear un Ministerio del Trabajo, mismo que viene a ser, digámoslo de pasada, el antecesor inmediato de la actual Secretaría del Trabajo que todos conocemos; segundo, que para nombrar a la cabeza de ese ministerio, así como a la del de Agricultura, se tomaría en cuenta la opinión de los líderes del PLM y de la CROM; tercero, se comprometía a consentir plenamente la labor de proselitismo de la CROM para formar nuevos sindicatos y para tratar de organizar a toda la clase obrera nacional. No sólo eso, también se comprometía a proporcionarles recursos, instalaciones adecuadas y transporte para la realización de esa importante tarea. En resumen, se trató de un “pacto de caballeros”, de “amigos”, en el cual Obregón se obligaba a admitir a los líderes obreros en el festín del poder público y a impulsar la organización del movimiento obrero mexicano, a cambio de que éste votara por él. Así ocurre que el movimiento obrero se vuelve absolutamente obregonista y, sobre esa base, Morones comienza a realizar su sueño de grandeza personal, sueño que se ve coronado cuando, finalmente, cumpliendo la promesa de Obregón, Plutarco Elías Calles lo nombra Secretario de Industria Comercio y Trabajo de su gabinete. Así, Morones se consagra como el primer gran camaleón de la política posrevolucionaria, pues habiendo empezado como un sindicalista, termina siendo parte integrante del gobierno de la República.

Sin embargo, su triunfo nunca fue completo. Aunque ciertamente su corriente era dominante en la CROM, nunca dejó de haber cierta división, nunca dejó de haber en sus filas personas que se oponían a la estrecha alianza entre Morones y el gobierno y también a la famosa “línea de acción múltiple”, manteniendo en alto la bandera anarquista de que los trabajadores deben dedicarse sólo a la lucha sindical, sólo a la lucha obrera y que, por lo mismo, debían adoptar una actitud de oposición, de rebeldía y de lucha, primero frente a Carranza y, después, frente a Obregón y a Calles.

Es importante y necesario tener en cuenta esta situación de relativa división en el interior de la CROM porque, a la larga, fue la causa de la escisión que casi terminó con ella. En efecto, como lo vamos a ver en las últimas dos pláticas que me propongo darles, fue de aquí de donde surgió el famoso grupo de los cinco lobitos (Fidel Velázquez, Jesús Yurén, Fernando Amilpa, Alfonso Sánchez Madariaga y Luis Quintero) que se desprende de la CROM y que, junto con Vicente Lombardo Toledano, van a fundar la CTM. Y también de esta matriz surgieron las otras centrales, a las que ellos mismos llamaron “centrales de bolsillo”, como la CROC, la FROC y otras semejantes.

Desde luego que nosotros, compañeros, nos vamos a centrar en las organizaciones principales. Ya vimos el nacimiento de la CROM y su actuación política; vamos a ver en seguida el surgimiento de la CGT, central que fue organizada por los comunistas mexicanos; veremos luego la CTM y, probablemente, algunas de las centrales de bolsillo, y allí daremos por terminado este ciclo de conferencias. Lo que pretendo es que quedemos situados, ya, prácticamente, en la actualidad del movimiento obrero mexicano; que sepamos de dónde surgió la CTM, por qué surgió, qué línea sindical y política defiende, quiénes la sostienen, quiénes la respaldan, a quién sirve esa alianza total entre líderes obreros y gobierno que, junto con los patrones, tienen sometido al movimiento obrero mexicano.

Alguna vez les dije esto: la sujeción casi total del movimiento obrero mexicano a los patrones y al gobierno no surgió ayer ni es sólo el fruto de la maldad o el capricho de Fidel Velázquez. Es el resultado necesario, y tal vez inevitable, de todo el desarrollo histórico de la clase obrera mexicana y, por eso, derrotar al charrismo no es cosa sencilla. Es enfrentarse, ni más ni menos, que a la herencia de la Revolución Mexicana en el terreno obrero, lo cual quiere decir que es enfrentarse a todo el sistema económico y sociopolítico surgido de dicha revolución. Es necesario, por tanto, que los obreros lo entiendan así, para que entiendan también que su lucha es histórica, que no es tarea de un sindicato ni de un líder en particular, solos y aislados del resto de los sindicatos y los líderes obreros de todo el país, sino que es tarea de toda la clase obrera que debe luchar unida, firme y férreamente unida por el ideal de sacudirse la maldición histórica que pesa sobre ella desde siempre, para conquistar por fin su independencia ideológica, política y organizativa, que le permita poner sus sindicatos a su propio servicio y no al de los charros, los patrones y el gobierno, que es la nodriza de los otros dos. Pues bien, todo esto sólo será posible cuando conozcamos, aunque sea a grandes rasgos, la génesis y el desarrollo de la situación que guarda el movimiento obrero mexicano en la actualidad. Tal es la meta y el propósito de las actuales conferencias.

Retomemos el hilo central de la cuestión. Decía yo que la división dentro de la CROM, aunque atenuada por momentos, siempre existió; que había críticas e inconformidades contra Morones, el cual, por su parte, tenía plena conciencia de que la formación del Partido Laborista Mexicano había sido una trampa, una traición a sus viejos amigos y correligionarios de la Casa del Obrero Mundial. Ante esta situación, para garantizar el control absoluto tanto de la CROM como del Partido Laborista Mexicano, y tener con ello suficiente poder de negociación tanto con el Secretario del Trabajo como con el propio Presidente de la República, Morones y su equipo idean lo que, en esencia, es ya el charrismo sindical actual. ¿Cómo se da este proceso? Si nosotros, decía Morones, seguimos la tradición heredada de la Casa del Obrero Mundial (una tradición verdaderamente democrática, que escuchaba la opinión de la base trabajadora, que convocaba en tiempo y forma las asambleas ordinarias y extraordinarias, que respetaba el derecho de opinión y de disidencia, que garantizaba el uso irrestricto de la palabra a quién lo solicitara, que resolvía los asuntos mediante la emisión libre del voto y el sometimiento de las minorías a las mayorías, etc., etc.), vamos a terminar por perder el poder, porque la verdad es que hay mucho descontento, tanto por la forma en que viene funcionando la CROM como por la creación del Partido Laborista.

No nos queda más remedio, entonces, que manejarnos con un sistema doble, con un mecanismo que sea una democracia en la forma pero una dictadura, la dictadura de los líderes, en el terreno de los hechos. Para lograr esto, aconsejó Morones, seguiremos manteniendo la ficción de las asambleas, de los debates “libres”, del respeto a la disidencia, de la resolución de todos los asuntos por votación; pero, paralelamente, vamos a formar un grupo reducido con los más firmes, los más experimentados y los más fieles, que será el que, en la práctica, controle los hilos del poder y tome las decisiones verdaderamente importantes. Al frente de dicho grupo quedaría, naturalmente, el propio Luis N. Morones.




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