MOVIMIENTO ANTORCHISTA


 
 
 
 
.:: CONFERENCIAS OBRERAS ::.

SEGUNDO TOMO/ CONFERENCIA 28
La Unión Nacional de Trabajadores y la verdadera alternativa de los trabajadores mexicanos

PRIMERA PARTE

Mayo de 1998

Compaņeros Obreros: 

Desde hace ya varios años el Movimiento Antorchista ha querido, y así lo ha venido haciendo en la medida de sus posibilidades, celebrar el Primero de Mayo de una manera más acorde con el espíritu revolucionario que animó a sus iniciadores, con su carácter de jornada de lucha decidida en defensa de los intereses inmediatos e históricos de los trabajadores, con el espíritu clasista de lucha de los oprimidos en contra de sus opresores que es el auténtico propósito para el que fue creado, con el fin de hacer de esta importante fecha un instrumento eficaz para la educación y el desarrollo del movimiento obrero en nuestras filas.

En todas las ocasiones anteriores hemos insistido, como a muchos de ustedes les consta, en el significado revolucionario y clasista del Primero de Mayo. Hoy, nuevamente quiero subrayar, aunque sea en forma breve, este significado, este contenido, para contrarrestar, aunque sea en escala modesta, la manipulación reaccionaria que, en el mundo entero, se viene haciendo desde siempre de esta fecha, transformándola de jornada de lucha que fue en su origen en “fiesta mundial” de los trabajadores.

Fue en el siglo pasado (siglo XIX), que el movimiento obrero mundial adquirió por primera vez la importancia y la magnitud que, esencialmente, conserva hasta nuestros días. Esto como consecuencia directa del desarrollo que en este mismo siglo alcanzó la gran industria, o, lo que es lo mismo, el capitalismo industrial, que es el generador involuntario de la clase obrera moderna por ser el que necesita del trabajo asalariado, de la mano de obra asalariada, para fabricar los productos que luego lleva al mercado para materializar su ganancia, que es la única y verdadera razón de su existencia.

En sus inicios, los trabajadores del mundo eran una clase social absolutamente sometida a los patrones, es decir, a los dueños de las fábricas, de las máquinas y del dinero, en razón de que eran éstos (y son) quienes les pagaban el salario con el que solventaban las necesidades más apremiantes de su familia. Esta situación de total sometimiento se manifestaba, como lo hemos dicho muchas veces, en una carencia absoluta de derechos y de libertades para el obrero, en una absoluta imposibilidad del mismo para reclamar mejores salarios, mejores condiciones de trabajo, límite a la jornada laboral y mejores condiciones de vida en general.

En esos mismos inicios, la clase capitalista buscaba incrementar su utilidad exclusivamente mediante la explotación extensiva de la mano de obra. En consecuencia, su interés fundamental se centraba en prolongar la jornada de trabajo el mayor tiempo posible, y en reducir, por tanto, en la misma proporción, el descanso de los trabajadores. Dicho de otro modo: los capitalistas del siglo XVIII y del siglo XIX no investigaban maneras refinadas de explotar al obrero; lo hacían de manera directa, brutal, simplemente prolongando la jornada de trabajo, como acabamos de decirlo, hasta el límite de la resistencia física de los asalariados. Así, los obreros prácticamente vivían dentro de las fábricas; su tiempo libre era un fracción mínima de las 24 horas de que consta el día; las jornadas se prolongaban 16, 18 y hasta 20 horas, con la consiguiente multiplicación de los accidentes de trabajo, de las enfermedades profesionales y el acortamiento de la vida útil (y de la vida a secas) del trabajador.

Junto con esta explotación extensiva de la mano de obra se da también, y por los mismos motivos, el problema de los bajos salarios. Antes como ahora, a los patrones no les interesaba, en lo fundamental, ni la salud ni el bienestar físico y material de los trabajadores, ni mucho menos su bienestar espiritual, salvo en la medida en que contribuían a un mejor rendimiento en su trabajo. Lo único que a ellos les ha interesado siempre es obtener la máxima ganancia que permitan las circunstancias, y es obvio que ésta aumenta en la misma proporción en que disminuyen los salarios. Por eso, aunque sabían perfectamente que las largas jornadas de trabajo y los bajos salarios traían como consecuencia inevitable el acortamiento de la vida útil del obrero, ello no les preocupaba mayormente. Su filosofía originaria consistía, más que en prolongar la vida del trabajador, en recambiar la planta laboral lo más rápidamente que fuera posible: el obrero envejecido, agotado, inservible, era botado a la calle sin ningún miramiento, condenándolo así al desempleo, a la miseria, a la mendicidad y al desamparo, y era sustituido de inmediato por obreros jóvenes. Esta política inhumana y brutal de despilfarro de la vida y de las capacidades productivas del hombre, sólo era posible gracias a la capacidad reproductiva de la clase obrera. Era esta capacidad suya la que permitía (y permite todavía) reemplazar con obreros jóvenes la planta laboral de una fábrica, con la misma velocidad con que se desechaba a los obreros viejos. De ahí su nombre de proletarios.

La vida del obrero en estas condiciones era, más que difícil, infernal. Trabajaba mucho, descansaba poco, no reponía sus fuerzas por falta de sueño y de una alimentación adecuada, se vestía de harapos, se calzaba con materiales de ínfima calidad que no lo protegían del frío ni de la humedad, vivía hacinado en pocilgas inmundas y malolientes y su familia, como él, estaba condenada a la más espantosa de las miserias, con el consiguiente sufrimiento moral para el jefe de la misma (cualquier parecido con la situación actual es mera coincidencia). Esto trajo otra consecuencia, más terrible que las anteriores si cabe, que consistió en lo siguiente: los obreros se vieron obligados a emplear, a la edad más temprana posible, a sus propios hijos. Para poder compensar en algo sus bajos salarios, los lanzaban al mercado de trabajo a los 8 años y, a veces, incluso, a menor edad todavía. Así, la explotación del trabajo infantil fue otra característica verdaderamente monstruosa, verdaderamente repugnante, pero íntimamente relacionada con su naturaleza intrínseca, del capital en sus inicios.

Ya en otras ocasiones hemos comentado, siguiendo a los historiadores más responsables del movimiento obrero internacional, que los patrones de aquella oscura época contrataban personas especiales, capataces rigurosamente entrenados, cuya exclusiva tarea consistía en visitar los domicilios obreros por la madrugada con el único propósito de despertar al trabajador, y sobre todo a sus hijos pequeños, látigo en mano, mismo que usaban sin ningún miramiento en caso necesario. Esto era así porque, dada la larga jornada y lo corto del descanso, tanto el obrero como sus pequeños hijos no podían despertarse por sí mismos, se quedaban involuntaria pero irremediablemente dormidos, y era necesario levantarlos a latigazos. Se daba el caso incluso, como también lo hemos dicho con anterioridad, de niños que se quedaban dormidos frente a la máquina y, muchas veces, muertos de agotamiento por la intensidad del trabajo.

Especial mención merece, por su similitud con la actualidad, el problema de la vivienda obrera. Eran habitaciones de una sola pieza que hacían las veces de recámara, cocina y comedor, todo en uno. En ellas se hacinaban seis, ocho, diez y más personas, que realizaban ahí todas sus necesidades vitales. Se trataba de verdaderos cuchitriles, sucios, malolientes, sin agua corriente, sin ventilación, sin servicios, en los cuales la falta de espacio y de oxígeno suficientes para todos sus moradores eran otros tantos tormentos que no permitían al obrero y a su familia vivir sanamente, y menos descansar y reparar las fuerzas que exigía la jornada del día siguiente. Por tanto, no sólo en la fábrica, sino también en el propio hogar, la vida del obrero era un verdadero infierno. Todo esto provocaba que su salud se tornara sumamente frágil, aún cuando, por su edad, no debiera ser así Por eso, en los inicios del capitalismo, los obreros y sus hijos morían como moscas; morían de la manera más inhumana y también de la manera más rápida, sin que nadie hiciera nada serio para paliar semejante estado de cosas y sin que ellos mismos tuvieran a mano un recurso verdaderamente eficaz para defenderse de estas terribles injusticias.

Fue esta situación, tal como lo hemos señalado con anterioridad en repetidas ocasiones, y no la mala cabeza de los agitadores profesionales, como decían y dicen los aliados y defensores del capital, la que, lenta pero inexorablemente, fue orillando a los obreros más jóvenes, a los más inteligentes, a los más audaces, a los más valientes y decididos, a tratar de encontrar un camino y una herramienta de lucha eficaz para defenderse de los abusos de los patrones, para contrarrestar, aunque fuera en una mínima escala, el dominio absoluto e inhumano de los capitalistas sobre los trabajadores y sus hijos.

Esta búsqueda no fue sencilla, ni de corta duración, ni estuvo exenta de fracasos y retrocesos, como también lo hemos dicho en alguna otra ocasión. Fue larga, difícil y compleja; pasó por varias etapas, algunas de las cuales, por su ingenuidad y evidente carácter erróneo, hoy nos sorprenden a los que intentamos estudiar la historia de este heroico proceso. Un ejemplo de esto último lo constituye la época en que los obreros creyeron que las responsables de la pobreza y de las difíciles e inhumanas condiciones en que vivían, ellos y sus familias, eran las máquinas, por la sencilla razón de que a cada introducción de una nueva máquina, más perfeccionada, en la fábrica, en el proceso de producción, le seguía inevitablemente una verdadera ola de despidos, que dejaban a decenas de familias en el más completo desamparo. La máquina desplazaba al obrero, le robaba la oportunidad de desempeñar un trabajo y devengar un salario con el cual mantener a su familia. Por esta razón, los trabajadores le declararon una guerra sin cuartel. Armados de palos, piedras, tubos o lo que encontraran a su paso, la emprendían en contra de ellas hasta dejarlas inservibles, destrozadas, convertidas en verdadera chatarra, con lo cual no sólo quedaban desempleados sino que, además, en no pocas veces, iban a dar con sus huesos en la cárcel, acusados de daños en propiedad ajena. Esta época, que es la más remota, el intento más antiguo de los obreros por defenderse organizadamente, se conoce como la fase ludita o ludista del movimiento obrero, y se caracteriza porque los trabajadores, equivocadamente, luchaban contra la máquina en vez de hacerlo contra el patrón.

A la fase ludita siguieron otros intentos igualmente fallidos: el cartismo, el mutualismo, el cooperativismo, etc., hasta que, finalmente, en el siglo XIX, encuentran una forma más eficaz de organizarse, que es la que persiste hasta el día de hoy. Esta forma de organización y de lucha, descubierta como ya dije después de muchos años y de muchos ensayos fallidos, de muchos sacrificios, de mucho sudor e incluso de mucha sangre, no es otra que la de los sindicatos, la del movimiento sindical moderno. Así pues, el sindicalismo es la etapa última y más avanzada, el fruto más acabado del movimiento obrero mundial, en su búsqueda incesante de un instrumento capaz de defenderlo eficazmente del abuso de los patrones y de permitirle alcanzar condiciones de vida más humanas, menos infames y menos embrutecedoras, para él, para su mujer y para sus hijos.

En el principio, este instrumento recién descubierto fue un arma realmente efectiva. Con ella y a través de ella, los obreros se defendían y obtenían mejoras tales como incremento del salario, ropa de trabajo, tiempo suficiente para tomar sus alimentos y mejores condiciones de salubridad en las fábricas. Pero la conquista más importante, aunque quizás la más tardía de todas, conseguida gracias a la nueva forma organizativa de los obreros, fue la jornada de ocho horas. Esto último, sin embargo, no fue nada fácil ni rápido. En alguna ocasión anterior les he dicho que esta jornada, que ahora nos parece “normal” y “natural” y que, por lo mismo, no nos causa ya ningún asombro ni nos mueve a admiración y aplauso, es en realidad el resultado de una batalla de clase que duró decenas de años, más de un siglo, tiempo en el cual miles de obreros dieron su tranquilidad personal, su empleo, su libertad e incluso su vida, para que los asalariados de hoy pudieran disponer de más tiempo libre para el descanso y para dedicarse a sus hijos.

Desde los albores mismos de la lucha organizada, la demanda principal del movimiento obrero, junto con el incremento del salario, fue la reducción de la jornada de trabajo. Esta demanda, que al principio fue planteada en forma vaga y en magnitud variable según el lugar y la rama industrial de que se tratara, con el tiempo y a fuerza de repetirse en cada fábrica y en cada lugar, terminó por cobrar una expresión clásica y unificada: se llamó “la demanda de los tres ochos”. El nombre provino del hecho de que los obreros exigían que las 24 horas de que consta el día se dividieran en tres partes iguales de ocho horas cada una: ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso y ocho horas de sueño. La demanda era de tal actualidad y urgencia que rápidamente conquistó la simpatía de la clase trabajadora entera, y los obreros de todo el mundo se aglutinaron en torno a la misma. Pero, contra lo que pudiera sugerir el apoyo masivo que recibió, la verdad es que tuvo que enfrentar durante mucho tiempo la insensibilidad, y sobre todo la desmedida codicia, de los patrones, y requirió de toda la tenacidad, valor y espíritu de sacrificio de muchas generaciones de obreros para que, finalmente, a principios del siglo XX, es decir, más de tres siglos después del nacimiento del capital, finalmente los capitalistas accedieran a reducir la jornada de trabajo a ocho horas. De todos modos, con ésta y con las demás conquistas referidas, queda demostrado que, como dije hace un momento, el sindicalismo fue en sus orígenes un arma de lucha eficaz, que logró conquistas importantes para la clase obrera.

Como todos sabemos, el esfuerzo por conseguir mejores condiciones de vida no se ha detenido en la jornada de ocho horas y los incrementos salariales. Se ha peleado y obtenido otras prestaciones de gran importancia (algunas de las cuales son de reciente vigencia) tales como el derecho de huelga, el derecho a la contratación colectiva, el derecho a la revisión periódica de los salarios y de los contratos de trabajo, el pago de horas extras y de los períodos vacacionales, indemnización por despido injustificado y el derecho al sueldo por jornada de trabajo y no por horas, derecho que, por cierto, en los días que corren, se intenta echar abajo en perjuicio de los trabajadores. Junto con estas prestaciones se ha conquistado algunas otras que, sin ser parte de la columna vertebral del movimiento obrero, juegan un papel fundamental en el nivel de vida y el bienestar de sus miembros, tales como el derecho a la calificación del obrero mediante cursos de actualización, el derecho a la vivienda, a la medicina, a la jubilación, el derecho a recibir equipo de trabajo, el derecho a recibir ropa y calzado adecuados a la actividad que se desempeñe, y algunas otras conquistas que ustedes, por ser trabajadores, conocen mejor que yo.

El movimiento sindical, pues, insisto, le ha rendido algunos beneficios importantes a los trabajadores, pero también es un hecho bien conocido (y éste es un momento adecuado para recordarlo) que, desgraciadamente, con el correr de los años, los líderes de dicho movimiento, en la mayor parte del mundo, han abandonado sus posiciones de combate en favor de las demandas genuinas y de los intereses más sentidos de sus compañeros, es decir, han traicionado a la base obrera para pasarse al lado de los poderosos, de los patrones y los gobiernos, de quienes detentan el poder económico y político, a cambio de recibir prebendas, canonjías y puestos de poder. Este proceso de corrupción y descomposición del sindicalismo mundial tiene su origen y su explicación, paradójicamente, en la naturaleza misma del organismo de clase, en la eficacia de que hablábamos hace un momento para oponerse a la dictadura de los patrones y para arrancarles las demandas de sus representados. En efecto, ante las victorias de la lucha obrera encabezada por sus sindicatos, a los dueños de las fábricas y a sus representantes en el gobierno les fue quedando claro que un sindicalismo auténtico, encabezado por líderes honestos y representativos de sus bases, realmente dispuesto a todo para conquistar las demandas de sus agremiados, era una piedra en el zapato y un auténtico agujero en el bolsillo de los capitalistas.

Ciertamente que, ante un sindicalismo independiente, democrático y combativo, los dueños del capital no tienen más remedio que cumplir puntualmente con sus obligaciones legales tales como revisión puntual de los salarios y los contratos colectivos de trabajo; el pago de horas extra, vacaciones, aguinaldo e indemnización en caso de despido injustificado; entregar equipo, ropa y calzado adecuados a la tarea de que se trate; pagar sus cuotas al Seguro Social y al Fondo para la Vivienda de los Trabajadores; respetar los incrementos salariales y todas las demás prestaciones pactadas en el contrato colectivo; en fin, tienen que realizar una serie de desembolsos en beneficio del trabajador que de ninguna manera les resulta agradable cumplir. Lo consideran demasiado.

Justamente por todo esto, por todo lo que significa en dinero contante y sonante un sindicalismo realmente representativo de los intereses de sus bases, es que llegó el momento en que acabar con ese tipo de organizaciones se convirtió en el objetivo central de los patrones y el gobierno, en una verdadera obsesión, en un asunto de vida o muerte para ambos aliados y consortes. Y comenzaron a mover sus hilos, sus resortes y sus influencias; comenzaron a exigir a sus asesores, consejeros e ideólogos, que inventaran un camino, una vía, un recurso, legal o ilegal, para acabar de una vez por todas con ese molesto interlocutor, o, cuando menos, para neutralizarlo a tal grado que quedara convertido en un simple espantajo totalmente inocuo, totalmente carente de fuerza y de posibilidades reales para cumplir con su cometido original, en algo que, en vez de ser un escudo para la defensa de los trabajadores, fuera un instrumento dócil al servicio de los intereses de los patrones.

Desgraciadamente, como ustedes saben, los esfuerzos de los patrones, diligentemente apoyados por las estructuras de gobierno, fueron coronados por un éxito casi completo, es decir, finalmente encontraron la manera de volver en contra de los trabajadores el arma que ellos mismos habían creado para su defensa. ¿Cuál fue ese camino? Muy sencillo: impedir que los obreros eligieran, para encabezar sus sindicatos, a verdaderos líderes independientes, honestos y combativos, realmente comprometidos con la defensa de los intereses de los trabajadores, y colocar en su lugar a dirigentes espurios, corruptos y venales, dispuestos siempre a vender a sus compañeros por una canonjía, un “hueso” o un puñado de monedas. Para lograr todo esto, bastó con hacer nugatoria la democracia sindical, con prostituirla, con impedir su ejercicio libre y autónomo por parte de los trabajadores, convirtiéndola en un puro formalismo, en una manipulación descarada de la voluntad de los obreros, en una comedia vergonzosa controlada tras bambalinas por los capos de la mafia sindical, de la cual se sirven gobierno y patrones cada vez que quieren imponer un nuevo “líder sindical”, más servil y corrupto que los anteriores. Para consolidar su control, patrones, gobierno y líderes corrompidos, todos de común acuerdo, han creado leyes represivas y confiscatorias de los derechos básicos de los obreros, han perfeccionado mañas y trampas para obstaculizar el funcionamiento democrático de los sindicatos al interior de las fábricas, y han creado grupos de golpeadores para reprimir violentamente todo brote de descontento y todo intento serio por reconquistar la democracia perdida. Así, la alianza antisindical no sólo tiene abierto el camino para impedir la elección democrática de líderes genuinos, sino también para imponer “representantes” totalmente sometidos a sus intereses. De ese modo queda concluida la faena de neutralizar a los sindicatos como instrumento de defensa de los intereses obreros y su transformación en serviles instrumentos de la política del gobierno y los dueños del dinero.

Desde el momento en que las fuerzas antiobreras encontraron la manera de neutralizar a los sindicatos impidiendo la elección de dirigentes representativos, nace a la vida pública el fenómeno, que no es exclusivo de México sino que existe y opera en el mundo entero, pero que aquí, en nuestro país, recibió su bautizo de fuego, que todos conocemos como “charrismo sindical”. El “charrismo”, pues, en su esencia, no es más que el hecho de que los líderes sindicales no son elegidos libre y democráticamente por los propios obreros, sino que son impuestos por las mafias corruptas incrustadas en los sindicatos, firmemente respaldadas por el gobierno y los patrones, y que responden incondicionalmente a los intereses de estos últimos. Se trata de un sindicalismo espurio, de un sindicalismo falso, de un sindicalismo que ya no responde a los propósitos iniciales de los trabajadores; que muy lejos de ser un escudo que los defienda, que se interponga entre el trabajador y quien lo explota, se ha transformado en un elemento más de dominación que se suma a los ya existentes, que se incorpora, como un eslabón más, a la cadena que mantiene a los trabajadores firmemente aherrojados y atados a la voracidad, al hambre insaciable de ganancia de los dueños del capital. Así, los obreros saben que “charros”, gobierno y patrón forman una mafia, una alianza indisoluble que, en perfecto acuerdo, jinetean los intereses del trabajador y lo mantienen sumido en condiciones verdaderamente deplorables que no son, desde luego, las condiciones que quiere y necesita el trabajador de México y del mundo.

Esta situación, que ustedes conocen mejor que yo por ser obreros, es, probablemente, el problema central, el problema medular al que se enfrenta el movimiento obrero contemporáneo; constituye, por decirlo así, el nuevo reto, el nuevo problema a resolver por parte de los trabajadores del mundo. Hoy, todo trabajador, todo político o todo simple ciudadano que se interese por las cuestiones fundamentales de su país, y que se considere partidario de la justicia, de la equidad y del progreso, se plantea irremediablemente la pregunta de qué hacer, cómo hacer, para que los obreros reconquisten nuevamente sus sindicatos, para que vuelvan a tener el derecho inalienable de elegir libremente a sus mejores hombres, a los más limpios, a los más inteligentes, a los más consecuentes en la defensa de los intereses de su clase. La cuestión es de tal importancia que se ha convertido en piedra de toque para colocar a hombres y organizaciones a la derecha o a la izquierda del espectro político.

El problema no es de ninguna manera sencillo. Todos sabemos que, en la actualidad, obrero con conciencia de clase y con espíritu de lucha, es obrero que no dura mucho en la fábrica. Más tardan en descubrirlo los “perros de oreja” que en ser despedido. Y es despedido, casi siempre, en abierta violación de la ley, lo cual es un indicio inequívoco de que la injusticia se comete con la aprobación del gobierno y de los jueces encargados de aplicar dicha ley. Y no puede ser de otro modo, ya que las tres fuerzas coaligadas, “charros”, gobierno y patrones, coinciden en el propósito de quebrarle la espina dorsal al sindicalismo independiente mediante el recurso de descabezarlo, corriendo sin ningún miramiento a todo el que intente convertirse en abanderado de la causa democrática. El despido fulminante e injustificado de los obreros con madera de auténticos líderes persigue dos fines evidentes: descabezar preventivamente al movimiento y amedrentar al resto de los obreros. Es una manera de decirles a quienes permanecen dentro de la fábrica: “Mírense en ese espejo. Ese es el destino que le espera a todo aquel que intente seguir el ejemplo del agitador que acabamos de lanzar a la calle”. Y la medida, casi siempre, produce los efectos deseados. Los obreros, con justificada razón, se amedrentan, se amilanan, se agachan y siguen soportando la dictadura de los “charros” en virtud de que necesitan el trabajo, necesitan el salario para mal vivir junto con su familia. He aquí por qué muchos han llegado a la conclusión de que la reconquista de la democracia desde dentro, gracias a la lucha conciente de los propios obreros, es una tarea prácticamente imposible.

Insisto en que el problema no es sencillo ni es algo que pueda resolverse de la noche a la mañana. Al igual que el propio descubrimiento del sindicalismo, es una cuestión de carácter histórico y político, pero, a diferencia de lo que ocurrió con aquel, éste es algo mucho más complicado. Y es así porque en él intervienen dos factores nuevos que no se hallaban presentes en la lucha por descubrir la organización sindical. Esos factores son la capacidad manipulatoria y porril de los “charros” y las exigencias derivadas del carácter propio de la fase de desarrollo del capitalismo que nos ha tocado vivir. Detengámonos sobre todo en este último punto.

A ustedes les consta que, en los días que corren, se ha puesto de moda hablar de “la globalización de la economía mundial”, de “la mundialización del comercio”, de que está próximo el día en que se borrarán las fronteras nacionales para permitir la libre circulación de mercancías, capitales e incluso personas, esto es, mano de obra entre otras cosas, que podrá desplazarse de un país a otro para ubicarse en donde encuentre mejores condiciones de trabajo. (Diré, de paso, que yo soy de los que piensan que los capitalistas y sus personeros políticos no están pensando en la libre circulación de las personas, porque en ese caso se generaría una verdadera avalancha migratoria de los trabajadores de los países pobres, con altas tasas de desempleo y bajos salarios, hacia los países ricos y con salarios más decorosos, lo cual generaría un verdadero problema social en estos últimos, problema que no desean ni consideran su obligación enfrentar. Pero sí creo que hay toda la intención de derribar las fronteras nacionales de los países económicamente rezagados— que son verdaderas barreras defensivas para brindar cierta protección a su industria y a su comercio— con el fin de que los económicamente poderosos puedan invertir sus capitales en donde obtengan mejores utilidades, y también para poder inundar al mundo con sus mercancías sin tener que pagar ningún tipo de arancel, sin tener que cubrir ningún requisito legal, para obtener, también por esta vía, la mayor utilidad posible).

Esta apertura de las fronteras está planteando a los capitalistas (y a los productores en general) de los países llamados eufemísticamente “en vías de desarrollo”, un reto formidable que consiste en tener que enfrentar, en sus propios dominios, una poderosísima competencia que no tenían hasta hace unos cuantos años. En efecto, hasta antes de que se comenzara a hablar de “globalización”, todos los países del mundo, y por tanto México también, contaban con mecanismos adecuados para regular, controlar y limitar, de acuerdo con sus intereses nacionales, el ingreso de mercancías y capitales provenientes del extranjero. En particular, el gobierno impedía la entrada de bienes y servicios similares a los producidos en el país, es decir, no permitía que la mercancía extranjera entrara a competir con la de origen nacional y, de esa manera, evitaba que el fabricante local se viera en crisis por no tener mercado para sus productos. Fuera mediante la imposición de aranceles o mediante barreras de carácter jurídico que reglamentaran la importación de ciertas mercancías, los gobiernos nacionales protegían a los industriales, a los productores del país, de la competencia ruinosa que le podían acarrear los productos provenientes del exterior. En México, como en casi todos las naciones del llamado “tercer mundo”, esto trajo como consecuencia que, durante muchos años, los mexicanos nos viéramos obligados a comprar las mercancías fabricadas o producidas en el país, fueran caras o baratas, buenas o malas, duraran o se acabaran en unos cuantos días, simplemente porque no había de otras, porque en el mercado no existían otras similares que les hicieran competencia.

Teniendo así garantizado el mercado para su producción, los hombres de empresa mexicanos se podían dar el lujo de trabajar con maquinaria vieja, obsoleta e ineficiente, que producía mercancía cara y de mala calidad; podían permitirse producir con costos por encima de la media mundial, y, por tanto, vender a precios también por encima del promedio mundial, seguros de que siempre encontrarían compradores por la falta de competencia. La consecuencia directa de esto fue que nuestro aparato productivo se rezagó en todos los aspectos: tecnología, organización interna del trabajo, productividad, controles de calidad, etc., y, por tanto, perdió competitividad en cuanto a calidad y precios. El aparato productivo se volvió parasitario, incapaz de sobrevivir en un medio competitivo, es decir, que sólo se sostenía, en realidad, gracias al carácter cerrado de nuestra economía.

Como era lógico esperar, el aparato productivo arrastró consigo al obrero mexicano, el cual también se rezagó en relación con el obrero mundial. No tenía necesidad de elevar su educación porque las máquinas viejas con que trabajaba podían ser manejadas, incluso, por un analfabeta, por alguien que no supiera leer ni escribir; no se capacitó para trabajar en las llamadas industrias de punta, es decir, en las industrias dedicadas a la fabricación de maquinaria, sencillamente porque tales industrias no existían en el país; tampoco se hizo experto en el manejo de maquinas sofisticadas, de esas que requieren mucha habilidad, precisión y concentración del obrero, para garantizar un óptimo funcionamiento y resultados económicos satisfactorios. Nuestros obreros ganaban (y ganan) poco, en parte cuando menos, justamente porque su trabajo era relativamente simple, es decir, no era un trabajo complejo, potenciado, que es el que vale más.

¿Cómo modifica esta situación la famosa “globalización mundial”? Recordemos que ahora, como decía yo hace un momento, los países pobres están perdiendo la posibilidad de proteger a sus propios productores de la competencia proveniente de las naciones ricas y poderosas, como los Estados Unidos, por ejemplo; que están siendo obligados a abrir sus fronteras mediante la eliminación de los aranceles compensatorios, que encarecían los productos extranjeros y los hacían menos competitivos; mediante la supresión de cualquier reglamentación restrictiva para la importación de mercancías, aun de aquellas que se producen en el país en cuestión; incluso se está echando mano del contrabando calculado, que busca hacer quebrar a los productores locales para que, una vez logrado esto, no quede más remedio que sustituir sus productos con mercancía importadas. Se trata, en una palabra, de allanar totalmente el camino a la libre circulación de mercancías y capitales provenientes de las naciones más poderosas, aun cuando ello provoque la quiebra de los productores nacionales. En particular, hay que tener bien claro que la libre circulación de capitales implica, entre otras cosas, que las grandes empresas trasnacionales ya no tendrán obstáculos de ningún tipo para instalarse en cualquier país del “tercer mundo”, como el nuestro, que sus dueños elegirán según su conveniencia. Esto quiere decir que pronto nos veremos invadidos por fábricas y negocios mucho más modernos, mucho más poderosos económica y tecnológicamente que los que conocemos hasta ahora, con tecnología de punta, con maquinaria sofisticada, con una organización interna muy eficiente, que van a requerir, por lo tanto, de mano de obra en general altamente calificada para su manejo.






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