Ciudad de México/04 de junio de 2010.-“Nü rä va hecöe rä ga ma goö nïhni ge hopi a rä chïda vi rä de be rä hgü, rä hnü”, dice en otomí un joven hidalguense proveniente de la región Otomí-Tepehua. La traducción al español cuenta la historia de una vida de abandono, la misma que se refleja en las líneas de un rostro joven que apenas registra 26 años en la frente: “Nosotros nos venimos a manifestar porque no estamos bien en la comunidad, necesitamos agua potable, drenaje y caminos, y una vivienda”.
Bernardino Flores caminó 90 kilómetros por la carretera Pachuca-México, para llegar a la residencia oficial de Los Pinos, en el Distrito Federal, y demandar que su gobernador cumpla con lo que prometió desde el 2007: construir un camino que comunique a San Antonio, su localidad, con la cabecera municipal de Huehuetla.
¿Cuál es tu nombre? “Severiano Natividad. Natividad, así no más, solito, así lo tengo en mi credencial”, nos dice otro indígena que participa en la protesta ante la Secretaría de Gobernación. Ambos indígenas comparten una misma cosa, además del paso ligero y las huellas en los pies de un recorrido desde Pachuca, el dolor en la mirada: la muerte de su compañero Pablo Hernández Medina, quien fue arrollado la mañana de ayer por un autobús cuando se dirigían a la capital del país.
La intención de la caminata solidaria y de justicia social, es pedir la intervención del Presidente Felipe Calderón Hinojosa, para que en su entidad se atienda a los más pobres, ahí donde no han dado solución el gobierno de Hidalgo que encabeza Miguel Ángel Osorio Chong a sus demandas a pesar de un plantón de más de un mes frente a Plaza Juárez.
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Al paso de la protesta se sumó otra exigencia: la de justicia por partida doble, primero para pedir que el gobierno de Osorio Chong los atienda e intervenga en Tlanchinol, municipio en donde decenas de indígenas viven aterrorizados por la violencia desatada del edil Alejandro Bautista, quien ha mandado incluso a amarrarlos y a torturarlos, “por el sólo hecho de pertenecer a la organización Antorcha Campesina”.
La otra demanda es pedir que la muerte de Pablo Hernández Medina no quede impune, pues sus compañeros consideran que el ‘accidente’ fue “premeditado, alevoso”, pues Severiano Natividad recuerda que todo sucedió muy rápido: ellos marchaban a la orilla de la carretera México-Pachuca cuando un autobús se les fue encima.
Así lo recuerda mientras avanza a la altura de la emblemática escultura de El Caballito, en la Alameda Central: “estábamos a 400 metros, los compañeros que fueron atropellados venían atrás, atrás”.
“Por el martirio de los caciques, nos balearon, a siete compañeros los encarcelaron, los sacamos ya con el apoyo de Antorcha”, recuerda el indígena que dejó su comunidad en el estado de Hidalgo, para exigir justicia en la Ciudad de México.
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Severiano Natividad ha participado en movilizaciones en la capital de Hidalgo, pero no en una caminata. Proveniente de la comunidad de Temango, se sumó a esta protesta porque en su localidad no cuentan con doctores para atenderlos. “Cinco años llevamos pidiendo una clínica, agua potable y escuelas”. Los heridos se mueren porque no tiene dinero para sacarlos de su comunidad, en la casa de salud no hay medicinas, solo hay un doctor y 3 enfermeras, su horario es de 8 de la mañana a 3 de la tarde".
Pero el rezago que trata de dibujar con sus manos el indígena, deja entrever que más allá del no acceso a servicios médicos, lo que se vive es una marginación integral, histórica. “No tenemos calles, no tenemos escuelas, los maestros son de preparatoria y los niños no aprender bien”, señala mientras avanza sobre el asfalto con los pies “todo pelados, pero no importa”, su paso sigue siendo firme, al igual que un contingente de 2 mil antorchistas.
Su travesía por una de las ciudades más importantes del mundo no eclipsa su figura que se abre paso entre los grandes edificios que forman el complejo Reforma. Su vida misma ha sido una travesía contra la marginación y el abandono gubernamental, y los abusos de un grupo de caciques que comanda Máximo Hernández González, quienes controlan el abasto y la comercialización de los productos agrícolas de la región.
“No nos dejan entrar a la Antorcha, nos dicen, ‘nomás te vas con la Antorcha y te vamos a correr de tu pueblo”, así habla este hombre con 76 años. Cuenta que la comunidad de Temango se unió a Antorcha hace apenas 4 años, “por el martirio de los caciques, nos balearon, a siete compañeros los encarcelaron; los sacamos ya con el apoyo de Antorcha”.
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Aunque 4 de sus 6 hijos son ingenieros, ellos salieron de la comunidad desde pequeños. Ahora viven en Reynosa, pero algunos de sus nietos heredaron el terror de las arbitrariedades de los grupos caciquiles y del alcalde de Tlanchinol. Sus pasos lo habían llevado a las inmediaciones de la Secretaría de Gobernación. Hidalgo había quedado atrás, Temango todavía más. El recuerdo de volver sin justicia, hizo al otomí levantar la cara, mirar a sus compañeros y levantar el brazo entero ante una multitud que se sumaba a la voz de ¡Osorio, asesino de los campesinos!
Esto pasa con los hidalguenses. En Pachuca lo importante es la impaciencia que empieza a mostrar el gobierno de Miguel Ángel Osorio Chong por la construcción de la obra estrella de su administración, una refinería.
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