Hoy, como desde siempre, la desgracia
se ceba sobre tu atroz miseria.
Los poderosos fingen ayudarte,
pero ya sabemos en que consiste:
hipocresía, pues en verdad no les duele
ni les puede tu dolor, tus muertos.
Los pretéritos siglos son testigos
del daño que hicieron españoles y
franceses; hoy la brutalidad Yankee.
La Española, como bautizaron
a tu Madre Tierra, perdió para
siempre a su aborigen población;
tus antepasados eran más libres
en el continente, pero luego,
en la isla, fueron tratados peor que
los animales de tiro y carga.
Fuiste esclavizado, hoy lo sigues
siendo: tus grilletes no son iguales,
el tiempo les ha dado otra forma.
Pobre entre los pobres del mundo,
rodeada, aislada, por inmenso mar
eres aplastada por el imperio.
Para el capital mundial, la ayuda
al que cae en desgracia no reditúa;
por eso es siempre lenta y mezquina.
Pero, ¡oh!, no fuera para saquear
un gran yacimiento de oro negro
pues el billete verde fluiría sin fin
en caudales sobre el mismo Aqueronte.
Una vez más se multiplica por mil
tu desgracia; pero el bienhechor
futuro, con tus millones de brazos
color ébano como garantía,
fundirá toda clase de cadenas,
y entonces a tu isla ninguna
funesta fuerza volverá a postrar
Ernesto Enciso |