No deseo ni quiero los fardos;
me acaricia y acompaña
un viento de tersos y grandes brazos,
que me alienta en mi campaña.
El sonido que con noble deseo
articulo, penetra y desgaja
el mármol de diamante níveo
que en el hombre humilde se aloja.
El anhelo que en el mundo busco
con afán delirante, casi de loco,
es el anhelo sublime del hombre
que esta allá en la alta cumbre.
Preparo poderosos ventarrones
que limpien en montes y planicies,
en ciudades y pueblos, y en las almas,
lo que en el hombre causa lágrimas.
Ernesto Enciso |