Las familias inundadas fueron
desalojadas del albergue y no reciben ayuda

Delfin Ruiz

LOMA DEL RANCHO, Estado de México, 23 de febrero de 2010.- Mientras el gobierno de la entidad reacciona lentamente ante la emergencia que enfrentan los habitantes de esta comunidad a raíz de la tormenta de hace 20 días, los campesinos hacen sus cuentas y concluyen que su futuro es sombrío, porque el 80 por ciento de la tierra de cultivo de la que dependen ellos y su familia, quedó cubierta por el lodo.

El panorama aquí es desolador, pero habría que decir, de acuerdo con la versión de los mismos labriegos, que es sólo un poco más complicado por los daños que les produjo el aguacero y los vientos que de manera continua azotaron la región del día 1 al 8 de este mes.

Porque, relatan, esta planicie donde tradicionalmente  siembran maíz, de por sí se resiste a aportarles más cosecha que la que logran para el autoconsumo, “pero ahora se nos complicarán las cosas”. Prevén que en la temporada de siembra, el azolve que ahora cubre unas cien hectáreas se reblandecerá y no permitirá ni siquiera el acceso a las parcelas.

El campo quedó convertido en una enorme laguna de fango que también cubrió parcialmente casas y corrales, y sepultó al menos 20 borregos y otros animales domésticos que arrastró la fuerte corriente.

En cambio, el torrente trajo al poblado una cantidad generosa de víboras de cascabel que mantienen aterradas a las cien familias diseminadas en la ranchería, y cuyas casas, si bien algunas se salvaron del lodazal, sufrieron inundaciones y fracturas en los muros.

LA “SALIDA”

Los campesinos, que se han organizado para auxiliarse en el rescate de sus pertenencias, analizan la situación y prevén que sus penurias de ahora “no son nada en comparación con lo que viene”, admite Ernesto Domínguez García. Detalla: “¿qué vamos a comer si no podremos sembrar? ¿Vamos a esperar que el Presidente Municipal nos ayude, como nos ayudó ahora mandando quitar el albergue que había en la iglesia?”.

Domínguez García es uno de los trabajadores más indignados cuando refiere que José Rangel Espinosa, el alcalde del municipio de San José del Rincón, al que pertenece esta localidad, “nos ha tratado peor que a perros”.

La familia de don Juan Domínguez Mateo confirma el dicho: en el albergue habilitado en la iglesia local, donde se refugiaban 70 personas, la dieta determinada por personal auxiliar del Ayuntamiento, se redujo a “chicharrón frío, frijol crudo y una rebanada de  pan bimbo”. Aun así, el refugio temporal les permitía proteger a los niños, pero la irritación se propagó el 15 de febrero cuando fue desmantelado sin previo aviso.

 

Los campesinos inconformes  asumen que, de hecho, el templo fue utilizado por el Ayuntamiento como zona de confinamiento debido a las diferencias políticas que mantienen con el alcalde Rangel Espinoza.

Afirman que durante una semana a nadie se le permitió salir del albergue, pero que fue a raíz de que un vecino se escapó en la madrugada para dar aviso a la organización Antorcha Campesina (a la que pertenecen) de la situación que atravesaban, cuando la iglesia habilitada como asilo fue desalojada.


LOS DAÑOS VISIBLES… Y LOS OCULTOS

En medio de su desolación y de una lluvia pertinaz, con temperatura ambiental de un grado centígrado, las familias se reúnen para organizar la ayuda mutua, calcular de nuevo las pérdidas y establecer más estrategias para solicitar ayuda institucional efectiva que hasta ahora –repiten- se concretó a ropa usada, tres láminas para cada casa y una carretilla.

Para esta congregación de mexiquenses tradicionalistas, los daños materiales son los visibles y los que “posiblemente tengan arreglo”.

Pero los más graves, para ellos, “son los que no se ven, los del ánimo golpeado y la dignidad arrastrada por autoridades insensibles”, comenta Ana Claudio García, dirigente del Movimiento Antorchista en San José del Rincón, organización dentro de la cual la mayoría de los campesinos gestionan, cada vez con más dificultad debido a la “resistencia” de las autoridades, los apoyos para campear la crisis, representada además por decenas de niños enfermos y expuestos a más perjuicios debido al terrible frío.

De las pérdidas materiales da cuenta precisamente don Juan Domínguez Mateo, pionero de Loma del Rancho y quien relata que en 60 años que tiene de vivir aquí, “jamás nos había ocurrido algo parecido”, sobre todo por una inusual tormenta que “nos va a terminar de fastidiar la vida”, comenta con preocupación.

La lluvia y los intensos vientos derrumbaron gran parte de su casa y produjeron fisuras en los gruesos muros de adobe.

Don Juan, sin embargo, se jacta de haber corrido con “suerte”, porque a don Librado Sánchez la tormenta provocó que su casa fuera involuntariamente invadida por una capa de metro y medio de lodo. En el muro de la parte trasera debió hacer un enorme hueco por el que intentó sacar algunas pertenencias.

Fatalidad similar enfrentan las casas de Ignacio Cruz Ramírez y de Rafael, Raúl y Javier Sánchez, hermanados ahora más que nunca ante la desgracia de saberse sin techo, al igual que otras 30 familias.

Aun así, les consuela que “al menos el gobierno del estado va despacito” en la atención a sus peticiones de ayuda, pero deploran que el municipal, con el que se prodigan especial resentimiento, “ni siquiera camina”.