La talla de Lechuguilla; símbolo de  olvido
y marginación en el semidesierto potosino

Por Santiago Cano
06 de diciembre de 2010

Villa Hidalgo. SLP, 01 diciembre 2010. Entre tierra seca, decenas de mezquites, matorrales, cactáceos y polvaredas que levanta el viento, don Miguel Morales Villegas, junto con sus hijos, salen a diario de su comunidad en busca de una de las pocas riquezas naturales que ofrece a los lugareños el semidesierto villahidalgense… La Lechuguilla.

Originario de El Pocito, comunidad que se ubica a 40 kilómetros de la cabecera municipal de Villa Hidalgo, en San Luis Potosí, don Miguel desde hace más de 46 años se ha dedicado a la talla de lechuguilla, oficio que según el hombre, le inculcaron sus padres desde que tenía 10 años de edad; trabajo que también han aprendido a lo largo del tiempo sus 12 hijos.

“Desde que tenía 10 años mi papá me ponía a tallar, porque nosotros éramos unas personas muy pobres… si tallábamos comíamos y sino pues no. Yo tengo 59 años y desde entonces yo recuerdo que mi familia tallaba la lechuguilla”, expresa don Miguel.

 

La jornada del tallador de lechuguilla comienza a partir de las 10 de las mañana y concluye hasta anochecer, ya que deben de recorrer, a pie o en carretones, largas distancias para llegar a las faldas de los cerros, lugar donde: “hay más lechuguilla, porque aquí cerca de nuestro pueblito casi no hay, tenemos que caminar mucho; hay ocasiones en que hasta nos quedamos a dormir allá para tallar un poco más de lechuguilla ya en la noche”, explica el hombre.

El Banco, el Tallador, la Arrancadora y la Oaxaca, son parte de las herramientas que se utilizan para poder extraer el ixtle de las pencas de la lechuguilla.

 

El trueque, vigente en El Pocito

En un día de jornada laboral, un tallador logra extraer de la lechuguilla cerca de cinco o seis kilos de ixtle, producto por el que  reciben 15 o 16 pesos por kilo, sin embargo, no cobran “ni un cinco partido por la mitad”; a cambio don Miguel obtendrá frijol, sopas, aceite, maíz, huevo, galletas y otros productos para alimentarse, porque ni una moneda le darán a cambio.

“Ni un cinco partido por la mitad nos dan en la tienda de la DICONSA!, que es donde entregamos la fibra. Estamos a puro cambio de mercancía como sopas de fideo, galletas, arroz, frijol, aceite; todo lo que uno necesite de la tienda, pero dinero nomás no”, dice el señor Miguel.

Ante los intensos rayos del sol, la sombra del viejo sombrero oculta su mirada, pero no la expresión de sus labios y el movimiento de sus manos para decir con coraje las carencias en las que ha sobrevivido; toma y apunta con una de sus manos su vieja y degastada camisa, su pantalón abatido por los intensos rayos del sol, desgastado por el trabajo diario. También señala sus zapatos carcomidos por la dureza de las piedras, y con más coraje señala los tiempos en los que la tienda DICONSA no le quieren comprar, a ningún precio, su ixtle.

“Hay veces en que no han querido la fibra; hace poquito la estaban comprando y después dejaron de adquirirla, así es como estamos viviendo aquí”, lamentó don Miguel.

“Tallamos para poder comer de todo, menos carne”

La comunidad de El Pocito cuenta con aproximadamente 450 habitantes,  de acuerdo a información del portal de internet del Consejo Nacional de Población (CONAPO), en su segundo y último Conteo de Población y Vivienda 2005, cuenta con un alto grado de marginación, en donde más del 18 por ciento de la población mayor de 15 años es analfabeta, situación por la que muchos de sus pobladores carecen de la oportunidad de tener un ingreso en medio de las limitaciones que ofrece la región.

“Tenía como 10 años cuando me iba a tallar con mi abuelito y mi papá; y ahora que ya tengo a mi esposo y mis hijos nos vamos a tallar porque aquí no hay trabajo, más que tallar la lechuguilla para tener que comer”, dice con gran pesadumbre la señora Catalina González Carrizales.

-¿Qué es lo que usted y su familia comen durante la semana?, se le pregunta a la mujer quien es acompañada por dos de sus hijas también talladoras de lechuguilla. 
- Sopa, frijolitos con papas, huevo, arrocito, las tortillitas, pues lo que hay aquí, nopales, corazoncitos de penca de nopal,  lo que encontramos en el monte. Aquí no se vende la carne, contesta firmemente.

-¿Hace cuánto qué usted le dio de comer carne a su familia?
- ¡Uy hace como un mes!, cuando comemos carnita es porque tenemos un dinerito de más. Cuando nos llega el apoyo de Oportunidades es cuando uno aprovecha para traerles a los niños un pollito rostizado o carne de marrano.

-¿Dónde compra la carne?
- Tenemos que ir hasta Villa Hidalgo, Tapona o a El Peyote; gasta uno más pero pues los niños se alegran cuando les llevamos carne. Siempre me dicen: “Ahora si vamos a comer sabroso mamá”.

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El tallado de Ixtle, fuente de ingreso en la región

De acuerdo al testimonio del presidente municipal de Villa Hidalgo, Fabián González Espinoza,  La Tapona, Llano del Carmen, Presa de Chancaquero, El Coyote, El Aljiber y El Pocito, pertenecientes al semidesierto de la región, son parte de la zona ixtlera del municipio, en donde un 80 por ciento de la población de estas comunidades, se dedica a la talla de lechuguilla.

“El único sustento para esa población, y varias comunidades de esa región, es el tallado de ixtle de lechuguilla, es la única forma de vivir de la gente”, afirma el edil.

En entrevista, el funcionario mencionó que en El Pocito habitan 250 familias, de las cuales 50 se dedican de forma directa a este oficio, mientras las restantes cuentan con otro tipo de ingreso, debido a que trabajan la tierra de temporal o tienen el apoyo de algún familiar que emigro a la capital del estado y que los apoya económicamente.

González Espinoza, detalló que actualmente se cuenta con un registro de las personas que pudieran incluirse en algún proyecto integral, que permita la alternativa de mercado para que los mismos talladores logren fabricar productos derivados del Ixtle.

 



“Se buscaría darle un valor agregado al Ixtle ya como producto, fabricando sombreros, bolsas; este tipo de productos que los beneficie para que tengan un mejor mercado”, subrayó el funcionario.

Por lo anterior, el munícipe aseguró que actualmente la administración a su cargo, ya trabaja en el planteamiento del proyecto integral en el que el municipio estaría en la disposición de invertir en la capacitación de los talladores para impulsar el mercado del ixtle.

“Tenemos que hacer el proyecto para beneficiar al municipio. Estamos haciendo el planteamiento de cómo darle solución para que en la primera etapa las personas tengan un beneficio directo del ixtle”, externó.

 

Victimas y presas de la realidad

Mientras las autoridades municipales diseñan y logran fincar con bases sustentables el “Proyecto Integral”, que posiblemente logre disminuir la marginación y pobreza en la que viven decenas de familias de las comunidades de tradición ixtlera, como El Pocito, La Tapona, El Coyote y El Aljiber, será común, para quienes se aventuran a conocer el semidesierto villahidalgense, ver a estos pueblos envejecidos, marginados y maltratados por el paso del tiempo. Pareciera que día a día luchan por escapar de la terrible realidad de la que son presas, de la cual sus únicos testigos son el murmullo del viento, los enormes cerros, los firmes y desmarañados mezquites y matorrales. Las piedras quizá sean las únicas que agradecen el trabajo lo mismo que las ganas de vivir de los talladores de lechuguilla.   

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