TAL CUAL
Cuando en los lejanos terrenos de Tejupilco (“Ahí sí que aprendes a valorar si sirves para algo”, comentó alguna vez) se aferraba a picarle la cresta a los terratenientes que disponían de la suerte y la vida de los campesinos más pobres de la región (y que eran muchos), Vitálico sumaba a la causa victorias sociales.
En Querétaro no fue distinto. Una entidad cargada de conflictos rurales y con gobiernos de descarada animadversión hacia los campesinos, fue apenas la circunstancia ideal para su injerencia en la gestión, en la búsqueda de soluciones a problemas viejos como viejos también son los cacicazgos por aquellos rumbos.
Y en esas andanzas se encontraría, se reencontraría, hace más de 15 años con otra fortaleza oaxaqueña, Senorina Hernández Ramírez, su paisana y otra activista social que en los últimos meses ha agregado a su haber la formación (y la obligada organización) de dos colonias en la zona Noroeste del Valle de México.
Identificados por empeñarse en una lucha social “de a deveras”, con Odilia López Hilario entablaba largas pláticas en mixteco (tu ñwsavi), y con Senorina en mixteco bajo, una derivación de su idioma regional.
Recuerda Odilia: “Un día me presenté a la Casa de Antorcha en la colonia Leyes de Reforma, donde por casualidad me encontré a Vitálico, mi muy querido amigo y mi paisano. Él regresaba de Querétaro en donde había apoyado a la agrupación”.
Añade: me invitó a trabajar en la Comisión de Publicaciones… le dije que debía pensarlo. Y como todo su pensamiento giraba en torno a Antorcha, me llamó la atención en nuestro dialecto… y no descansó hasta que me trajo a trabajar con él.
Alimenta Odilia el recuerdo del paisano: “nunca olvidaré las conversaciones de nuestros pueblos en nuestro idioma, que nos hacía sentir como en casa…sus regaños los sentía como de un hermano… porque para mí, Vitálico fue eso y será siempre”.
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Senorina Hernández no duda. Reconoce la lealtad de Vitálico a sus ideas y sostiene que “fue un buen compañero, trabajador que defendió la causa y la lucha”. Causa que, aún muerto, está segura, “seguirá defendiendo”.
La mujer dice que se siente “muy triste de que se nos fue”, y recuerda que él defendió a Ejido de Guadalupe”, a cuyos habitantes golpeó con brutalidad la alcaldesa de Cuautitlán Izcalli, Alejandra Del Moral.
Relata: “nos llevábamos bien. Cada que nos encontrábamos me decía que siguiéramos luchando. Sí, era mi paisano, de Oaxaca, colinda con Guerrero… me platicó que en su pueblo no estaba Antorcha, pero sus papás, por información de volantes, lo trajeron a Tecomatlán. Y le siguió hasta llegar a Chapingo… |
“Para mi fue un buen dirigente; me dijo que desde que conoció la lucha social decidió abrazarla, y siempre decía que no dejáramos la lucha, que siguiéramos adelante… nos motivaba…”
Activistas de su misma estirpe y el resto del equipo, conformado para llevar a buen puerto la comunicación de su organización estatal, lo describen tal cual:
Roberto Hernández Dimas: “¿Vitálico? Tal y como lo conocí, le hacía honor a su nombre. Parecía que no se cansaba nunca… Y cuando ocurría, le daba ánimos…el chiste era no dejar de trabajar. Lo más importante radicaba en que no dejaba de arriesgarse en innovar y a sobreponerse a sus temores… Incluso, en medio de su enfermedad, de cinco a seis días a la semana comenzaba su jornada a las seis de la mañana, hasta las dos o tres del otro día…No, no era un superhombre; también se equivocaba, pero alguna vez me sostuvo con decisión: “prefiero que me digan que lo que hago está mal, a que me digan que no hago nada”.”
Rafael Toribio: “Me daba la impresión de que a Vitálico le daba muchísimo coraje la idea de no poder hacer más por la Organización… Su muerte es una injusticia; se va alguien valioso. Tengo la seguridad de que Vitálico es una hechura del maestro Aquiles Córdova… Estoy seguro que el maestro desearía formar muchos Vitálicos”.
Javier Montalvo: “Sí, desde que lo conocí era exigente, pero sensible a los problemas de trabajo; aportaba soluciones siempre certeras y pedía más tiempo de vida porque aún le faltaba mucho por hacer. Los conflictos y las limitaciones del pueblo parecía que los padecía él… la inequidad económica, la injusticia, el hambre, la falta de servicios, la explotación del hombre por el hombre, la mala educación, los servicios de salud limitados…”
Martín Espíritu Hernández: “Le gustaban las cosas bien hechas y era sensible… No, no quería morir; luchó hasta que su cuerpo resistió. Me platicaba que aún tenía cosas qué hacer, que quería hacer más por la organización”.
Cierto, se resistía y resistió, hasta que en el umbral de su muerte, debió confiarle a Humberto Vidal, su leal acompañante hasta en la agonía (“¡Hey, Vidal… aquí Delfín dice que eres a toda madre!”, bromeó durante un viaje relámpago a la Plaza Sendero para que le reactivaran el servicio telefónico), que ya estaba exhausto, que ya había sufrido mucho el dolor del cáncer maligno, que invocaba a su derecho a descansar de manera definitiva…
Dos horas después de aquel incipiente 29 de abril, la muerte le apaciguó el dolor, pero se lo trasladó a una masa que aún reclama las injusticias de la naturaleza o de la divinidad.
Y al pie de su tumba, en Tecomatlán, las escenas reproducidas:
“Al fin madre.
“Con decisión, doña Marcelina abrió la segunda tapa de cristal hasta dar con el cuerpo de su hijo… con el blanquísimo satén, lo arropó desde los pies hasta el pecho, como recién nacido… le acarició la cara… bendición de amor, bendición de madre… el rocío con agua bendita… y en voz baja, le decía, le instruía… “Te cuidas”, ¿le decía? “Te portas bien”, ¿le instruía..?
“Otra caricia para impregnarse de él, para llevarlo siempre…”
Y su padre, don Hilarión Nicolás:
“Vitálico nos pidió –expuso este menudo y orgulloso mixteco durante el ritual-, que era su deseo, su amor, quedarse en la cuna de Antorcha. Y aquí venimos a dejarlo, a guardarlo, a sepultarlo… y nosotros nos vamos felices a nuestra casita…”
Hijo Vitálico -le insistiría al hijo perdido, en un “diálogo” sin respuesta-, aquí te dejamos en este panteón de hombres de lucha, de honor; tú quisiste con la bandera de Antorcha conocer más llanuras, pero la enfermedad te ganó, le reseñó. Y le advertía con ímpetu: “Aquí te dejamos, pero nos llevamos tus fotos y tu ejemplo”.”
Allá su cuerpo, aquí su ejemplo.
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