I
Invitación a la Musa
Deja ¡Oh Musa! el afeite,
el adorno y el chal de colorines
que en horas de deleite
has lucido en verbenas y festines;
calla el mimoso acento
con que cantaste amores
en fugaces instantes de contento;
y suspende los dúlcidos rumores
que alzaste en tus loores
a fastos y paisajes,
a mujeres y flores.
Al viento huracanado la melena
y el brial en raudo vuelo,
corre a la lucha, a la candente arena
de la Puebla viril y legendaria
donde Aquiles Serdán, cual otro atrida,
la epopeya del pueblo
escribe con su sangre
y forja con su vida;
y canta el espartano
gesto, con que un puñado de valientes,
pasmo de las edades
y asombro de las gentes,
enciende sobre el cielo
el astro de las patrias libertades.
Con las manos tremantes en la lira
y el sentimiento y voz enardecidos,
tu heroico canto inspira en la pávida hora
en que las teas revolucionarias
anuncian, con sus luces incendiarias,
los tintes sonrosados de la aurora;
y que se fundan en sonora malla
tus vibrantes estrofas varoniles
y el aplauso que fingen los fusiles
tronando en el fragor de la batalla!
II
La tempestad
¿Adónde va el Cristo ensangrentado,
por manos parricidas coronado
de espinas y cubierto de baldones?
¿Hacia dónde se dirige el vacilante
paso inseguro de rendido atlante?
¿A dónde marcha el pueblo soberano
cargado con la cruz de sus dolores,
al capricho ominoso del tirano
y al proceder insano
de esbirros y traidores?
¡El pueblo va hacia el porvenir!... No importa
que en villas y ciudades
en ranchos y alquerías,
el cacique encadene rebeldías
y asesine, feroz, las libertades;
que en talleres y fábricas,
el obrero, sin leyes en su abono,
trueque por su salud y sus fatigas
el oro de las arcas del patrono.
¡El pueblo va hacia el porvenir!... No importa
que en las tiendas de raya
de las haciendas de abolengos rancios,
a sufridos y pobres campesinos
les hurten sus cansancios;
que el águila caudal del pensamiento
libre en la voz bendita,
se reimponga el tormento
de la cárcel maldita;
que los derechos cívicos
se miren conculcados,
porque la urna electoral es fraude
y las leyes, preceptos olvidados…
Pero es que nada dice a la conciencia
la explotación del hombre por su hermano,
el humano dolor, las impiedades,
la infamia y la inclemencia,
el odio y las maldades?
¿En dónde se halla la justicia, en dónde
que no ve los dolores
del pueblo y a sus férvidos clamores
se oculta y no responde?
La flamígera espalda de
la diosa, ¿por qué no se alza airada
a castigar malvados?
De su balanza el fiel, ¿por qué se inclina
no a la felicidad, sino a la ruina?
¡Oh baldón!... prostituida la justicia
se vende al poderoso
en un lecho de infamia y de imprudencia;
su espada de deshonrado
látigo, con que azotan
al mísero explotado;
y su legal balanza es oprobiosa
trampa en que se valúan
la honra de la hija y de la esposa.
Ambiente irrespirable
de odio irrefrenable,
atmósfera cargada
de profundo rencor y saturada
de venganza escondida
y cólera callada.
¿No habrá una voz que se alce
sobre la mezquindad y la estulticia,
reclamando del pueblo los derechos,
exigiendo honradez en la justicia?
El paladín que encarne
el ansia redentora,
¿no brotará de en medio,
no surgirá en su hora?
Es ley universal que las dispersas
cósmicas energías
que en nebulosa giran por diversas
direcciones, reúnan sus porfías
en centros nucleares del alabastro,
y al correr de los días
brote el vigor lumínico de un astro.
Es ley que cuando el cielo
su cuadriga violenta
de nubarrones bate,
el árbol más erguido desafíe
al rayo que desate
el trágico furor de la tormenta.
¡Y la ley se ha cumplido!: En lo más alto
del ideal de redención, el héroe
se yergue como en plinto de basalto;
y en pérfido oleaje,
treinta años de nefanda tiranía,
a sus plantas, le rinden vasallaje.
Él es astro cuya luz concentra
las cóleras del pueblo, y es el guía
en donde la dispersa valentía
como río desbordado, el cauce encuentra.
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Él es el árbol fuerte
que del pueblo tomó savias amargas,
y que en medio de hórridas descargas
desafía a la muerte.
Es Aquiles Serdán que está enseñando
al pasado, al presente y al futuro,
cómo se da la vida enarbolando
la luz de un sueño generoso y puro.
Es el robusto gladiador que muestra
cómo los tronos saltan en astillas,
cuando los sátrapas parecen grandes
porque los contemplamos de rodillas.
Es la figura epónima
que cupiera en el marco
de un pentámetro heroico de Tirteo
y un noble paralelo de Plutarco!
III
La epopeya
El hogar de Serdán, nido de amores
de hondos cariños y ternuras hecho,
se ha convertido en un nido de condores
y en el firme baluarte del Derecho.
Una veintena escasa
de ciudadanos bravos,
con firme voluntad y fe segura,
decide resistir a la impostura
resueltos a morir,
antes que esclavos.
¿Y la madre y la esposa y la hermana
de Serdán?... Al apremio
para que huyan de aquel lugar de muerte,
ellas también deciden
con los suyos correr la misma suerte.
¡Oh, expresión de dolor que nada implora!
En la madre, en la esposa y en la hermana
está el amor heroico que atesora
la mujer mexicana.
todos los combatientes en su puesto
y en angustiosa espera,
permanecen con un estoico gesto
al pide de su bandera;
y cuando ya se escuchan
por las calles cercanas los clarines
y la confusa gresca
que levanta al marchar la soldadesca,
Carmen Serdán asoma el arma al brazo
al balcón de la casa solariega
y con voces airadas y potentes
llama al pueblo a que se una a los valientes
que van a la refriega.
¡Y esa mujer que con los ojos fijos
en el pueblo le llama con violentas
actitudes y voces turbulentas
es la imagen sublime de la Patria
convocando a sus hijos
para que borren todas sus afrentas!
Y comienza el combate
desigual en el número
pero igual en coraje y en arrojo,
y pronto queda el sitio del embate
en sangre esclavizada
y sangre libre, rojo.
Serdán acude al sitio de peligro
en la pugna violenta,
mientras Carmen Serdán parque reparte
y de una a la otra parte
cura al herido y al cansado alienta.
Van cayendo uno a uno
en la liza, los rudos luchadores:
Máximo: el temerario
joven hermano del gigante Aquiles;
Juan Cano, el jefe de los tejedores;
Fausto Nieto, viril entre viriles;
Francisco Yepez y Cleotilde Torres;
Vicente Pérez y Miguel Patiño,
Andrés Cruz, Miguel Sánchez
y Rosendo Contreras, héroe niño
cuyo glorioso nombre
dice como en las aras de la Patria
el niño sabe transformarse en hombre.
La parca sigue cosechando vidas,
insaciable y furente:
Francisco Sánchez y Carlos Corona,
el bravo Manuel Méndez, y Manuel Paz y Puente,
bajo el dolor de múltiples heridas
sucumben finalmente.
Y cuando la implacable ha terminado
su macabra tarea
y el parque se ha agotado,
el corto grupo de supervivientes,
valientes entre todos los valientes
se desbanda…
Allí queda
el impasible, ensangrentado muro,
ejemplo de heroísmo que rebasa
los amplios horizontes del futuro.
Y allí queda también el gran Aquiles,
el último en marchar hacia el vacío,
como el soberbio capitán que se hunde
de pie, junto al timón de su navío.
IV
Gracias a la Musa
Musa de los deleites,
Musa de los festines y verbenas:
gracias porque dejaste tus afeites
y al reclamo del Vate,
tus amorosas penas
callaste, por correr a las arenas
candentes del combate.
Porque las cuerdas de tu lira heroica
templadas a los cálidos fulgores
apóstrofes lanzaron vengadores
con acento de recias tempestades,
contra del vilipendio
y contra la opresión y contra las maldades.
Gracias porque cantaste la jornada
de Santa Clara, en versos varoniles,
entre palmas mortíferas
que te rindió el tronar de los fusiles
y gracias, Musa mía, porque tendiste
tu chal de colorines
sobre el término de la lid sangrienta,
como se tiende, espléndido, el arcoíris
cuando fina el furor de la tormenta. |