De rodillas, casi inerte
te encuentras
Y aún, tu imborrable sonrisa busca el infinito
Tus ojos hieren el rojo horizonte,
Y tu rostro, tu sufriente rostro anhelante,
Vuela a los azulados rincones,
Donde crepitan las hojas del higuerón;
Los troncos de gigantescas ceibas,
Enmudecen ante la nocturnal tormenta,
Y el profundo silencio envuelve
la selva,
Con honda y sobrecogedora calma,
Inquietada tan sólo por sutiles fragancias,
De rojos cedros y silvestres naranjos.
Vuela tu rostro sobre irisados
ríos,
Sobre nubes multicolores de mariposas,
Fulgurantes, calidoscópicas, volátiles;
Sobre los ingrávidos acantilados,
Las profundas y umbrías cañadas;
Y, arrobado de matinales nubes,
Adormecidas sobre las cúspides,
Inalcanzables crestas del horizonte.
Fascinado por entrañables
luciérnagas,
Móviles en el bello universo del follaje
De esbeltos álamos, de nostálgicos sabinos;
Incrustadas en el infinito de la tibia noche
Vuela tu rostro, contento
por gráciles niños,
Zambulléndose en el acariciador río;
Espejo de jade alegre y ocre turquesa,
Y una parvada verde, vocinglera
De irreverentes loros anunciantes de lluvia,
Relámpagos y enturbiado cielo;
Ponen fin a extenuantes jornadas,
De campesinos que bajan a humilde morada
¿Cómo olvidar
el rústico pretil, el fogón de barro,
Las ahumadas mazorcas y el crepúsculo embriagador?
¿Cómo olvidar el mar de nubes de invernales
mañanas,
Cubriendo con magia la abrupta montaña?
Tu rostro anhelante, en
el filo de la existencia,
Recuerda los días escolares, las tardes de estudio,
Los libros que, audaces, ensancharon tu mente;
Que movieron a tu noble y roblizo corazón
De rodillas, casi
inerte te encuentras
Y aún, tu imborrable sonrisa busca el infinito
Tus ojos hieren el rojo horizonte
Y tu rostro, tu sufriente rostro anhelante,
Vuela, burlando a tus verdugos,
¡Las ideas no mueren, ni muere la razón!
Y sabes que tu muerte siembra más lucha y amor
¡Vuela tu espíritu enhiesto de convicción!
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