Jesús entre la noche vagaba solitario
bajo sus vestiduras, albas como un sudario,
y viendo en lontananza las torres de una bella
ciudad, los lentos pasos enderezó hacia ella;
y cuando estuvo cerca llegaron a su oído
clamores de alborozo, cantos báquicos, ruidos
y copas que se chocan y ecos de serenatas;
y vio un palacio dórico con finas columnatas
de mármol y las puertas orladas de olorosas
guirnaldas y festones de nardos y de rosas.
Jesús entró al palacio de mármol y en la sala
soberbia del banquete, sobre un lecho de gala
y en medio de hetairas y mimos y poetas
vio a un joven, coronadas las sienes de violetas;
el Galileo con dulce y acongojado acento
¿por qué?, díjole, ¿vives en el pecado?
Y el mancebo repuso, "Señor, yo era un leproso
mas tú cicatrizaste mis úlceras, piadoso,
y me tornaste limpio como en la edad primera,
¿a qué, joven y fuerte, vivir de otra manera?
Jesús se alejó entonces de la mansión florida
y en medio de la calle vio a una mujer vestida
de púrpura, el cabello sujeto con cintillos
áureos y con ajorcas de oro en los tobillos.
Tras ella iba un patricio y ardía en su mirada
de sátiro, el deseo con loca llamarada.
¿Por qué?, dijo el rabino, ¿la miras de ese modo?
¿No sabes que la carne sólo es tristeza y lodo?
Y el hombre respondiole: Señor, yo estaba ciego,
vivía en las tinieblas, más tú que oyes el ruego
de sordos y de mudos, de mancos y de cojos,
con mano compasiva la luz diste a mis ojos
y de ellos alejaste la sombra que contrista
¿qué quieres, ¡Oh Maestro!, que yo haga con la vista?
Y a la mujer liviana se acercó el Rabino
y preguntole: ¿ignoras que existe otro camino
que el del pecado? y ella repuso con la boca
fragante y ceresina llena de risa loca:
Señor, ¡tú me absolviste de todos mis errores!
y en el camino en que ando ¡mis pies van sobre flores!
Jesús se alejó entonces de la Ciudad impura
lejos de sus puertas, en la árida llanura,
vio a un hombre que lloraba con hondo abatimiento;
y ¿por qué lloras? Díjole con amoroso acento,
¿por qué corren tus lágrimas salobres como el mar?
Yo estaba entre los muertos, clamó con voz dolida
el joven, y ¡tu verbo me devolvió la vida!
¿Y para qué es la vida si no para llorar?
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