A sangre y fuego
Ernesto Enciso Carrillo
Continuación (Leer primera parte)
A lo lejos, en la colina más elevada que se les presenta a la vista, ven un movimiento zigzagueante de lo que parecen “puntos”, que tan pronto descienden como suben, y se pierden en la cara opuesta, no visible, de aquella masa de roca y tierra. De primer momento es difícil saber qué son estos “puntos”. Sólo con más atención se puede ver que son personas que bajan y suben corriendo por las veredas de aquel cerro. Juan -concentrándose en esos “puntos”- es el primero en reconocerlos: “son esa pinche gente mercenaria a la que han contratado”, dice indignado.
-¿Por qué corren de esa manera?– le pregunta un colono joven de aspecto casi adolescente.
-No parece haber más que una razón que lo explique: la masa de hombres que pretende llevar a cabo el desalojo, están en la cara opuesta de ese cerro, y éstos que ahora corren de arriba abajo, lo hacen para intimidar.
Ese movimiento de hombres sigue, intermitentemente, por espacio de cerca de dos horas.
Todos los defensores del asentamiento incluidas mujeres y jóvenes, se han puesto en alerta máxima, saben que no tarda el brazo alevoso en pretender asestar un golpe de muerte a la colonia.
Es casi el mediodía pues el sol está cerca de su cenit; ha dejado de verse movimiento de “puntos”. De repente, uno de los integrantes de la guardia donde está Juan, señala alarmado hacia el cerro, donde antes se veían los “puntos” en movimiento. “Miren allá”, dice. Todos con mirada atónita, ven una mancha humana enorme que empieza a cubrir, desde lo alto, la cara visible de aquel cerro: son cientos de personas que, antes ocultas en la cara posterior del cerro y ahora, se dirigen hacia donde se encuentra la colonia. Una plaga humana que avanza hacia las humildes viviendas y que las barrerá si no hay una fuerza que se interponga.
El tronido de unos cohetes –la señal convenida- convoca a los valerosos colonos; cientos de ellos, como brotados de la misma tierra que los acogió como hijos desamparados, forman una larga barrera protectora para detener aquella ignominiosa mancha humana puesta a andar por mano sucia. La guerra campal que se avecina se dará entre dos “ejércitos” numéricamente desiguales. Parece una batalla perdida para los que defienden el asentamiento, pues la proporción es de por lo menos tres a uno. Pero nada parece arredrar a estos hombres valientes y conscientes de lo que se está jugando.
En unos cuantos minutos, los contingentes están ya separados sólo por cien metros de distancia. Se escuchan los gritos de los jefes que igual llaman a sus “tropas” a dar pelea como intimidar al enemigo. Juan, consecuente con su pensar, es la vanguardia en esta lucha. Llama a sus compañeros a no dar marcha atrás. “¡Vamos, compañeros nuestra defensa es justa!”, “¡no nos dejemos arrebatar lo que nos pertenece!”, se le oye arengar a sus compañeros.
A los gritos de los grupos sigue una lluvia de piedras que caen a ambos lados; varias de éstas no logran su objetivo y se impactan en el suelo, otras, en cambio, provocan más de un descalabrado. Parece que nada evitará el choque cuerpo a cuerpo. Algunos de los que formaron las guardias y que ahora se han fundido en la barrera de defensa, lanzan en línea horizontal cohetes, cuyo sonido asemejan al de las balas, como último intento por disuadir a las masas de mercenarios. Una parte importante de ellos, vacilante, se acobarda ante el sonido y, sobre todo, ante el choque que parece inminente. Aún a estas alturas, el ejército de mercenarios sigue siendo superior en número; no así su moral, que si antes fue inferior, ahora, con la desbandada, ha caído por los suelos.
El choque se da en casi toda la línea: cientos de hombres, se enzarzan cuerpo a cuerpo por un instante que parece eterno. Juan es de los primeros en afrontar la agresión; con su cuerpo forjado en el duro trabajo, derriba a más de un mercenario; si éstos reciben migajas, el defiende el futuro de sus seres amados. Brutal la embestida, feroz la defensa; homicida ataque, coraza inexpugnable. Después de este impacto, ante una por demás valerosa defensa que no se esperaban, los mercenarios huyen ahora hacia una pequeña loma contigua, separada de aquella en que hace unos instantes se dio el choque por un barranco de difícil acceso; lo hacen por la parte menos profunda de este. Los cabecillas mercenarios, cual fiera herida que no ha cedido en su propósito de atacar para obtener su recompensa, siguen azuzando a sus compinches
Hallándose, el grupo agresor, bastante diezmado y abatido en su de por sí floja moral, prueba un último recurso: el asesinato. Balas con su silbido de muerte se impactan en el suelo, en troncos de árboles, en piedras… buscan la vulnerable carne. No se detendrán hasta lograrlo.
Un hombre humilde que defendía su futuro, mismo que se pretende arrebatarle, cae mortalmente herido. Sus compañeros lo auxilian llevándolo al centro de la colonia para ser atendido lo más pronto posible.
Alguien grita que han llegado los granaderos. Una sensación, ingenua por demás, se deja sentir entre varios de los defensores. Pero, ¡oh terca y cruda realidad!, son los mismos mercenarios ahora armados con casco, macana, tolete y uniforme, que llegando por la retaguardia, por la entrada de la colonia, y esparciéndose en toda ella, empiezan a golpear con saña a los colonos y a los compañeros que acudieron en su auxilio. La entrada de la colonia parece un hervidero; es ahí donde más se castiga al que se atrevió a defenderse su vivienda. En fila son formados los colonos para recibir el castigo con brutales macanazos y patadas.
Sólo algunos colonos logran evadir “el baquetazo” internándose en el monte, escondieron en zanjas o pozos donde esperar la noche y luego escapar de la rabiosa represión.
El accionar de los cuerpos policiacos viene a confirmar que todo se fraguó desde las lujosas oficinas. Pero algo le ha quedado claro a los autores de tal abominable embestida: los habitantes de la colonia X, conscientes y organizados, están dispuestos a todo por defender su derecho a la vida digna que el régimen en que viven les niega.
Juan fue abatido por el arma homicida de quienes acaparan la riqueza a costa de la desgracia general. Él defendió conscientemente el pedazo de tierra que en su propia patria le estaba negado. Ya no verá crecer a sus hijos, pero ellos crecerán en esa tierra en que posó su valerosa planta. Sus compañeros se armaron hasta el infinito con el valor que él les inculcó. Defendieron su colonia; hoy, ésta florece.
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