MOVIMIENTO ANTORCHISTA


Una avecilla



En los primeros días de la primavera pasada llegó una avecilla ingenua a tocar en mi ventana; sobre el plumaje de su abultado pero breve pecho brillaba el amarillo claro de la luz del astro solar y, sobre la pequeña espalda y arriba de las alitas, lucía el color negruzco que tienen las piedras de la montaña sobre las que juegan los pequeños arroyuelos.

En el hipotético caso de que alguien ocupe su valioso tiempo en leer estas líneas y las lea con atención, se estará preguntando por qué se dice más arriba avecilla ingenua. La respuesta es que en realidad se trata de eso, de una avecilla ingenua, pues igual a la de Oscar Wilde que se enamoró de un junco mientras todas sus compañeras decían que era “un enamoramiento absurdo” y después se fue, para acabar enamorada de la estatua de un príncipe, ésta, la que llegó a mi ventana, se enamoró también de un objeto que jamás podrá corresponderle.

Para entender a cabalidad esta situación, es necesario, como suele serlo cuando se trata de una historia, remontarse un poco más atrás de los acontecimientos narrados. El caso es que en los últimos dieciséis meses he habitado en las instalaciones por donde ya transitaron varias generaciones de estudiantes y maestros; es una casa adjunta a un centro educativo el cual debe encargarse en la formación de docentes. La habitación que llegué a ocupar tiene entre lo poco digno de mencionarse, una ventana corrediza cuyos vidrios fueron decorados por la mano de algún pintor estudiante o maestro, que se dio su tiempo para cubrir los transparentes cristales con un paisaje de dibujos casi infantiles mediante los cuales, se reproduce estilizado el contorno agreste que circunda a la venerable institución.

En dicho dibujo de mano escolar, se pueden ver dos montañas que asemejan una sandía cortada de tajo por la mitad y puesta de pie sobre las bases cortadas; encima de las “montañas sandia” se ve un sol melenudo y barbón con cara de enano que de algo se está riendo cual si el paisaje terrestre le causara un fuerte acceso de risa ligera; otro sol se puede ver en el ángulo superior contrario al del sol enano, pero como en este caso el sol es serio, únicamente deja ver una parte de su corpulenta circunferencia de la que se desprenden unos rayos rectilíneos dirigiéndose generosos hacia el hábitat fantástico; dos nubes blancas flotan en el ambiente, debajo de ellas vuela un papalote manipulado por un niño de ropas chillantes y cabeza transparente que se sombrea debajo de una rosa gigante; el río se desliza al pie de las montañas y sobre dos flores del tamaño de un árbol, revolotea una risueña mariposa amarilla con motas rojas y más allá una abeja roja con azul se asoma sobre la corola de una flor; una casona casi invisible hecha de triángulos, surge de pronto al pie de las montañas muy cerca del río.

Una mañana cuando los múltiples gorjeos de los pájaros y las voces de los hombres ahogaron sin darse cuenta el murmullo del río, escuché que tocaban la ventana, era la avecilla de mi historia; al principio pensé que ella estaba desayunando insectos pero después me di cuenta de que no era así. Lo que picoteaba eran las alas y el cuerpo de la mariposa risueña del paisaje escolar. Cuando la avecilla se marchó me quedé un tanto intrigado; a la mañana siguiente el hecho se repitió y de nuevo a la otra mañana y a la otra y así sucesivamente; los tímidos picotazos se convertían en francas acometidas y cada mañana era más la fuerza que imprimía en sus querellas sobre el cristal de la ventana, cristal que obviamente la avecilla nunca supo que existió, como tampoco supo que alguien observaba sus movimientos. Así, durante algún tiempo de mañana, casi a la misma hora, la avecilla revoloteaba cerca de la ventana, se posaba sobre la rama de un árbol cercano, volvía a revolotear como invitando a la mariposa risueña a que la siguiera, de pronto se acercaba tanto en su vuelo a la falsa mariposa que chocaba contra el cristal de la ventana, no obstante, continuaba su terco empeño de amor, pues para mí ya era evidente que la pequeña avecilla estaba cautivada por aquella “naturaleza muerta”, y quería llevarse entre sus tibias alas a la fría mariposa.

Como se sabe tras la primavera viene el verano con sus lluvias torrenciales que muchas veces hacen salirse de su cauce a las aguas de los ríos. Aquí no fue la excepción, más de alguna noche los habitantes del poblado vieron interrumpido su sueño ante el sobre salto de una posible salida del río y más de una vez, a la una de la mañana tuve que abrir la puerta para que las humildes personas del lugar ocuparan con sus pobres pertenencias los salones de la escuela.  Pero de día tornaba la calma, cuando volvía a brillar el sol todas las aves cantaban y revoloteaban en todas direcciones, entonces de pronto surcaba rauda el contorno una pequeña ave amarilla, tal vez preocupada por la suerte del objeto de su amor.

La turbulencia del río más la turbulencia social me hicieron despegar los ojos y mis oídos del cristal de la ventana. Ríos de gente desfilaban portando pancartas, gritando consignas. Urgencias más importantes ocupaban las mentes de todos. Preocupaciones más sensatas nublaban los rostros de las buenas personas. Grandes interrogaciones ocupaban la atención: ¿Qué partido ganaría las próximas elecciones? Y ¿Qué partido ganó?, ¿Cómo detener la ola de muerte que se agiganta sobre el país?, estas y otras interrogantes atraían, atrapaban las mentes, en un cíclico vaivén.  Así se fue el tiempo veraniego y llegó el otoño. Como también ya se sabe, en otoño muchas aves emigran y yo no volví a saber más de mi pequeña ave ingenua. ¿Qué pasó con ella, qué le sucedió entre tanto mal de que está infestado este mundo? No lo sé, no lo puedo saber.

Quiero creer que se fue entre sus compañeras, en busca de otros climas mejores y que junto a ella van muchas otras más jóvenes y que todas son felices, en tanto que la avecilla, celosa de su especie y más feliz ahora por conocer en carne propia quizá la tristeza del amor, guardará para siempre el recuerdo de su objeto amado, como se guarda el más valioso tesoro. Y la aventura de la avecilla me dice que el amor, el verdadero amor, no es otra casa más que aquello impersonal que siempre se podrá sentir aunque nunca se pueda tocar y, hasta donde yo puedo saber, no hay sentimiento más hermoso en todo el universo que pueden captar nuestros sentidos. Pues ¿no es de esa forma como se puede, por un bello ideal, dar entero el corazón?

 

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