MOVIMIENTO ANTORCHISTA


 EL OVEROL NARANJA

Ernesto Enciso

I
La celda

Una serie continua de celdas ordenadas en forma de U en la segunda planta  de un lúgubre edificio es lo que hay.  El corredor  que  las conecta, también con la misma forma de herradura, en el extremo de una de sus alas,  está conectada a una rampa angosta con barandales que asemejan a los que se usan en los rastros; hay una rampa que desciende y que dobla en cada esquina de un paralelepípedo imaginario que parece sostenerla y lleva a la planta baja. Por esta rampa  es por  donde los celadores  traen y llevan a  los presos, y es paso continuo de los primeros.

Desde la celda en que me encuentro, la 01,  que está frente a donde inicia la rampa, puedo ver un buen número de las restantes celdas, ver parte de su interior y a los huéspedes que hay en ellas. Varias están vacías, dos o tres tienen a unos pocos huéspedes, otra, que está esquinada, parece ser  la más abarrotada,  aproximadamente unos cuarenta;  las tres contiguas me es imposible verlas, aunque por el barullo que de cuando en cuando se escucha, se puede deducir que están ocupadas. Por último, la “nuestra” está en término medio: alrededor de 15 personas, lo que la hace “cómoda”, aunque eso es sólo temporal ya que la salida e ingreso de presos son continuos; tan pronto se puede vaciar como atestarse. 

El  porqué de esta mala distribución de los presos, puede ser el hacinamiento como parte del castigo, o simplemente  facilitar la labor del celador quien, de estar los presos mejor distribuidos, tendría más trabajo pues necesitaría recorrer más celdas para localizar a alguno que tuviera visita o fuera sacado a declarar.

Una gran  reja  de barrotes macizos, cilíndricos, verticales, que atraviesan cuatro soleras  horizontales, ocupa toda una cara de la celda.  En la cara opuesta a la reja, a una altura de poco más de dos metros, se encuentra una ventana de un metro de ancho, y que es tan larga como la pared; es el único contacto con el exterior; se ve, desde cualquier punto en que se pare uno en la celda, una porción del cielo, una parte de un edificio contiguo y las ramas de un eucalipto.  Si se decide uno a encaramarse, sujetándose en los barrotes que  atraviesan esta ventana, puede uno ampliar el horizonte: se ve una sección más amplia del cielo, un pequeño estacionamiento colmado de automóviles y motocicletas, y  hombres en un ir y venir que pertenecen  a  la llamada policía élite; hombres que entran y salen de un edificio de pequeñas dimensiones que tiene la forma de castillo medieval, destacando en él sus cinco atalayas para los vigías. Antes, cuando el “castillo” era parte del parque recreativo Alamey, servía seguramente  para que el alma de pequeños y grandes se expandiera; ahora se utiliza para el adiestramiento de los hombres que son utilizados para aplastar el alma y el cuerpo del ser humano, como si reivindicaran la oscura época medieval en que dichas construcciones tuvieron su esplendor.

El techo, de una altura de aproximadamente cinco metros,  es de gruesa lámina acanalada. Sujeta a ésta, en una esquina, protegida con un capuchón de malla, se ve una pequeña cámara que vigila. Al centro del techo se encuentra algo que parece una lámpara de sirena, que igualmente parece mirarnos sin descanso con su pupila rojiza. Sobre las restantes caras de la celda no hay nada que llame la atención; son sólo paredes muertas que oprimen. Están todas pintadas, al igual que las rejas, de un fuerte tono gris cielo encapotado.  Si el naranja es idóneo para  despertar el apetito del ser humano, éste, que recuerda a un gris es perfecto para causar el efecto de una pesada loza en su estado de ánimo; no sólo se trata de la privación de la libertad, sino de aplastar su  espíritu.

En un rincón de la celda, se encuentra un pequeño baño de paredes chaparras, cortadas oblicuamente con el objeto de que quien esté haciendo sus necesidades sea visible en todo momento para los carceleros. La taza desprende un hediondo e intenso olor que se esparce en toda la celda. Como no pudiendo encontrar otro lugar mejor, el bebedero  se coloca en la cara exterior de una de  las paredes del baño;   “qué importa si son infractores de la sociedad, merecen ser tratados peor que animales”, seguramente pensaron los que diseñaron tales estaciones de policía.

Dentro de la celda hay dos planchas horizontales de cemento de cuatro metros de largo por un ancho de cincuenta centímetros que la hacen de cama o de sillón. A pesar de no haber diferencia entre el piso y las planchas quien duerme en ellas puede darse por afortunado.

Sería exagerado decir que en conjunto estos separos son semejantes a las  horrendas mazmorras que se encontraban en los subterráneos de  castillos medievales. Pero sí dan esa sensación, pareciéndose a aquellas, como si estuvieran varios metros bajo tierra y no en la segunda planta de un edificio.

Las paredes que dan al exterior de dicho edificio están pintadas de un blanco que pareciera servir, en complicidad con el gris interior, para engañar a los  transeúntes que pasan frente al edificio, quienes seguramente piensan que en el interior del edificio, las celdas, tienen ese mismo blanco  al que asociamos con la pureza, honestidad,  limpieza y no sé cuántas cosas más; el gris de las celdas refleja el alma, no de los presos, sino de los verdugos de éstos. Es como si fuera  la síntesis de la bajeza, la suciedad, la corrupción… en fin la maldad humana. 

En cada celda se coloca a las personas  según “la infracción” cometida.  Mis compañeros y yo, nos encontramos con  otros que son identificados como los “24”, en la celda contigua están los “30”, y así, cada preso tiene asignado un número. La curiosidad, que a tan buenos como escarpados senderos lleva, me impulsa a preguntar a uno de los celadores sobre estas denominaciones ignominiosas. “Mire -me contesta secamente- los ‘30’ son gente que está por faltas administrativas, y ustedes, los ‘24’, porque cometieron un delito”.  

Continuará...


Otras colaboraciones

 

 

   
INICIO | DIRECTORIO | ARTICULOS | EVENTOS | PUBLICACIONES | COMUNICADOS | CONFERENCIAS
FOTOGALERIAS
| ESPARTAQUEADAS | AVISO LEGAL | MAPA DEL SITIO
Powered By:
webdesign.net.mx
Movimiento Antorchista de México - Copyright © 2000 -
antorcha@antorchacampesina.org.mx